23/01/2026
Llevo tiempo con estas palabras en mi cabeza y hoy creo que he podido organizarlas: nuestro trabajo es maravilloso, pero tiene una parte amarga que no todos ven: la carga emocional.
Hay patologías en las que la terapia es luz: ves avances, ves pequeños (o grandes) logros, ves cómo una persona gana autonomía, comunicación, calidad de vida… Y todo tiene sentido.
Pero hay otras realidades terapéuticas de las que se habla poco, en las que no trabajas para curar. Trabajas para sostener, para acompañar. Para frenar un poco lo inevitable: situaciones en las que sabes (desde el primer día) que tu objetivo no es “mejorar”, sino ralentizar el deterioro y preservar funciones, dignidad y comunicación el mayor tiempo posible.
Y nadie te prepara del todo para eso… Como terapeutas aprendemos evaluación, intervención, neuro, evidencia científica; pero apenas hablamos del peso emocional que supone sentarte cada semana frente a una persona que va perdiendo capacidades… y mirarla a los ojos sabiendo que no hay un final feliz en el sentido clásico.
Hay sesiones de las que sales orgullosa del trabajo hecho… y otras de las que sales en silencio, y esperas en el coche unos minutos para reponerte, porque acompañar también duele. Duele ver cómo alguien que hace unos meses hablaba hoy solo puede comunicarse con la mirada, duele trabajar con padres que saben que su hijo no va a desarrollarse como los demás niños, y tragas saliva para no romperte frente a ellos, porque también eres su sostén. Duele poner objetivos sabiendo que no son de progreso, sino de resistencia.
Y aun así… vuelves, porque tu presencia importa. Porque aunque no reviertas la enfermedad, das voz, das estructura y das humanidad a un proceso que, sin apoyo terapéutico, sería mucho más duro. Porque a veces lo más terapéutico no es un ejercicio, sino sentarte, adaptar un sistema de comunicación, sostener una mano y decir: “Estoy aquí. No estás solo/a en esto.”
Necesitamos decir esto en voz alta: los terapeutas también necesitamos sostén, espacios para elaborar duelo, frustración, impotencia. Necesitamos sentir sin culpa.
Yo hoy necesitaba desahogarme, si has llegado hasta aquí, gracias por leerme,
Sandra.