11/10/2025
Este es Jesse. Vive en situación de calle, cerca del puente que queda a poca distancia de mi casa.
Sus únicos bienes son una bicicleta, un ave y una bolsa con unas cuantas cosas personales.
Ayer, mientras pedaleaba por la playa —a unos cinco kilómetros de donde vivo—, una llanta se me pinchó. No tuve más opción que regresar empujando la bicicleta.
Muchos ciclistas pasaron sin siquiera mirar, y la verdad, no esperaba que nadie se detuviera.
Pero mientras caminaba, con los audífonos puestos, lo vi. El hombre sin hogar que siempre está por el puente me hablaba. Al principio creí que venía a pedirme algo. Me quité los audífonos y le pregunté qué necesitaba.
Me respondió: “Nada, hermano. Pero tengo una cámara nueva en mi bolsa. Si la quieres, llévatela”.
Me sorprendió tanto que de inmediato dije que no, pero él insistió. Me llevó hasta su pequeño espacio, donde tenía sus cosas y su ave en una jaula rota. Sacó su casi vacía bolsa, me entregó la cámara —una de sus pocas pertenencias— y hasta me ayudó a cambiar la llanta y a inflarla.
Cuando le pregunté cómo podía devolvérselo, solo dijo:
“No pasa nada, hermano. Así es esto.”
Me dejó sin palabras.
Ese hombre, que casi no tiene nada, le dio a un desconocido —mucho más privilegiado— algo que apenas poseía.
Para nosotros, una cámara puede parecer poca cosa. Pero para alguien con tan poco… ¡es muchísimo!
Podría hablar de esto por horas, porque su gesto desinteresado me tocó de verdad.
Mientras muchos de nosotros nos aferramos a lo material, él me enseñó algo que no se compra: una generosidad real.
Quise compartir esta imagen de Jesse usando gafas Versace nuevas, calzado limpio, con el estómago lleno y una cerveza fría en la mano. También le llevé dos semanas de víveres y semillas para su ave.
Estaba emocionado, con los ojos llenos de lágrimas, y no dejaba de agradecerme.
Pero en realidad, el agradecido soy yo.
Porque si él no hubiera salido a ayudarme, probablemente nunca me habría detenido a darle nada.
Paso junto a él todo el tiempo, sin siquiera notarlo.
Él me hizo volver a abrir los ojos.
Porque, entre tantas cosas que creemos necesitar y tanto que juzgamos, Jesse me mostró que hay algo que ni todo el dinero del mundo puede comprar:
la humanidad. ❤️