01/12/2025
Tu cuerpo pide calma. Tu vida pide cuidado.
A veces sentimos que “me estoy cuidando” porque hago cosas que bajan mi ansiedad, mi tensión o mi malestar. Pero muchas veces lo que estamos haciendo no es cuidarnos… sino calmarnos. Y ambas cosas son necesarias, pero no significan lo mismo.
Calmarme es responder a mi activación: cuando el cuerpo está acelerado, tenso, agitado o sobrepasado. Es aliviar la intensidad del momento. Respirar, abrigarme, tumbarme un rato, salir a caminar, bajar la luz, poner música suave, evitar un conflicto, posponer una conversación dura. Calmarme es bajar la tormenta interna, darle una pausa al sistema nervioso.
Pero cuidarme es otra cosa. Cuidarme es actuar a favor de mi bienestar a medio y largo plazo. Es hacer elecciones que alinean mi vida con mis valores, incluso cuando son incómodas. Poner límites, pedir ayuda, organizarme mejor, decir que no, respetar mi descanso sin justificarlo, ordenar mis tiempos, alimentarme con regularidad, sostener una conversación pendiente, invertir en mis relaciones importantes, ir a terapia, decir mi verdad con respeto, etc.
Uno alivia. El otro transforma.
Puede generar confusión: — “Hice mindfulness, descansé y desconecté… ¿por qué sigo igual?” Porque calmarnos sin cuidarnos nos da un respiro, pero no nos saca del bucle. Y lo contrario también ocurre: Querer “cuidarse” sin haberse calmado antes puede llevar al colapso. Si tu cuerpo está en modo alerta, no le puedes pedir decisiones sabias. Primero necesita seguridad.
La clave está en este orden:
1️⃣ Regulo lo que siento.
2️⃣ Elijo lo que necesito.
Primero bajo la intensidad para que mi sistema se estabilice. Luego pregunto:— “¿Qué es importante para mí ahora?”— “¿Qué acción, por pequeña que sea, cuida de mi vida, no solo de mi malestar?”
Porque sí: Calmarme es tratar mi emoción. Cuidarme es tratar mi vida.
Si sientes que te cuesta encontrar ese equilibrio o no sabes cómo empezar, en Lucentum Psicología podemos ayudarte a construir un autocuidado real, profundo y sostenible.