23/01/2026
AETINAPE: 44 AÑOS EN EL PUENTE DE MANDO
José Manuel Fernández Outeiral
M. Mayor Naval
La Asociación Española de Titulados Náutico-Pesqueros (AETINAPE) nació en 1982 porque hacía falta.
No como una ocurrencia, ni como una estructura oportunista, sino como una respuesta profesional a una realidad dura: los titulados náutico-pesqueros carecían de una voz propia, independiente y capaz de defender la profesión allí donde realmente se decidía su futuro.
Desde el primer día, la asociación tomó una decisión que marcaría toda su historia: no depender de nadie.
Ni de subvenciones. Ni de partidos. Ni de intereses ajenos al mar.
Cuarenta y cuatro años después, esa decisión explica tanto su fortaleza como sus dificultades.
NACER CUANDO NO HABÍA RED
AETINAPE surge en un momento de profundos cambios en el sector marítimo-pesquero español: proceso de integración de España en la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), reconversión del sector, pérdida de caladeros, presión internacional, transformación acelerada del marco normativo y una distancia creciente entre quienes navegaban y quienes legislaban. En este contexto, en la década de los 80, se produjo una infame persecución de este colectivo desde la Dirección General de la Marina Mercante.
Los titulados náutico-pesqueros - capitanes, patrones y mecánicos navales - asumían responsabilidades reales en la mar, pero carecían de un respaldo profesional estructurado. No existía nada comparable a un colegio profesional que defendiera atribuciones, formación, seguridad y dignidad laboral.
AETINAPE vino a ocupar ese vacío. Y lo hizo con una vocación clara: representar al profesional, no al armador, no a la Administración y no a intereses coyunturales.
INDEPENDENCIA COMO PRINCIPIO, NO COMO ESLOGAN
A lo largo de su trayectoria, la asociación se ha financiado exclusivamente mediante las aportaciones de sus socios. Esa independencia económica ha sido la base de su independencia moral.
Gracias a ella, AETINAPE ha podido:
-sostener posiciones firmes
-denunciar decisiones mal planteadas
-mantener una línea coherente incluso cuando resultaba incómoda
No ha sido una asociación fácil. Nunca quiso serlo.
CUANDO EL MAR SE VOLVIÓ POLÍTICO: EL CONFLICTO DEL FLETÁN
Entre los muchos episodios que marcaron la historia del sector, uno permanece especialmente vivo en la memoria colectiva: el conflicto del fletán con Canadá, a mediados de los años noventa.
La llamada guerra del fletán puso de manifiesto una realidad que muchos profesionales ya intuían: las decisiones políticas y diplomáticas podían alcanzar de lleno a quienes trabajaban en aguas internacionales, sin que estos tuvieran capacidad real de influir en ellas.
Buques interceptados, artes incautadas y tripulaciones sometidas a una presión jurídica y operativa inédita generaron una sensación de inseguridad profunda entre los titulados. Mientras los gobiernos negociaban, los profesionales seguían faenando en un entorno de incertidumbre legal y personal.
AETINAPE actuó entonces como voz técnica y profesional, advirtiendo de las consecuencias que este tipo de conflictos tenía sobre:
-la seguridad de las tripulaciones
-la autoridad del mando a bordo
-la estabilidad futura del sector
Para muchos titulados, aquel episodio fue una confirmación: sin organización colectiva, el profesional del mar queda solo frente a conflictos que lo superan.
El conflicto del fletán no fue un caso aislado. Antes y después vinieron otros episodios que siguieron el mismo patrón. El banco canario-saharaui, durante años uno de los caladeros más importantes para la flota española, estuvo marcado por la inestabilidad política y por acuerdos frágiles que trasladaron la incertidumbre directamente a los profesionales del mar.
A ello se sumaron las sucesivas crisis derivadas de los acuerdos pesqueros con Marruecos y de la aplicación de la Política Pesquera Común de la Unión Europea, con reducciones de flota, paradas forzosas y decisiones tomadas con criterios económicos que rara vez tuvieron en cuenta la dimensión social, la experiencia acumulada ni la seguridad a bordo.
En todos estos escenarios, AETINAPE mantuvo una posición constante: advertir de que la profesionalidad, la formación y el criterio del mando no pueden subordinarse a la improvisación política ni al corto plazo.
SEGURIDAD, RESPONSABILIDAD Y MANDO
La seguridad marítima ha sido una constante en la acción de AETINAPE. No como concepto abstracto, sino como realidad cotidiana.
En la pesca de altura y gran altura, cada decisión cuenta.
No hay margen para el error administrativo, ni para soluciones improvisadas.
Durante décadas, la asociación ha defendido:
-la necesidad de equiparar los estándares de seguridad del sector pesquero a los de la marina mercante
-la incorporación de botes de rescate frente a soluciones claramente insuficientes
-el respaldo jurídico y profesional del mando del buque
En la mar, cuando algo ocurre, no responden reglamentos: responden personas. Y esas personas deben contar con formación, autoridad y apoyo.
LOS SINIESTROS QUE PUSIERON A PRUEBA A LA PROFESIÓN
Desde la constitución de Asociación Española de Titulados Náutico-Pesqueros en 1982, la historia del sector náutico-pesquero español ha estado marcada por siniestros marítimos graves que dejaron una huella profunda y duradera en la conciencia colectiva de la profesión.
Accidentes como el naufragio del Mar Egeo frente a A Coruña, el hundimiento del Prestige en noviembre de 2002 o las pérdidas de vidas y buques en campañas de altura y gran altura recordaron de forma brutal que la mar no perdona errores estructurales, ni improvisaciones, ni decisiones tomadas desde la distancia.
El caso del Prestige supuso una prueba extrema para todos: para los profesionales del mar, para las Administraciones y para la sociedad en su conjunto. Más allá del desastre medioambiental, dejó al descubierto carencias graves en materia de prevención, gestión de crisis, seguridad marítima y respaldo al criterio profesional. Muchos titulados vivieron aquellos días con la sensación de que las decisiones se tomaban tarde, mal y sin escuchar suficientemente a quienes conocían la mar desde dentro.
Junto a estos grandes siniestros, otros naufragios del sector pesquero - algunos menos mediáticos, pero igual de dolorosos - marcaron a varias generaciones de profesionales. Nombres como el Islamadrante, el Marero, el Mar Nosso, el Santa Ana, el Sin Querer Dos o, más recientemente, el Villa de Pitanxo, el más grave de los últimos 50 años para la flota española, forman parte de una memoria compartida que no se aprende en manuales ni en estadísticas. Para quienes mandan y navegan, no son titulares: son ausencias.
En todos estos casos, las circunstancias variaron, pero la conclusión fue recurrente: la responsabilidad final siempre recaía sobre quienes estaban a bordo, a menudo sometidos a presión operativa, con medios de salvamento insuficientes o con buques y tripulaciones llevados al límite.
AETINAPE abordó estos episodios desde una posición clara y coherente, lejos del sensacionalismo y de la búsqueda de culpables inmediatos. Lo hizo insistiendo en una convicción que el tiempo no ha desmentido:
-la formación exigente no es negociable,
-los medios de rescate adecuados salvan vidas,
-y el criterio profesional del mando debe ser respetado y respaldado.
Con el tiempo, la creación de organismos técnicos como la Comisión de Investigación de Accidentes e Incidentes Marítimos (CIAIM) permitió avanzar en el análisis de las causas de los accidentes. Más recientemente, los informes de la Agencia Europea de Seguridad Marítima (EMSA) muestran una tendencia general a la baja en los siniestros muy graves en el ámbito europeo, incluido el sector pesquero.
Estos datos deben reconocerse, pero también interpretarse con honestidad. La reducción de siniestros no puede desligarse de una realidad evidente: la disminución progresiva de la flota pesquera activa en Europa. Menos buques y menos actividad implican, inevitablemente, menos accidentes registrados. Las estadísticas mejoran, pero el precio ha sido alto: menos flota, menos empleo, menos experiencia acumulada y menos relevo generacional.
Nombrar hoy estos siniestros no es reabrir heridas.
Es reconocer que marcaron una generación, que influyeron decisivamente en la forma de entender la profesión y que explican por qué AETINAPE ha sido firme, a veces incómoda, pero siempre coherente en materia de seguridad.
Porque una flota que desaparece no se accidenta.
Pero tampoco forma, ni transmite, ni ofrece futuro.
TITULACIONES Y FORMACIÓN: CUANDO REBAJAR NO ES AVANZAR
Otro frente permanente ha sido el de las titulaciones y la formación. Frente a la tentación recurrente de “relajar” requisitos como respuesta a la falta de vocaciones, AETINAPE ha mantenido una posición firme: rebajar la formación no crea futuro; crea riesgo.
La degradación progresiva de las titulaciones, el intrusismo profesional y determinadas prácticas formativas deficientes no solo afectan a la profesión, sino a la seguridad de todos los que embarcan.
Defender la exigencia formativa ha sido, y sigue siendo, una cuestión de responsabilidad.
EL PRESENTE: UNA ASOCIACIÓN DE JUBILADOS
Hoy, AETINAPE se ha convertido mayoritariamente en una asociación de jubilados. No por desinterés, ni por agotamiento, sino porque muchos de quienes levantaron, sostuvieron y defendieron la asociación han terminado su vida profesional en la mar.
Quienes siguen lo hacen por convicción, por memoria y por compromiso con una profesión que aún necesita defensa. La experiencia acumulada es enorme. El riesgo es evidente: que esa experiencia no se transmita.
Este es, probablemente, el mayor desafío actual de la asociación: la falta de relevo generacional.
Las nuevas generaciones no vivieron conflictos como el del fletán ni otros muchos episodios que marcaron la profesión. Y lo que resulta más preocupante: una parte significativa de los estudiantes del ámbito náutico-pesquero ya no se forma con la intención de trabajar en la mar.
La experiencia acumulada durante décadas no constituye un valor por sí misma si no se transmite. No es nostalgia lo que está en juego, sino criterio. La profesión no se empobrece solo cuando desaparecen buques o flota, sino cuando se rompe la cadena de transmisión entre quienes aprendieron navegando y quienes hoy se forman sin haber vivido muchos de los episodios que forjaron la cultura profesional del sector. Sin ese traspaso de experiencia, el riesgo no es solo la pérdida de memoria, sino la banalización de responsabilidades que siguen siendo reales.
CONTINUIDAD EN EL PUENTE
Hay un dato que resume mejor que ningún otro la historia de AETINAPE: el actual presidente forma parte del grupo fundacional.
Cuarenta y cuatro años después, sigue en el puente de mando.
No como símbolo, sino como prueba de una continuidad rara en nuestro tiempo. De una forma de entender la responsabilidad profesional que no se abandona con la jubilación.
Pero toda continuidad, si no se acompaña de renovación generacional, corre el riesgo de convertirse en resistencia solitaria. Ninguna organización puede sostenerse indefinidamente sobre los mismos hombros sin que eso acabe revelando una carencia colectiva más profunda: la falta de relevo; una nueva generación dispuesta a ocupar el puente.
MEMORIA Y FUTURO
Recordar no es mirar atrás. Es saber de dónde se viene para decidir hacia dónde se va.
La historia de AETINAPE demuestra que los derechos, la seguridad y la dignidad profesional nunca han sido regalos. Han sido conquistas. Y las conquistas que no se cuidan, se pierden.
Esta no es una historia cerrada. Es una llamada serena, pero firme, a quienes aún tienen que tomar el relevo.
Porque en el mar, como siempre, quien no se organiza, queda solo y a la deriva.