03/04/2026
Hay días en que me siento conectada.
Clara, confiada, sostenida por la vida.
Y hay días en que dudo. En que algo pierde sentido, en que el mundo duele, y me siento separada.
Hay días en que la conexión se vuelve vibrante. Hay días en que se adormece y reaparece el vértigo de la separación.
Con el tiempo me he ido haciendo amiga de esa oscilación.
Reconozco ambos momentos: cuando algo en mi se contrae
se cierra, se separa, el miedo que de ahí deriva. Y cuando algo en mi se expande, fluye y retorna un sentido de pertenencia que nace del sentirme conectada a un orden mayor.
La conexión y la separación viven en todos los seres humanos. Son la gran paradoja. No son estados fijos, sino experiencias que aparecen y desaparecen.
Y también son algo que se alimenta. Podemos alimentar la desconexión, el encierro, la fragmentación. O podemos alimentar la conexión, la apertura, el vínculo.
La práctica es para mí un espacio donde cultivo la conexión.
Voy iluminando esta experiencia y convirtiéndola en un lugar al que puedo volver. A través del cuerpo, de la respiración, del canto, la recitación, el estudio. Cuando algo en mi se contrae y se cierra, vuelvo a la práctica.
Siento mi corazón cerrado, no trato de abrirlo, parto de donde estoy. Me tengo paciencia. Porque si hay algo que he aprendido es que la conexión no puede forzarse. Solo podemos darnos el tiempo, cultivar las condiciones
y sostener la práctica con amabilidad.
Y poco a poco, algo empieza a cambiar.
Y poco a poco, vuelvo.