26/02/2026
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Donde la piel aprende a resistir: memorias de una dermatóloga en la Amazonía ecuatoriana
El 29 de junio de 2016 viajé durante siete horas hacia una pequeña ciudad en la Amazonía ecuatoriana. Cuatro días antes, me habían asignado esa plaza como parte de mi devengación de beca. Llegué con incertidumbre, con miedo y con un propósito que aún no lograba comprender completamente. El aire era espeso por el calor, pero limpio, vivo. La ciudad parecía suspendida en el tiempo. Sabía que allí pasaría los siguientes tres años de mi vida.
Mi primer consultorio era pequeño, con una camilla inadecuada para el examen dermatológico y un sistema de aire acondicionado que no funcionaba. Días después descubrí filtraciones en el techo. No había equipos especializados. Las biopsias debían enviarse a la capital y los resultados podían tardar hasta diez semanas. No había patólogos locales, ni acceso a pruebas diagnósticas avanzadas. La dermatología, como especialidad, prácticamente no existía en ese territorio.
Mi agenda estaba vacía.
Así que comencé a presentarme, a hablar con colegas, a organizar campañas comunitarias. Poco a poco, los pacientes comenzaron a llegar.
Recuerdo una familia indígena de siete miembros con escabiosis. Sus ropas conservaban el olor del humo de leña. Se rascaban en silencio, con una resignación aprendida. Los examiné con cuidado, consciente de que ese momento representaba mucho más que un diagnóstico. Días después, yo misma contraje escabiosis. En ese instante comprendí, en mi propia piel, el significado físico del sufrimiento que veía diariamente.
En los meses siguientes, atendí casos de leishmaniasis cutánea, lepra previamente mal diagnosticada, pénfigo vulgar en estadios avanzados, cromomicosis, lobomicosis, melanoma nodular, y signos cutáneos de desnutrición que hasta entonces solo conocía por los libros. Muchos pacientes habían recibido tratamientos inadecuados durante años. Algunos utilizaban medicamentos veterinarios o remedios tradicionales que agravaban sus condiciones.
Los pacientes viajaban hasta ocho horas por carreteras en mal estado, cruzaban ríos y enfrentaban barreras geográficas significativas para acceder a atención dermatológica. La ausencia de servicios especializados significaba que muchas enfermedades progresaban sin diagnóstico ni tratamiento oportuno.
En ese entorno, aprendí que la medicina depende profundamente del juicio clínico. Sin acceso inmediato a herramientas diagnósticas avanzadas, tuve que confiar en la observación, el conocimiento y la responsabilidad ética de cada decisión. Hubo noches en las que enfrenté sola enfermedades potencialmente mortales, con recursos limitados, consciente del peso de esa responsabilidad.
Sin embargo, también fui testigo de una profunda humanidad. Los pacientes expresaban su gratitud con gestos sencillos: frutas, alimentos, abrazos. Más allá del tratamiento, buscaban comprensión, acompañamiento y esperanza.
Con el tiempo, la dermatología dejó de ser una especialidad desconocida en esa comunidad. Lo que comenzó como una consulta vacía se convirtió en una práctica activa que hoy atiende aproximadamente 200 pacientes mensuales. Más importante aún, se estableció un puente de confianza entre la comunidad y la medicina especializada.
Esta experiencia transformó profundamente mi identidad profesional. Comprendí que el ejercicio de la dermatología no depende exclusivamente de la infraestructura tecnológica, sino del compromiso con el paciente, del conocimiento científico y de la capacidad de responder con humanidad ante la enfermedad.
La Amazonía me enseñó que la piel refleja no solo procesos biológicos, sino también determinantes sociales, económicos y culturales. Me enseñó que mejorar el acceso a la salud dermatológica significa aliviar el sufrimiento, prevenir discapacidad, reducir estigmas y restaurar la dignidad humana.
Hoy, continúo viajando regularmente a esta región. No solo como médica, sino como testigo del impacto que el acceso equitativo a la salud puede tener en la vida de las personas.
La Amazonía transformó mi práctica, fortaleció mi propósito y redefinió mi comprensión de la medicina.
Me enseñó que la dermatología, en su esencia más profunda, es un acto de servicio.
Autora
Dra. Carolina Madrigal
Dermatóloga
Ecuador