22/01/2026
La persona entra en un estado profundo de relajación. A medida que la respiración se aquieta, comienza a emerger una imagen clara y persistente: una pequeña casa de madera, humilde, rodeada de abundante vegetación. El entorno es sencillo, pero vivo. Hay gallinas, perros, medias blancas tendidas, y una sensación de cotidianidad tranquila que contrasta con la intensidad emocional que empieza a manifestarse.
La persona se observa a sí misma en un cuerpo masculino, delgado y alto, de aproximadamente cuarenta años. Viste ropa sencilla pero ordenada: pantalón gris, faja negra, camisa beige de manga corta. Reconoce en ese rostro rasgos familiares, similares a los de su padre actual, lo que genera una primera conmoción interna. Comprende que no se trata de una metáfora: está en una vida pasada.
Surge con fuerza el vínculo con los hijos. Dos varones pequeños. Al observarlos, el pecho se oprime. El mayor, Gerardo, tiene entre nueve y diez años. Sus ojos reflejan una tristeza profunda, una madurez que no corresponde a su edad. El menor, Omar, aún conserva algo de inocencia. La persona siente un dolor desgarrador al reconocer que los está mirando sabiendo que pronto se irá.
Aparece una certeza silenciosa: sabe que va a morir. No hay diagnóstico claro al inicio, solo un saber interno, una intuición profunda. El cuerpo se siente debilitado, cansado, como si la vida misma pesara demasiado. La preocupación no es la muerte, sino el destino de esos dos niños, especialmente del mayor, sobre quien recaerá una responsabilidad que no le corresponde.
La emoción se intensifica cuando la persona conecta con la culpa. La culpa de dejar, la culpa de no poder sostener, la culpa de cargar a un niño con el rol de adulto. Desde lo más hondo del corazón, surge un pedido de perdón dirigido a Gerardo. Un perdón cargado de amor, de impotencia y de reconocimiento. El abrazo imaginario es profundo, desesperado, como si quisiera detener el tiempo.
La escena avanza hacia el hospital. El cuerpo yace en una camilla. La respiración es difícil. Un hipo persistente no le permite tomar aire con normalidad. La sensación es de ahogo, pero también de resignación. No hay lucha, solo agotamiento. El pensamiento vuelve una y otra vez a los hijos. No hay miedo, hay cansancio. Un cansancio antiguo, pesado, que parece trascender esa vida.
En ese estado límite, la persona reconoce que ese mismo cansancio lo ha traído consigo a la vida actual. Comprende que no nació aquí, sino que fue arrastrado desde aquella encarnación. Se da cuenta de que se trajo el cansancio creyendo que así podría descansar, huir del dolor, huir de la vida. Sin embargo, la paradoja se revela: ese cansancio no le ha permitido descansar nunca.
Durante la regresión, la persona logra un momento de lucidez profunda. Comprende que en esta vida ha repetido el mismo patrón: cargar, sostener, responsabilizarse, controlar, sacar adelante a otros desde el sacrificio. Reconoce que esta vida ha sido incluso más agotadora, porque ha cargado no solo con su historia actual, sino con la memoria emocional de aquella vida pasada.
Se produce entonces un encuentro simbólico decisivo. La persona, desde su encarnación actual, se presenta frente al cuerpo agonizante de aquella vida pasada. Se reconoce y se nombra. Le habla con verdad y compasión. Le explica que volvió rápidamente, movida por la culpa y el amor, buscando proteger nuevamente a la familia, entrando incluso como descendencia directa.
En ese diálogo interno, ocurre la liberación. La persona comprende que el cansancio no le pertenece. Que la resignación no es suya. Que esa energía masculina de sacrificio extremo ya cumplió su ciclo. Desde un lugar firme y consciente, decide devolver lo que no le corresponde cargar más.
Con claridad emocional, afirma que se permite vivir esta vida desde la energía femenina, desde el disfrute, desde el descanso real, desde el amor sin sacrificio. Se da permiso de respirar plenamente, de ser feliz, de vivir su propia vida sin repetir la huida ni la resignación.
Al final de la regresión, la persona siente alivio. El cuerpo se expande. La respiración fluye. El mensaje se integra con profundidad:
El cansancio, la resignación y el no poder respirar ya no le pertenecen.
El proceso concluye con una sensación de cierre, liberación y reconciliación interna. No hay olvido, pero sí comprensión. No hay negación del amor, pero sí una decisión consciente de dejar de cargar lo que ya no corresponde a esta vida.