31/01/2026
Cuando el amor se confunde con necesidad.
A veces quedarse duele más que irse, pero aun así se siente imposible soltar. En terapia, es frecuente escuchar relatos de personas que permanecen en relaciones que generan ansiedad, culpa, miedo o vacío, no porque no identifiquen el daño, sino porque la posibilidad de perder al otro activa un malestar aún más intenso que el sufrimiento que ya conocen. La dependencia emocional no suele manifestarse como una exigencia explícita de amor, sino como una necesidad silenciosa de permanencia, donde el vínculo se convierte en un ancla emocional indispensable para sostener la propia estabilidad interna.
La dependencia emocional se define por una necesidad excesiva de apoyo, validación y cercanía, junto con una dificultad marcada para tomar decisiones autónomas y regular las emociones sin la presencia del otro (Castelló, 2005). Este patrón suele estar sostenido por esquemas cognitivos de insuficiencia personal, miedo al rechazo y un autoconcepto negativo, los cuales influyen de manera profunda en cómo la persona interpreta sus relaciones y en la forma en que justifica permanecer en ellas, incluso cuando resultan emocionalmente desgastantes (Bornstein, 2011).
Mikulincer y Shaver (2016), señalan que la dependencia emocional no se desarrolla de forma aislada, sino que suele estar vinculada a experiencias tempranas de apego inseguro, caracterizadas por una disponibilidad emocional inconsistente o impredecible. Estas vivencias configuran un sistema interno donde el amor se asocia a la ansiedad y la cercanía se vive bajo la constante amenaza de pérdida, activando conductas de sumisión, sobreadaptación o sacrificio personal como intentos de preservar el vínculo y evitar el abandono.
En la práctica clínica, este patrón se observa con frecuencia en personas que toleran relaciones desequilibradas, invalidantes o incluso dañinas, no por ingenuidad o falta de conciencia, sino por un profundo temor a la soledad y a la desconfirmación afectiva. Santamaría y colaboradores (2015), han evidenciado que la dependencia emocional se relaciona de manera significativa con sintomatología ansiosa y depresiva, así como con mayores niveles de malestar psicológico general, especialmente cuando el vínculo es percibido como inestable o amenazante.
Quedarse, en este contexto, no siempre implica debilidad; en muchos casos, permanecer es una estrategia de supervivencia emocional aprendida, una forma de protegerse del abandono cuando no se han desarrollado recursos internos suficientes para sostenerse afectivamente, por ello, desde esta perspectiva, la dependencia emocional deja de ser vista como un rasgo defectuoso y pasa a entenderse como una respuesta adaptativa que en su momento tuvo sentido, pero que en el presente genera sufrimiento y limita el bienestar psicológico.
Reconocer este patrón y buscar ayuda profesional no es un signo de fragilidad, sino un acto de cuidado personal profundo; la psicoterapia ofrece un espacio seguro donde el vínculo deja de ser el único sostén emocional y comienza a construirse una relación más estable con uno mismo, permitiendo que el malestar encuentre palabras, sentido y contención; acudir a terapia no implica romper de inmediato con el otro, sino empezar a comprender por qué quedarse duele y qué necesidades internas están siendo postergadas en nombre del vínculo.
Mirar la dependencia emocional desde la empatía clínica implica aceptar que nadie permanece por placer en el sufrimiento, sino por miedo a un vacío que alguna vez se vivió como insoportable. Sanar no es dejar de amar, es aprender que el amor no debería implicar perderse a uno mismo, y que elegir(se) con cuidado, respeto y compasión también es una forma legítima de amor.
Por: Psc. Cli. Tatiana Lozada Castro.
Consulta psicológica: Psique Consultora Psicológica Integral (Av. Luis Moreno Mora 3-63 y Francisco Moscoso, Cuenca).
Modalidad: presencial y virtual.
Telf: 0987911155.
Correo: tatilozada05@gmail.com