13/01/2026
Muchas veces pensamos de más, dudamos, nos llenamos de ruido y dejamos de escuchar nuestra vos interior. Cuando logramos sumergirnos en el silencio y reconectar con nuestra vos, con nuestra intuición, cosas maravillosas suceden.
Dicen que lo importante se madura en el calor del silencio. Me tomé el tiempo para escribir. Estar aquí es volver a casa: a ese lugar donde el alma reposa en cada gota de sudor y se nutre en cada respiración; donde el esfuerzo deja de ser esfuerzo y se vuelve entrega consciente, miedo trascendido, manifestación de amor y fe.
Hace 13 años llegué por primera vez con una maleta llena de ilusiones y un corazón lleno de emoción —y también de miedo. A ese viaje le siguieron dos más, año tras año. La diferencia más evidente —sé que aparecerán otras con los días— es que esta vez mi compañía soy yo. Y se siente bien.
Tras esos tres viajes vino un tiempo de sequía. Pasaron cosas hermosas que profundizaron y fortalecieron mi vínculo con esta tierra bendita, y aun así hubo tristeza, enojo, decepción, frustración. Entonces no tenía la madurez para ver más allá. No entendía por qué no sucedía, qué hacía “mal”. Por más que quería, no podía regresar.
Dejé de pelear conmigo. Dejé de mirar afuera y comencé a trabajar adentro. Decidí atravesar, lentamente, esos espacios que asustan; observar aun con miedo lugares internos y transformarlos. Fue un camino de avances y retrocesos, sorpresas dulces y temporadas de confusión, tristeza y vacío. Muchas veces estuve a punto de soltar, pero no lo hice. En los momentos críticos siempre hubo algo o alguien que me recordaba el para qué de mi vida: “tranquila, va a pasar; es por aquí; seguí…”. Las sincronicidades se volvieron mensajes que me sostenían.
Desde mi último viaje han pasado 9 años. Tantas cosas suceden en 3.295 días. Un ciclo completo.
Hoy, desde aquí —my home away from home— el cuarto comienza a manifestarse y me permite comprender, desde otro lugar, que hay rutas tatuadas adentro y encontrarlas es un profundo trabajo interior. Hoy estoy conmigo, en el sitio que me recibió la primera vez. Agradezco, con honestidad llegar aquí, el proceso que me trajo y cada experiencia que vivo. Me tomé el tiempo para caminar despacio, volver a los lugares que me cobijaron, sentir la brisa, observar con atención, ver con otros sentidos; sentirme rodeada de amor y acompañada por quienes, desde su espacio, respetan y apoyan mis decisiones. Con su presencia me ayudan a nutrirlas y sostenerlas.
Entiendo ahora que la puerta que creí cerrada no era eso: era invitación. Una invitación a observarme con atención; a trabajarme con honestidad, compromiso y compasión; a abrazarme y aceptarme. A amarme, y desde ese mismo amor, perdonarme para poder perdonar; a honrar y agradecer.
Reconozco este regreso como una historia de perseverancia y sanación; de intuición y merecimiento; de silencio y fe. La pequeña barca llega a la orilla después de la tormenta. Hoy me miro al espejo: distinta, sí, y me reconozco. Me gusto. Me abrazo. Me agradezco haberme dejado guiar y seguir confiando. Con profunda gratitud, me abro al presente con la certeza de que viene del amor y está lleno de amor.
Si estás a punto de tirar la toalla, de darle la espalda a lo que dibuja una sonrisa en tu alma: observá con atención. Abrite a las señales. Si tu intuición está presente, seguí la voz de tu corazón.