11/02/2026
Paul Allen tenía 22 años.
Vivía en Boston. Trabajaba como programador en Honeywell. Ganaba bien, pero llevaba una vida gris: un apartamento barato, un coche viejo que quemaba aceite y ninguna señal de grandeza… todavía.
Hasta que un día vio una portada.
Enero de 1975.
Popular Electronics.
En la tapa: el Altair 8800.
No era solo una revista.
Era una señal del futuro.
Allen lo entendió al instante: las computadoras personales estaban a punto de cambiar el mundo. Y quien controlara el software, controlaría todo.
Corrió a Harvard para ver a su amigo Bill Gates.
Tenemos que subirnos a este tren le dijo.
El problema era brutal:
No tenían la computadora.
No tenían el código.
No tenían nada.
Pero aun así, Allen llamó a MITS, la empresa del Altair, y les dijo que él y Gates ya tenían listo un lenguaje BASIC.
Era mentira.
No habían escrito ni una sola línea funcional.
Todos les dijeron que estaban locos.
Esto es suicidio.
No tienen hardware.
Van a quedar como estafadores.
No escucharon.
Durante ocho semanas trabajaron sin dormir. Gates programaba. Allen diseñó un emulador para simular el chip del Altair en una computadora de Harvard. Monte Davidoff se sumó para el paquete matemático.
La noche antes de la demostración, Allen se dio cuenta de algo aterrador.
Faltaba el cargador de arranque.
Sin eso, el Altair no podía ejecutar nada.
En el avión rumbo a Albuquerque, Allen escribió código en ensamblador a mano. Lo convirtió a lenguaje máquina en su asiento. Lo perforó en cinta de papel… sin haberlo probado jamás.
Cuando conectaron la cinta al Altair en la oficina de MITS, Allen contuvo la respiración.
Funcionó a la primera.
Así nació Microsoft.
Allen se mudó a Albuquerque. Gates dejó Harvard. El dinero empezó a llegar.
Pero la sociedad nunca fue justa.
Allen tuvo la idea. Allen vio la oportunidad. Allen hizo posible la demostración.
Aun así, Gates exigió el 60% de la empresa. Luego renegoció: 64-36.
Allen aceptó. Pensó que el futuro era más grande que cualquier porcentaje.
Hasta que el cuerpo le dio una lección brutal.
En 1982, a los 29 años, le diagnosticaron linfoma de Hodgkin.
Radiación. Caída del cabello. Debilidad. Luchar por vivir mientras la empresa crecía sin él.
Una noche, aún en tratamiento, Allen pasó por la oficina.
Escuchó voces.
Bill Gates y Steve Ballmer hablaban de él. De su “baja productividad”. De cómo diluir su participación accionaria.
Mientras estaba en quimioterapia.
Allen entró furioso.
Esto revela quiénes son realmente dijo.
La traición ya estaba hecha.
Gates intentó disculparse. Le escribió una carta de seis páginas. Le ofreció comprar sus acciones.
Allen se negó.
En 1983 dejó el día a día de Microsoft. Conservó sus acciones. Conservó su asiento en el consejo. Y se fue.
Esa decisión lo hizo multimillonario.
Pero no lo definió.
Allen quería algo más grande que el dinero.
En 1996, su ciudad natal estaba a punto de perder su alma.
El dueño de los Seattle Seahawks estaba empacando para mudarlos a Los Ángeles.
Todos decían que era inevitable.
Allen no.
Compró el equipo por 200 millones de dólares. Exigió un nuevo estadio. Financió el referéndum. Dio la cara públicamente.
La votación pasó por apenas 2.2%.
Seattle salvó a su equipo.
Allen construyó un estadio diseñado para hacer ruido. Literalmente.
Tan ruidoso que los sismógrafos lo registraban.
Los Seahawks llegaron al Super Bowl. Ganaron uno. Perdieron otro de la forma más dolorosa posible.
Allen nunca vio la revancha.
El cáncer regresó. Y en 2018, a los 65 años, murió.
Su fortuna superaba los 20 mil millones de dólares.
La empresa que dejó a los 30 lo convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo.
El equipo que salvó vale hoy más de 6 mil millones.
Pero su verdadero legado no es el dinero.
Es la lección.
Que alejarse no siempre es rendirse.
Que a veces, irte es lo que te salva.
Que nadie tiene derecho a diluir tu vida mientras luchas por sobrevivir.
Paul Allen convirtió la traición en independencia.
El exilio corporativo en imperio personal.
Y una ciudad al borde de perderlo todo en una historia de redención.
No dejes que quienes no te valoran definan tu futuro. Atrévete a caminar, sin ver atrás, con la frente en alto, lleno de fe y esperanza.
Pensar como Paul Allen no es vengarse.
Es construir algo tan grande…
que ellos solo puedan mirarlo desde lejos.
Sin tocarlo jamás.
Nunca te rindas. Pero tampoco te obligues a quedarte por un enfermizo “que diran”…