11/01/2026
Hay familias donde los abuelos no solo ayudan.
Sostienen.
Crían.
Deciden.
Reemplazan.
Y lo hacen, muchas veces, desde el amor más grande que conocen.
Pero en los sistemas familiares, el amor sin orden también enferma.
cuando los abuelos asumen el rol de padres, el niño sale del orden natural. No por falta de amor, sino por exceso de lugar.
Los grandes dejan de ser grandes.
Los padres quedan pequeños.
Y el niño, sin saberlo, queda en el medio de un desorden que no entiende pero que su cuerpo sí registra.
Aquí no hablamos de abandono simple.
Hablamos de movimientos interrumpidos hacia los padres.
El niño es criado por los abuelos mientras su alma sigue buscando a mamá y a papá. No porque los abuelos no hayan dado todo —muchas veces dieron más de lo que podían— sino porque nadie puede reemplazar el origen.
Cuando los padres están ausentes —física o emocionalmente— y los abuelos toman ese lugar, el niño comienza a cargar lo que no le corresponde: la tristeza de los adultos, la culpa familiar, los silencios, los secretos, los fracasos no resueltos. Crece sintiendo un vacío difícil de nombrar, una sensación persistente de no pertenecer del todo.
No es ingratitud.
Es memoria sistémica.
LO QUE SE DESORDENA CUANDO LOS ABUELOS “SE HACEN CARGO”
En el orden sistémico, la jerarquía no es autoritarismo: es estructura vital.
Quienes llegaron primero son los grandes.
Quienes llegaron después, los pequeños.
Cuando los abuelos ocupan el lugar de padres, ese orden se rompe.
A veces lo hacen conscientemente: porque creen que sus hijos no pueden, no saben, no están preparados.
Otras veces lo hacen inconscientemente: por miedo, por culpa, por no tolerar el sufrimiento del nieto, por reparar lo que sienten que fallaron como padres.
En ambos casos aparece la arrogancia sistémica, no como soberbia personal, sino como movimiento profundo: “yo lo hago mejor”, “sin mí esto se cae”.Y el sistema cobra.
EL PRECIO PARA CADA MIEMBRO
El nieto queda atrapado en una lealtad invisible. Crece sintiendo que debe compensar a los abuelos por todo lo que hicieron por él. Esto puede traducirse en dificultad para separarse, para elegir su propia vida, para irse lejos, para ser feliz sin culpa. Su energía no va hacia el futuro: queda atada al pasado.
Los abuelos, al tomar un lugar que no les corresponde, se sobrecargan. Usan una energía que en esta etapa de la vida debería ir al descanso, la transmisión de sabiduría, la raíz. El cuerpo empieza a pasar factura: cansancio extremo, enfermedades, sensación de estar siempre sosteniendo algo que pesa demasiado.
Los padres quedan desplazados. No crecen. No maduran. El sistema los mantiene en un lugar infantilizado. Oscilan entre la comodidad de no hacerse cargo y un resentimiento profundo hacia sus propios padres por haberles quitado su lugar. Muchas veces esto se manifiesta en ausencias, adicciones, fracasos reiterados o una incapacidad crónica para sostener la vida adulta.
Y lo más grave: la fuerza de la vida deja de fluir.
Porque la vida no salta generaciones.
Pasa de padres a hijos.
Cuando ese flujo se interrumpe, todos pagan el precio.
CÓMO SE ABORDA?
La solución no es culpar a los abuelos ni idealizar a los padres.
La solución es devolver cada carga a su lugar.
-El abuelo necesita retirarse un paso atrás, internamente, y decir:
“Yo soy el abuelo. Tú eres el padre / la madre. Te respeto en tu lugar, incluso si te equivocas.”
-El hijo necesita tomar su lugar de adulto, aunque le dé miedo, aunque no se sienta listo. Porque ningún padre crece si otro ocupa su lugar.
-Y el niño necesita ver ese orden para poder relajarse y ser solo niño. Sin salvar, sin compensar, sin cargar destinos ajenos.
No se trata de quitar ayuda.
Se trata de no usurpar la dignidad del rol.
FRASE SISTÉMICA SANADORA
“Yo soy tu padre / tu madre.
Asumo mi lugar, con mis límites y mis errores.
Te devuelvo lo que no te correspondía cargar.
Tú eres el hijo.
Yo me hago cargo de mi vida y de mi destino.”