11/05/2018
"La poesía debe ser hecha por todos", dijo el Conde de Lautremont, y "todos los niños son artistas", dijo Pablo Picasso.
Me pregunto cómo hacer la poesía de ese modo en el que todos podrían hacerla (hasta los nenes de pecho, hasta quienes padecen enfermedades mentales), y me pregunto cómo ser artista del modo en el que los niños lo son.
La poesía, entonces, no debería exigir conocimiento de ningún idioma sino apoyarse en cosas aun más elementales.
Ante la esencia del hacer poético, todos los seres humanos deberíamos ser igual de idóneos: el alfabetizado, o el muy leído, no estaría en ventaja sobre el analfabeto; ni el que escribe, sobre el que no sabe o no puede escribir.
¿Cuál es ese poetizar puro, que no requiere de autoridades especializadas, de representantes de la tradición, que lo avalen como tal?
Yo quiero disfrutar de esa expresión de lo puro, que no deje en mí ni partículas de jactancia o de competitividad; que no inspire la sensación de merecer más plata, o más condecoraciones, o más amor de la gente, o más favores de la Divinidad, que el resto de hacedores de poesía. Quiero situarme en el descanso de lo incomparable.
"Todos los niños son artistas", dijo Picasso, "y lo difícil es seguir siendo artistas cuando crecemos". Según esa idea, cuando a un niño se lo educa para ser artista, se está cometiendo una suerte de estafa sobre él. Más bien, son los niños quienes deberían educar a los adultos en la verdad del arte. Pero no lo harán; al menos no de forma consciente y deliberada. Porque ellos no necesitan identificarse con el concepto de "artista", no necesitan asumirse poseedores de un saber especial, con el cual podrían "ganarse la vida", cobrando por enseñar.
Un adulto como Picasso, que se asume artista, ha entrado en cierta angustia, en cierta crisis de identidad. Su orgullo de iluminado cayó al contemplar a los niños, quienes "de gracia han recibido y de gracia dan", como diría Cristo. Vio que los niños ya estaban en "eso" que él creía estar encontrando por mérito de su genialidad y esfuerzo constante. Vio que él mismo, de niño, ya había sido y tenido lo que le parecía ahora una revelación.
No se trata, entonces, tanto de ganar como sí de evitar perder la iluminación, la poesía, la artisticidad. Dejar de buscar la realización de un concepto. Dejar de buscar algo con lo cual se pueda sobresalir. Dejar de ir tras lo difícil. Bien lo señala el capítulo 3 del Tao Te King:
"No ensalzando a las personas de talento, harás que la gente abandone la rivalidad y la discordia. No valorando bienes difíciles de conseguir, harás que la gente deje de robar y atracar. No exhibiendo lo que todos codician, harás que los corazones de la gente permanezcan serenos".