14/04/2026
Hay duelos que no se lloran en voz alta.
Se quedan en los hombros tensos, en el pecho apretado, en la respiración entrecortada.
El cuerpo recuerda
lo que el alma todavía está aprendiendo a soltar.
Y entonces, llega el contacto.
Manos que no apresuran, que no invaden, que escuchan.
Un masaje no borra la ausencia, pero le ofrece al dolor un lugar donde ablandarse.
Le susurra al sistema nervioso: está bien, puedes descansar.
Le devuelve al cuerpo la posibilidad de sentir sin tener que defenderse.
A veces, el duelo no necesita palabras.
Necesita presencia.
Calor.
Respiración.
Tacto amoroso.
Porque también se sana así:
cuando alguien aunque sea por un rato te sostiene sin pedirte que estés bien.