27/01/2026
Hay cosas que se pueden entender… y aun así señalar.
Decir públicamente que se fue víctima de acoso sexual merece respeto.
Las denuncias importan. Siempre.
Y señalar una incongruencia no invalida las denuncias de otras personas ni pone en duda el valor de quienes han hablado.
Pero cuando alguien dice denunciar el acoso y, al mismo tiempo, trabaja políticamente con personas sancionadas por acoso sexual, eso no es un detalle menor. Es una contradicción concreta que, como sociedad, tenemos derecho a mirar y a cuestionar.
Desde lo humano, estas incongruencias pueden explicarse: las personas a veces se adaptan, separan lo que sienten de lo que hacen, o justifican decisiones para sostener un lugar de poder. Eso pasa. Es humano.
Pero entender por qué ocurre no significa normalizarlo, especialmente cuando se aspira a un liderazgo tan grande.
En esos espacios, lo que se dice y lo que se hace importa.
Las alianzas importan.
Los límites importan.
Y hay algo más que no se puede ignorar: hablar de acoso sexual en un espacio público y televisado no es neutro. Puede remover, activar o herir a muchas personas que escuchan, sin aviso ni cuidado. Eso también implica responsabilidad.
Esto no exige estar “sanada” para liderar.
No pide perfección emocional.
Lo que pide es coherencia mínima, criterio y conciencia del impacto que tienen las palabras y las decisiones cuando se tiene poder.
Por eso, la incongruencia entre denunciar el acoso y trabajar con acosadores sancionados —como en el caso de Laura Fernández y su vínculo político con Rodrigo Chaves Robles— no puede pasar desapercibida.
No para atacar.
No para deslegitimar a las víctimas.
Sino porque, simplemente, es algo que nos tiene que llamar la atención.