23/12/2025
Bryan Johnson —el biohacker detrás de Blueprint, conocido por su objetivo radical de frenar el envejecimiento— hizo algo inédito: tomó 5 gramos de psilocibina en una experiencia transmitida en vivo y seguida por más de un millón de personas, mientras su cuerpo y su cerebro eran monitoreados en tiempo real.
Desde su enfoque de longevidad, la pregunta no era recreativa ni simbólica, sino directa: ¿qué ocurre en el cerebro y en el cuerpo cuando se entra en un estado psicodélico profundo, y qué se puede aprender de eso con respecto a la longevidad?
A nivel neurológico, se observó una disminución marcada de la actividad en la Default Mode Network, la red cerebral asociada al sentido rígido del “yo”, la auto-referencia y la rumiación mental. Al mismo tiempo, aumentó la comunicación entre regiones que normalmente no interactúan, un estado asociado a alta neuroplasticidad.
Pero más allá de los biomarcadores, Bryan habló también de su experiencia subjetiva: describió una sensación profunda de apertura emocional, una claridad poco habitual y una percepción distinta de sí mismo, menos fragmentada, menos defensiva. No lo planteó como una experiencia “espiritual” en términos clásicos, pero sí como un estado donde los patrones mentales habituales se aflojan y algo más amplio puede emerger.
Para alguien obsesionado con la optimización del cuerpo y la mente, la experiencia dejó una pregunta potente: si estos estados pueden ayudar a desactivar patrones crónicos de estrés, rigidez mental o desgaste emocional que, a largo plazo, también envejecen.
Fue un experimento extremo, cuidadosamente preparado y monitoreado.
Un momento histórico.
Y una señal clara de que los estados ampliados de conciencia están entrando, cada vez más, en conversaciones serias sobre salud, longevidad y qué significa realmente estar vivo
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