20/04/2023
Últimamente escuchamos muchas frases de tipo absolutistas como “Soy bipolar”, “Soy depresivo”, “Ella es histérica”, “El/ ella es un(a) psicópata”, utilizando con liviandad un lenguaje clínico para referirnos a nosotros mismos y a otros, lo cual sinceramente llega a ser muy confuso, considerando que estos términos describen patologías de salud mental que requieren de un análisis diagnóstico y por tanto el cumplimiento de ciertos criterios. Referirnos con estas expresiones resulta bastante irresponsable y a su vez mal utiliza y banaliza un lenguaje que a la asociación académica/clínica le ha costado tanto consensuar.
En salud mental, hacer un diagnóstico clínico o “poner etiquetas” es necesario para identificar patrones de conducta que ayuden a orientar una intervención que procure el mayor bienestar posible tanto para el paciente como para la familia. Sin embargo, es interesante preguntarse, ¿será relevante utilizar este tipo de expresiones en sí mismo y en otros fuera de un espacio clínico? ¿Será correcto y/o útil etiquetarnos y categorizarnos?
En principio es importante recordar la diferencia entre ser y estar, el verbo SER se utiliza para describir estados permanentes o que duran mucho tiempo, el verbo ESTAR se utiliza para describir estados temporales, por tanto, y sin considerar que NO estamos hablando de una patología de salud mental sino de dichos populares, sería muy distinto “ser depresivo” que “estar con depresión”. Teniendo claro esto, ahora pensemos en la utilidad de estas expresiones, categorías o “etiquetas” y la carga que estas conllevan. Cuando una persona se define a sí misma o a otro como “Bipolar”, “Depresivo”, etc sin un juicio clínico que lo respalde, inmediatamente esa persona adopta como propia una patología y toda lo que esto implica a nivel personal y social, por ejemplo a nivel personal significa el autoconvencimiento de que se padecen una serie de signos y síntomas que condicionan nuestra conducta y nos definen, por otro lado probablemente exista una diferencia en la interacción y dinámica social y claramente una posible estigmatización. Dicho esto, al parecer no existe utilidad alguna de usar este tipo de categorías fuera del espacio clínico. Sería mucho mejor aprender a reconocer nuestras emociones y conductas, como afectan en el desarrollo de nuestra personalidad, hacernos cargo de aquello, y no “escondernos” en estas etiquetas populares que nos hacen parecer seres inertes con un destino establecido e inamovible.
Debemos considerar que el lenguaje tiene un rol protagónico dentro de la interacción humana como mecanismo fundamental de comunicación y de la construcción de dinámicas sociales, por tanto, de la realidad. Es de suma importancia ser conscientes de que como nos referimos al mundo y a los que habitan en él, ya que somos nosotros mismos los que a través del lenguaje definimos, calificamos y clasificamos.