21/02/2026
Ser médico en Ecuador no es una carrera. Es una prueba de resistencia.
Empiezas de estudiante, caminando por los pasillos como si fueras parte del mobiliario. Observas. Callas. Aprendes que la salud pública tiene códigos propios, silencios incómodos y carencias que nadie menciona en las ceremonias de graduación.
En el internado descubres que siempre se puede aprender más… pero también que la pirámide pesa. Y pesa sobre los de abajo. Siempre sobre los de abajo.
Luego viene la rural. El país real. El que no sale en los informes. Donde los problemas son grandes y las soluciones pequeñas. Donde entiendes que la inequidad no es un concepto académico sino una sala sin insumos y una madre que ha caminado horas.
Después el posgrado. Ese filtro donde la especialidad se paga con horas, guardias y una especie de servidumbre elegante disfrazada de formación. Mano de obra gratuita con diploma en proceso. Y agradece.
Y si sobrevives, llegas a la práctica. A convertirte en engranaje del sistema público o a intentar abrirte camino entre trámites, permisos, firmas, sellos y más sellos. Burocracia como deporte nacional.
Feliz día a quienes siguen ahí. A los que soportan que un gerente, un político o un asambleísta aparezca a exigir milagros con presupuestos recortados. A los que en cualquier momento tienen que pelear contra una nueva pandemia… o contra el ingeniero iluminado que recomienda cloro, el chamán digital o el gurú de turno con miles de seguidores.
Y también a los que todavía creen que la formación médica debe exigir más. No menos. Porque el paciente no necesita profesionales cómodos. Necesita profesionales sólidos. Comprometidos. Incómodos cuando toca.
No somos todos. Nunca lo fuimos. Y quizá cada vez seamos menos.
Pero mientras quedemos algunos que no confundamos vocación con sumisión ni dignidad con aplausos fáciles… algo se podrá sostener.
Lo demás, ya lo sabemos.
Y aun así, aquí seguimos.