17/02/2026
Gonzalo, Los olvidados.
Me llamo Gonzalo, tengo 30 años.
Nací con discapacidad visual y motriz. No hubo accidente que cambiara mi destino. No existe una historia de “antes podía”. Yo llegué al mundo así. Con los ojos sin luz y las piernas sin fuerza. La discapacidad no me sorprendió; fue parte de mi primer aliento.
Mi padre sí se sorprendió.
Cuando supo que yo había nacido con estas condiciones, decidió marcharse. No recuerdo su voz. No tengo memoria de su rostro. Solo sé que eligió no quedarse. Su ausencia fue la primera forma de exclusión que conocí.
Mi madre no se fue.
Vivo con ella. Isabel. Ella empuja mi silla de ruedas por las calles de nuestra ciudad. Cada vez que salimos, lo hacemos juntos, como un equipo que ha aprendido a enfrentar obstáculos que otros ni siquiera notan.
Salir no es simplemente cruzar una puerta.
Es evaluar si la acera tendrá continuidad.
Es confiar en que la rampa no sea demasiado inclinada.
Es esperar que nadie haya bloqueado el paso.
Con una sola discapacidad, tal vez podría manejar ciertos aspectos con mayor autonomía. Pero con dos, todo se vuelve más complejo. Necesito orientación porque no veo. Necesito impulso porque no camino. Y ese impulso lo pone mi madre.
Yo no veo las miradas.
Pero percibo las pausas. Los silencios. La incomodidad.
Cuando la pendiente es pronunciada, siento cómo su respiración cambia. Cuando el trayecto es largo, noto el esfuerzo en la forma en que sujeta la silla. Nunca se queja. Pero el tiempo deja señales en sus manos.
Hay días en que decidimos no salir. No por miedo. Por desgaste.
Y entonces aparece otra forma de soledad.
En casa, además de mi madre, mi otra compañía es mi computadora. Allí no existen escalones. Allí no necesito que alguien me empuje. Estudié en línea un curso de marketing digital organizado por una ONG. Descubrí que tenía habilidades para crear contenido, analizar mensajes, construir estrategias en redes sociales.
Me preparé. Me esforcé. Aprendí.
El trabajo que sé hacer puede realizarse desde casa. No requiere desplazamientos. No exige infraestructura física compleja. Solo conexión, disciplina y conocimiento.
Pero nadie llama.
Envío solicitudes. Comparto mi perfil. Explico mis capacidades. Y el silencio responde con una constancia que ya casi conozco de memoria.
No busco trato especial.
Busco igualdad de oportunidades.
Como el empleo no llegó, decidí crear un espacio propio. Abrí una fan page en Facebook llamada “Aceptar no es inclusión”.
Allí escribo sobre lo que vivimos muchos. Sobre la diferencia entre tolerar nuestra existencia y garantizar nuestra participación. Sobre la soledad no deseada. Sobre la exclusión laboral que no se menciona en discursos oficiales.
Aceptar que existo no significa incluirme en el mercado laboral.
Aceptar que vivo no significa garantizarme autonomía.
Mi padre me aceptó al nacer. Pero no se quedó.
La sociedad acepta que existamos. Pero no siempre nos integra.
Mi madre empuja mi silla por la ciudad.
Yo empujo reflexiones desde mi computadora.
Ella enfrenta barreras físicas.
Yo enfrento barreras invisibles.
No quiero depender eternamente de su esfuerzo. No quiero que su vejez esté marcada por pendientes que deberían estar resueltas por una ciudad accesible y por un sistema laboral verdaderamente inclusivo.
Me llamo Gonzalo.
Nací con discapacidad visual y motriz.
No soy un símbolo. No soy una tragedia. No soy una carga.
Soy un profesional sin oportunidad.
Soy un hijo que agradece cada impulso.
Soy una voz que insiste en no apagarse.
Y no quiero ser uno de los olvidados.
Lema:
La inclusión no es discurso; es oportunidad real.
Moraleja:
La doble discapacidad no invalida el talento.
El trabajo remoto también debe abrir puertas reales.
Aceptar no es suficiente si no existe participación.
La exclusión laboral alimenta la soledad no deseada.
La accesibilidad comienza en la infraestructura y continúa en la mentalidad.
Y ninguna madre debería cargar sola con lo que la sociedad puede resolver.
Autor: Juan Carlos Martín Martín.
“Voces de la Discapacidad”
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Porque hay muchas historias, como la de “Gonzalo“, que aún esperan ser contadas… y en Voces de la Discapacidad sabemos escuchar.