29/01/2026
Por mucho tiempo pensé que transformar un patrón vincular consistía en dejar de atraer el mismo tipo de persona. Pensamos que el cambio ocurre cuando llega alguien distinto, más disponible, más consciente o más responsable. Y aunque ese movimiento es importante, no siempre es suficiente. En eso, llegó quien hoy es mi futuro marido, y me enseñó, sin querer, que no solo tenía que elegir diferente, si no que tenía que aprender a sostener un vínculo sano. Donde más crecí no fue en la elección, fue en el mismo vínculo que aprendí a nutrir. Lo mismo pasa con amistades, trabajos, etc.
Quien aprendió a vincularse en contextos de carencia, intensidad o inestabilidad desarrolló recursos para sobrevivir emocionalmente. Esas formas de estar fueron necesarias en su momento, pero no siempre sirven cuando el vínculo cambia y aparece una relación más sana u ordenada.
Por eso, cuando llega un vínculo más disponible, el cuerpo y el sistema pueden sentirse desorientados, ajenos o desinteresados. La calma puede parecer aburrida, la estabilidad puede generar desconfianza y la reciprocidad puede resultar incómoda. No porque algo esté mal, sino porque se trata de una experiencia nueva que todavía no ha sido integrada.
Un vínculo sano pide habilidades distintas: aprender a quedarse sin perderse, a recibir sin sobreesforzarse, a sostener la presencia sin necesidad de conflicto y a nutrir el lazo sin control. Este aprendizaje no ocurre de un día para otro, y tampoco se fuerza.
Que lo sano se sienta extraño es parte del proceso de aprender una nueva forma de vincularse. Con tiempo, presencia y amabilidad, lo que hoy se siente ajeno puede transformarse en un lugar habitable y confiable.
Permite que la relación te transforme, sanar es relacional.
Con cariño,
Jose