02/12/2025
Hace muchos años, un noviembre cualquiera, estaba en Nueva York con mi papá.
Fue idea de él:
“¿Y si vamos a una misa gospel? Quiero escuchar un coro de esos grandes, de película”, dijo.
Yo no sabía muy bien qué esperar… pero fuimos.
Y todavía recuerdo ese lugar: la gente cantando con el cuerpo entero, las voces subiendo como si empujaran al cielo, la alegría tan encarnada que te movía incluso si no entendías nada.
Y en medio de todo ese color y esa música, el predicador dijo una frase que cada diciembre vuelve a mí:
“No den por terminado el año.
Porque a veces en 4 o 5 semanas puede cambiar todo.”
Me quedé helada.
Porque yo, sin darme cuenta, ya había cerrado mi año por dentro.
Había apagado la disponibilidad, esa atención fina con la que una mira las oportunidades antes de que pasen.
Ese año —curiosamente— las cosas importantes me pasaron justo en diciembre.
Como si la vida quisiera recordarme que no siempre avisa…
que no siempre sigue el calendario…
y que los últimos días también cuentan.
Desde entonces trato de no dejar que diciembre me arrastre con su torbellino de compromisos, cansancio, compras y cierres.
No quiero robarme días de vida deseando que pasen rápido.
No quiero cerrar el corazón antes de tiempo.
Porque puede ser que lo que estás esperando, o algo que ni siquiera imaginabas, llegue ahora.
Puede ser que aún no hayas visto nada.
¿Cómo llegas tú a este diciembre?
¿Presente?
¿Disponible?
¿O con ganas de que se acabe luego?
Te leo.