05/04/2026
Este fin de semana fue profundamente especial para mí.
Recibí la visita de mi abuelo y de mis tíos que viven en Uruguay, y, como suele pasar cuando el corazón se encuentra con su historia, todas las conversaciones para bien y para incomodar también, giraron en torno a lo que hemos vivido como familia.
Hablamos de cómo la migración nos atraviesa.
De cómo aquello que antes era cotidiano, hoy se ha convertido en recuerdo.
De cómo ya no somos esa familia que se reúne los domingos sin pensarlo, que visita a los abuelos con facilidad, que comparte sin distancia.
También apareció algo muy real:
el cansancio de quienes ma/ paternan sin una red de apoyo cercana, la exigencia silenciosa de sostener todo, aun cuando falta contención.
Y, al mismo tiempo, emergió lo más importante.
La intención de construir vínculos desde el amor.
De aprender a crear momentos significativos en medio de lo simple.
De elegir encontrarnos en lo pequeño, en lo que sí tenemos hoy.
Hablamos de sanar. De no quedarnos atrapados en el rencor hacia las circunstancias o hacia un sistema que nos empujó a cambiar de rumbo.
De reconocer lo vivido… y también soltarlo.
Porque sí, esto fue parte de nuestra historia.
Pero esto, lo que hoy estamos construyendo es nuestro presente.
Entendimos que la añoranza, a veces, nos lleva sin darnos cuenta al lugar del arrepentimiento, y desde ahí se nos olvida mirar todo lo que hemos logrado para llegar hasta aquí.
Y aunque siempre va a doler despedirse,
elegimos quedarnos con algo más grande:
Con el corazón lleno, agradecido por el encuentro, y en paz con el camino recorrido.