Acunamos:para madres e hijos

Acunamos:para madres e hijos temporalmente no hay servicio. pero seguiremos publicando noticias importantes para la familia

02/01/2026
29/12/2025

Su marido hizo que la internaran en un manicomio durante tres años.
Su “crimen” no fue la violencia, ni la histeria, ni el delirio.
Su crimen fue pensar por sí misma.

En 1860, Elizabeth Parsons Ware Packard tenía cuarenta y tres años. Llevaba veintiún años casada, era madre de seis hijos y llevaba una vida que, en apariencia, parecía respetable y acorde con las expectativas sociales en el Illinois rural. Era culta, elocuente, profundamente religiosa y con una gran curiosidad intelectual. Leía filosofía y teología. Hacía preguntas. Creía que la fe verdadera debía dejar espacio a la conciencia y a la razón.

Su marido, Theophilus Packard, no compartía esa opinión.

Pastor presbiteriano de rígidas convicciones calvinistas, ejercía una autoridad absoluta en su hogar. Las preguntas de Elizabeth sobre la predestinación, su negativa a la obediencia ciega y su insistencia en formarse sus propias conclusiones le parecían señales de una rebelión peligrosa. A sus ojos, el pensamiento independiente en una mujer no era solo desobediencia. Era una patología.

La ley del estado de Illinois le daba plenamente la razón.

En aquella época, un marido podía hacer internar a su esposa sin juicio, sin pruebas médicas, sin su consentimiento y sin que ella tuviera la menor posibilidad de defenderse. Bastaba con su palabra.

Un día, sin previo aviso, Elizabeth fue apresada y llevada al manicomio de Jacksonville. No estaba histérica. No opuso resistencia violenta. Explicó con calma que estaba en pleno uso de sus facultades mentales y que deseaba hablar con una autoridad competente. Nadie la escuchó.

Las puertas se cerraron tras ella.

Dentro del manicomio, Elizabeth comprendió rápidamente una verdad que nunca debería haber tenido que descubrir. La institución no estaba llena de mujeres peligrosas ni delirantes. Estaba llena de esposas que habían hablado demasiado, de hijas que se habían negado a someterse, de mujeres cuyas opiniones, creencias o independencia se habían vuelto incómodas para los hombres que las controlaban.

Algunas estaban allí por cuestionar la doctrina religiosa.
Otras por negarse a matrimonios impuestos.
Otras más por querer administrar sus propios bienes.
Algunas, simplemente, por ser demasiado francas.

Comprendió que la locura, a menudo, no era más que una etiqueta destinada a silenciar a las mujeres.

Las condiciones eran brutales. Las pacientes eran atadas, aisladas, castigadas por faltas menores y sometidas a una crueldad emocional disfrazada de tratamiento. La salud mental importaba poco. Lo único que contaba era la obediencia.

Elizabeth se negó a ceder.

Observaba todo. Memorizaba los detalles. Escuchaba las historias de las mujeres que la rodeaban. Cuando podía, escribía en secreto, anotando nombres, injusticias y patrones de abuso. Comprendió que su mente era lo único que no podían arrebatarle legalmente, a menos que ella misma se la entregara.

Durante tres años soportó el encierro mientras sus hijos crecían sin ella. Su marido controlaba su correspondencia. La describía como inestable ante cualquiera que quisiera escucharlo. El mundo exterior asumía que la institución sabía lo que hacía.

Luego, en 1863, fue liberada y devuelta a la custodia de su marido, aún declarada legalmente loca y aún privada de sus derechos.

Elizabeth se negó a aceptar esa situación.

Exigió un juicio público.

En 1864, compareció ante un jurado de doce hombres en Illinois e hizo lo que ninguna mujer internada debía hacer. Habló por sí misma. Con calma. Con claridad. Con lógica. Respondió a las preguntas. Explicó sus convicciones. Desmontó la idea de que el desacuerdo equivaliera a la locura.

El jurado deliberó durante siete minutos.

El veredicto fue unánime. Elizabeth Packard estaba cuerda. Siempre lo había estado.

Su marido estalló de furia. Pero Elizabeth era libre.

Podría haberse detenido ahí. No lo hizo.

Elizabeth comprendió que su victoria no significaba nada si el sistema seguía intacto. Miles de mujeres continuaban expuestas al mismo destino. Cualquier marido, padre o tutor masculino podía borrar la autonomía de una mujer con una sola firma.

Así que transformó su supervivencia en una misión.

Escribió libros denunciando el sistema de los manicomios y los mecanismos legales que hacían posibles esos abusos. Publicó relatos detallados de la crueldad institucional y del sufrimiento silencioso de mujeres mentalmente sanas encerradas sin recursos. Viajó incansablemente, a menudo sola, dirigiéndose directamente a los legisladores, compareciendo ante asambleas y exigiendo reformas.

Fue despreciada, ridiculizada y atacada. Persistió.

Estado tras estado, las leyes comenzaron a cambiar.

Gracias a Elizabeth Packard, las mujeres obtuvieron el derecho a una audiencia antes de cualquier internamiento involuntario. Ganaron el derecho a asistencia legal, a presentar pruebas y a defender su salud mental ante un tribunal. Los maridos perdieron el poder absoluto de encarcelar a sus esposas por desobediencia o por diferencias de opinión.

Lo que había sido una autoridad sin control se convirtió en una autoridad responsable.

Elizabeth Packard vivió lo suficiente para ver cómo sus reformas se extendían por todo el país. Nunca dejó de escribir. Nunca dejó de hablar. Nunca dejó de afirmar que la salud mental no podía definirse por la obediencia.

Su marido había intentado borrarla declarándola loca.

En cambio, se convirtió en una de las reformadoras más influyentes del siglo XIX en materia de salud mental y derechos de las mujeres.

Su vida sigue siendo a la vez una advertencia y un testimonio.

El derecho a los propios pensamientos no está protegido automáticamente.
Ha sido negado, robado y utilizado como arma contra quienes se atrevieron a pensar de otra manera.
Y a veces, lo único que separa el silencio de la justicia es una persona que se niega a aceptar una mentira.

Elizabeth Packard se negó.
Y la ley se vio obligada a escucharla.

28/12/2025
28/12/2025

Nos llaman “la generación vieja”.
Nacimos en los años 50–60.
Nuestra infancia fue en los 60–70, estudiamos en los 70–80, nos enamoramos y salimos a la vida en los 70, 80 y 90.
Nos casamos, construimos carreras y empezamos a conocer el mundo en esos mismos años. Arriesgamos en los 80–90. Armamos nuestra vida en los 2000. Nos volvimos más sabios después de 2010.
Y hoy seguimos caminando tranquilos, ya entrados en la década posterior a 2020.

Hemos vivido muchísimas épocas.
DOS siglos diferentes.
DOS milenios distintos.

Vimos cómo el teléfono de disco, conectado a una central, se transformó en videollamadas a cualquier parte del mundo.
Cómo las diapositivas dieron paso a YouTube, los vinilos al streaming, y las cartas escritas a mano al correo electrónico y a los mensajes de WhatsApp.

Recordamos la radio en vivo, la televisión en blanco y negro, luego a color, y hoy en 3D y 4K.
Antes íbamos al videoclub; ahora vemos Netflix.
Conocimos las primeras computadoras, las tarjetas perforadas y los disquetes… y hoy llevamos terabytes en el bolsillo.

De niños corríamos en short, después usamos pantalones acampanados, chamarras tipo bomber, mezclilla y zapatos clásicos.
Anduvimos en patines, triciclos, mopeds y coches de gasolina… y hoy manejamos híbridos y autos eléctricos.

Sí, hemos visto de todo.
¡Y vaya que fue una vida intensa!

Somos una generación nacida en un mundo analógico que creció y maduró en el digital.
Lo vimos todo: del teléfono con cable al internet inalámbrico, del sello postal al “like” en una foto.
Somos testigos del cambio, personas que aprendimos a adaptarnos a todo.

Una generación que unió el pasado con el futuro.
Una generación que ya no se repetirá.

Así que… un aplauso para todos nosotros, personas extraordinarias que recorrimos el camino del vinilo a la nube y seguimos siendo auténticos. ❤️

Según Byung-Chul Han, permanecer en el hogar no es una señal de pasividad, sino una forma consciente de oponerse a la ló...
23/12/2025

Según Byung-Chul Han, permanecer en el hogar no es una señal de pasividad, sino una forma consciente de oponerse a la lógica del rendimiento permanente. En una sociedad que empuja a la exposición constante, al multitasking y a la hiperproductividad, elegir el silencio y el repliegue permite recuperar el control sobre el tiempo propio, el descanso real y la vida interior.

El pensador surcoreano-alemán, Premio Princesa de Asturias 2025, cuestiona la lógica de la hiperactividad. El referente reivindica el hogar como refugio frente a la sociedad del cansancio.

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