22/01/2026
Mi abuela de 82 años me pidió que la acompañe a comprar bikinis para la pileta del country.
Cuando mi abuela Marta me llamó un martes a las 10 de la mañana diciendo "Necesito que me lleves al shopping, es urgente", pensé en mil cosas: un regalo de cumpleaños olvidado, medicamentos, tal vez una nueva tetera. Jamás imaginé lo que vendría.
"¿Al shopping? ¿Para qué, abu?", le pregunté mientras buscaba las llaves del auto.
"Necesito bikinis. Tres o cuatro, en lo posible".
Silencio. Creí haber escuchado mal.
"¿Bikinis? ¿Vos? ¿A los 82?"
"¿Tengo que tener 25 para usar bikini, acaso? Apurate que cierran las tiendas", respondió con esa voz que no admite réplica, la misma que usaba cuando de chica intentaba negociar la hora de dormir.
En el auto, traté de sonsacarle información. "Abu, ¿estás segura? Digo, podemos buscar mallas enterizas lindas, cómodas..."
Ella me miró por encima de sus anteojos como si acabara de sugerirle que se pusiera un traje de buzo. "Marta, escuchame bien: pasé 60 años escondiéndome. Sesenta. ¿Sabés cuántos veranos me perdí por las estrías del embarazo? ¿Cuántas veces me quedé con el camisón en la pileta mientras todas mis amigas se divertían, por miedo a que alguien viera mis varices?"
"Pero abu..."
"Pero nada. Tu abuelo, que en paz descanse, siempre me decía que estaba hermosa. Yo no le creía. Pensaba que me mentía para hacerme sentir bien. Ahora que no está, me di cuenta de algo: él tenía razón. Y yo fui una tonta. ¿Sabés cuántas piletas tiene el country? Dos. Una techada y una al aire libre. Este verano voy a usar las dos, con bikini, y me voy a broncear hasta que parezca una pasa feliz".
Me reí tanto que casi me paso un semáforo en rojo.
Llegamos a una tienda para "todas las edades" (eufemismo del vendedor para decir que tenían talles reales). Mi abuela entró como Clint Eastwood a un duelo: determinada, sin miedo, lista para la acción.
"Busco bikinis que digan 'todavía estoy acá'", le anunció a la vendedora, que al principio no supo si reírse o llamar a seguridad.
Probó uno fucsia con volados. "Este me hace parecer un flamenco. ¡Me encanta!"
Probó uno con estampado de palmeras. "Con este parezco que me voy de safari. También lo llevo".
Probó uno celeste con lunares blancos. "Este es clásico. Como yo. Perfecto".
La vendedora, que tenía como 23 años y tatuajes hasta en las pestañas, estaba completamente rendida. "Señora, usted es mi ídola. En serio. Mi abuela no sale ni al patio sin una bata hasta los tobillos".
"Decile que la vida es corta y las piletas están llenas", respondió mi abuela mientras se miraba en el espejo de cuerpo entero, sonriendo de una manera que no le veía hace años.
En la caja, cuando pagó con su tarjeta dorada de jubilada (con descuento, obvio, porque mi abuela es inteligente), me dijo algo que me rompió el corazón y me lo reconstruyó al mismo tiempo: "¿Sabés qué es lo más triste? Que recién ahora, a los 82, me siento libre de mostrar mi cuerpo. No es rebeldía, mi amor. Es justicia. Justicia conmigo misma".
Dos días después fui a visitarla al country. Ahí estaba: mi abuela Marta, con el bikini fucsia, anteojos de sol gigantes, un sombrero de paja y una sonrisa que podría iluminar todo Buenos Aires. Flotaba en el agua como una reina en su trono acuático.
"¡Abu! ¡Te ves increíble!", le grité desde el borde.
"¡Lo sé! ¡Y además encontré amigas nuevas! ¡Todas compramos bikinis la semana pasada! ¡Somos un movimiento!"
Efectivamente, a su alrededor había otras cuatro señoras mayores, todas en bikini, todas riendo, todas viviendo como si hubieran descubierto el secreto mejor guardado del universo: que los cuerpos son para disfrutarlos, no para esconderlos.
Antes de irme, me abrazó mojada (odio que haga eso, pero esta vez no me importó) y me susurró: "Prométeme que vos nunca vas a esperar 60 años para hacer lo que te hace feliz. Prométemelo".
Se lo prometí. Con lágrimas en los ojos y todo.
Tomado de la Web