07/11/2025
https://www.facebook.com/share/1A2h9bKygG/
🧠“LA MÉDULA SE APAGA: CRÓNICA DE UNA MIELITIS TRANSVERSA POSTINFECCIOSA”⚡
✍️ Una crónica de Pasión Médica Pro
Venía procedente de la sala de Neurología. Los pasos del camillero resonaban en el pasillo como un metrónomo de urgencia, y detrás, los residentes empujaban con apuro los equipos de traslado. En la camilla, una mujer joven, de 33 años, observaba el techo con una mezcla de angustia y resignación: su cuerpo, hasta hacía tres días, respondía sin esfuerzo; ahora, sus piernas eran territorio en hermetismo.
—Empezó con un cuadro respiratorio leve hace una semana —dijo la residente—, pero desde ayer perdió fuerza en ambas piernas y hoy no controla esfínteres.
El informe neurológico era claro: paraparesia flácida, nivel sensitivo en T10, sin compromiso craneal, reflejos abolidos en extremidades inferiores y disautonomía incipiente. La derivación a la UCI no era solo por precaución: una mielitis transversa aguda podía comprometer la ventilación o el control hemodinámico en horas.
Al examinarla, la escena tenía ese tono de alerta sigilosa que acompaña a los síndromes medulares. El rostro lúcido contrastaba con un cuerpo dividido por una frontera invisible. En cada intento de movimiento, el mensaje neuronal parecía extraviarse antes de llegar. Y en esa desconexión, uno entiende que la médula espinal no avisa: simplemente deja de hablar.
La resonancia magnética confirmó la sospecha: una lesión hiperintensa central en T2, que abarcaba varios segmentos dorsales. Sin compresión, sin tumor, sin absceso. En el líquido cefalorraquídeo, pleocitosis linfocitaria y proteínas elevadas, con bandas oligoclonales presentes. Las pruebas inmunológicas y serológicas contaban la historia oculta: anticuerpos contra Mycoplasma pneumoniae positivos hacía diez días. Una respuesta autoinmune posinfecciosa había encendido la ventisca.
La mielitis transversa postinfecciosa es una de esas patologías que devuelven humildad al médico. Es el precio de una defensa inmunológica que, al triunfar contra un virus o una bacteria, pierde la brújula y ataca la propia mielina. En cuestión de horas, la conducción eléctrica de la médula se interrumpe, como si el cableado de la vida se quemara desde dentro.
Iniciamos metilprednisolona intravenosa (1 g/día por 5 días), siguiendo las guías de la American Academy of Neurology 2024, que recomiendan terapia esteroidea de alta dosis en los primeros 14 días del inicio de los síntomas. Añadimos inmunoglobulina intravenosa ante la extensión de la lesión y vigilancia continua de función respiratoria. La fisioterapia temprana y el control del tono vesical fueron parte esencial del manejo integral.
Los primeros tres días fueron una montaña rusa de emociones. La paciente, consciente de su estado, preguntaba con una serenidad que dolía:
—Doctor… si mis pulmones se paralizan, ¿voy a poder respirar?
—Mientras esté aquí —le respondí—, no habrá nada que no hagamos por mantenerle el aire y la esperanza.
El cuarto día marcó un punto de inflexión. La fiebre desapareció, el nivel sensitivo comenzó a descender, y los reflejos cutáneos volvieron tímidamente. En la electromiografía, señales de conducción parcial aparecían como un resplandor débil, pero alentador. La inflamación cedía; la médula, lentamente, despertaba.
Descartamos esclerosis múltiple (RMN cerebral normal), neuromielitis óptica (anticuerpos anti-AQP4 negativos) y MOGAD (anti-MOG negativos). No había recaídas previas ni lesiones diseminadas. Era una mielitis postinfecciosa pura, el eco inflamatorio de un agente respiratorio que, sin saberlo, había dejado una huella en el sistema nervioso central.
Al décimo día, movió los dedos del pie derecho. Al decimocuarto, logró flexionar ambas piernas. Lloró, y nosotros con ella. La médula, a veces, no se rinde; solo se apaga para recordarnos lo frágil que es la conexión entre la voluntad y el movimiento.
Porque la mielitis transversa es eso: una guerra sin fiebre ni heridas, donde el oponente es el propio sistema inmune. No hay sangre, pero hay parálisis; no hay trauma, pero hay mutismo en la médula.
Semanas después, ya en sala de Rehabilitación, la vimos caminar apoyada en un andador. Sus pasos eran lentos, pero firmes. Cada movimiento era un triunfo molecular, una victoria sobre el olvido neural.
Aquella paciente nos enseñó que el cuerpo humano no solo enferma: también se desconecta. Y cuando la médula se apaga, no basta con curar; hay que reconectar, fibra por fibra, la voluntad con la vida. ⚡🧠