28/11/2025
Ayer dia 27 noviembre celebramos con gran devoción el Día de la Medalla Milagrosa, una jornada que ha llenado nuestro hogar de fe, gratitud y cercanía fraterna. La misa, centro de la celebración, fue preparada con dedicación por toda la comunidad: los residentes y voluntarios ofrecieron su tiempo y su voz en los cantos, mientras que los trabajadores participaron con las peticiones y las ofrendas, poniendo en manos de Dios y de María nuestro trabajo cotidiano, nuestras alegrías y nuestras necesidades.
Un momento especialmente emotivo fue la bendición de la capilla visitadora, que recorrerá estancia por estancia, visitando cada habitación y llevando un signo visible de la presencia maternal de María a todos los residentes. También se presentó una copia repujada en madera de la Medalla Milagrosa, procedente de la Casa Madre de París, que nos recuerda el origen de esta devoción que tantas gracias ha derramado en el mundo.
Durante su homilía, el sacerdote compartió una reflexión profunda que iluminó el sentido de esta celebración. Recordó que llevar la Medalla Milagrosa, o simplemente abrir el corazón a la fe, transforma nuestra vida, a veces de maneras silenciosas, discretas, casi imperceptibles… pero reales. La presencia de María, dijo, actúa como una protección constante: Ella camina a nuestro lado, intercede por nosotros, nos sostiene en las dificultades y nos conduce siempre hacia su Hijo.
Aunque no siempre nos demos cuenta, aunque la vida siga su ritmo cotidiano, la fe obra, la gracia actúa y María vela por nosotros. Por eso, portar la medalla no es sólo llevar un objeto, sino acoger un signo de confianza, un recuerdo vivo de que nunca estamos solos, de que la Virgen nos mira, nos acompaña y nos cubre con su manto.
Con este mensaje de esperanza y consuelo concluyó una celebración profundamente sentida, que reavivó en todos el deseo de seguir caminando bajo la tierna y segura protección de Santa María.