10/12/2025
Fin de año llega con una mezcla extraña:
cansancio acumulado, metas que quedaron en pausa, emociones que golpean más fuerte porque el calendario nos recuerda todo lo que hicimos… y lo que no pudimos hacer.
Hay un cansancio que no es solo físico.
Es el peso de haber estado sosteniendo todo:
responsabilidades, expectativas, emociones, silencios, decisiones atrasadas, pequeños duelos que nadie vio.
Es querer cerrar ciclos pero sentir que la energía ya no alcanza.
Y también aparece la frustración.
Esa vocecita que compara, que exige, que dice que “deberías haber logrado más”.
Esa que no entiende que este año también sobreviviste a cosas que nadie imaginó.
Que creciste en silencio.
Que sanaste heridas invisibles.
Que te levantaste incluso cuando no tenías fuerzas.
Fin de año nos desnuda.
Nos muestra la humanidad que intentamos esconder bajo la productividad.
Nos recuerda que no somos máquinas, que no siempre podemos con todo, que está bien no llegar a todo.
Y justamente ahí, en ese cansancio y esa frustración, se abre un espacio sagrado:
el de mirarte con ternura.
El de honrar el camino hecho.
El de reconocer que hiciste lo mejor que pudiste con la energía, la claridad y la vida que tenías.
Este no es un cierre perfecto.
Es un cierre real.
Y eso también es válido.
Respira. Suelta expectativas.
Permítete descansar.
Lo que no alcanzó este año, quizá simplemente no era para este tiempo.
Lo importante no es cómo terminas, sino cómo te abrazas mientras terminas.