02/02/2026
No tendría ningún sentido enfadarnos porque el viento no hace lo que queremos.
No podemos controlarlo, pero sí decidir qué hacer con él: ajustar las velas, cambiar el rumbo o simplemente esperar a que pase.
Y con la vida pasa exactamente lo mismo.
Intentar controlarlo todo —lo que va a pasar, cómo van a reaccionar los demás, que nada salga mal— es igual de absurdo que pretender decidir hacia dónde sopla el viento. Siempre habrá algo que se escape de nuestro control.
Cuando vivimos así, en modo control constante, lo normal es acabar frustrados, agotados y sintiéndonos mal con nosotros mismos, como si el problema fuéramos nosotros. Y no lo somos.
Quizá no se trate de controlar más, sino de aprender a adaptarnos mejor.
De elegir cómo respondemos cuando las cosas no salen como esperábamos.