06/02/2026
Hoy 6 de febrero, un día especial; cargado de recuerdos y emociones, con un sentimiento latente el reconocer lo particular y frágil que es la vida. Esta fecha tiene para mí dos connotaciones profundas: por un lado, el recuerdo del ciclo de la vida, del inicio y del final, marcado por la partida de mi abuelo paterno; y por otro, un 6 de febrero en el que me gradué como fisioterapeuta.
Con el paso de los años he comprendido que la fisioterapia no se limita a la rehabilitación del movimiento corporal humano ni al funcionamiento del cuerpo cuando ya está lesionado. La fisioterapia me ha enseñado a observar al ser humano en su totalidad, a entender que el movimiento es una virtud que damos por sentada, que creemos garantizada solo por el hecho de estar vivos, sin detenernos a reconocer su valor.
Como seres humanos somos frágiles, aunque muchas veces no lo aceptemos. Pero esa fragilidad no nos exime de responsabilidad. Somos responsables de nuestras acciones, de nuestras decisiones y de nuestros hábitos; responsables de cómo nos presionamos a nosotros mismos y de cómo, incluso sin notarlo, presionamos a otros hasta promover el daño.
Hoy, desde los entornos empresariales y sociales, reconozco que el comportamiento humano es fundamental para conservar el movimiento. Y ese comportamiento no se gestiona únicamente desde lo físico, sino también desde lo emocional, desde el pensamiento y desde las decisiones que tomamos a diario. Volvemos entonces a ese lugar que parece repetitivo pero esencial: cuerpo, mente, corazón… quizá para algunos, espíritu.
Cuando hablamos de prevención de accidentes o enfermedades, la raíz suele ser la misma: una decisión. Una máquina no causa daño por sí sola; es operada por un ser humano. Un hábito no surge de la nada; es adquirido. Una acción no ocurre al azar; nace de una elección. Por eso, la prevención comienza en nosotros.
Hoy quiero hacer una invitación al cuidado del movimiento: ese movimiento natural que muchas veces pasa desapercibido, como el parpadeo, el flujo de la sangre por nuestro sistema circulatorio, la capacidad de caminar, de respirar, de sostenernos. Movimientos tan valiosos que solo reconocemos cuando los perdemos.
La fisioterapia me ha enseñado que la prevención debe empezar por lo más pequeño. Y lo más pequeño es esa acción cotidiana, esa decisión aparentemente simple, ese comportamiento que repetimos. Preguntarnos: ¿esto cuida mi cuerpo?, ¿esto puede lesionar a otro?, ¿esto promueve bienestar o daño?
Desde la rehabilitación he visto que cuando los pacientes llegan al consultorio, la lesión, la secuela o la amputación ya son una realidad materializada. Y siempre surge la misma pregunta: ¿cómo se pudo haber prevenido?.
Hoy, más que nunca, creo que somos responsables de todo: de cuidarnos, de cuidar a otros y de reconocer que la prevención no es solo una estrategia, sino una forma consciente de vivir y de movernos en el mundo.