20/07/2020
Nuestra naturaleza humana es un enigma pero más aún nuestra naturaleza divina a la cual muchos no dan crédito. ¿Cuál es realmente el propósito de esta vida? Diría que muchos son los propósitos, pero el esencial es “Descubrir quién realmente eres” (¿Quién soy?) y para ello venimos a experimentar “Quién creo que soy” (el ego, la personalidad), y qué mejor manera que hacerlo mediante las heridas del alma que calan en lo hondo del ser, cuyo dolor profundo nos invita a la transformación (nacer de nuevo) y dar lugar a ese YO SOY, el Ser verdadero y trascendente.
Las heridas del alma forman parte del equipaje que traemos al nacer, ellas son: Herida del abandono, del rechazo, de injusticia, de humillación y traición; las recibimos como parte de la heredad de la historia de nuestra madre, por ende, no es coincidencia que en ocasiones un hijo tenga la misma herida que sus padres, pues al final, el hijo es una proyección de sus padres. Estas heridas nos impiden crecer, ser uno mismo, pues al estar anclados en ese dolor nos volvemos victimas de nuestros padres, del entorno y del mundo mismo.
Nuestra alma ha escogido a los padres idóneos para venir a experimentar lo que necesita, quienes como almas nobles se han prestado a ayudarnos para vivenciar todo lo que necesitamos para el plan de vida que nos hemos trazado. Estas heridas serán como imán para atraer a nuestras vidas personas y eventos que evoquen ese dolor del niño herido que guardamos dentro, a fin de podamos tomar conciencia y sanar. Esas personas que más daño sientes te hacen, son tus mejores maestros en esta vida; de ahí que nuestros progenitores encarnan mayormente el rol de “los malos” en la película de la vida.
Cada herida es identificable por una “máscara” que nos hemos formado a fin de hacer frente a lo hostil que consideramos el mundo, sin tener conciencia que el mundo en sí está formado por todas las proyecciones nuestras, es decir: lo que vivo a lo interno lo reflejo hacia afuera.