Pilar Corbalán Psicología

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13/11/2025

María Montessori: 5 frases que calman a un niño agresivo

María Montessori, una renombrada educadora, médica y pedagoga italiana, revolucionó la educación infantil a principios del siglo XX, enfatizando la importancia de un ambiente preparado, el respeto por el niño y el aprendizaje autónomo.

Aunque Montessori no se centró específicamente en la agresión infantil en su obra, sus principios pedagógicos ofrecen valiosas lecciones sobre cómo abordar y calmar a un niño agresivo.

5 frases inspiradas en la filosofía Montessoriana
A continuación, se exploran cinco frases inspiradas en la filosofía montessoriana que pueden ser útiles para calmar a un niño agresivo, acompañadas de una explicación basada en sus principios:

1. “Entiendo que estás enojado, ¿quieres ayudarme a entender por qué?”

Explicación: Esta frase valida los sentimientos del niño y muestra una disposición a escucharlo, lo cual es fundamental en el enfoque montessoriano. María Montessori enfatizaba la importancia de observar al niño para comprender sus necesidades y emociones. Al invitar al niño a expresar la causa de su enojo, se le da voz a sus sentimientos y se fomenta la autoexploración y el autocontrol.

2. “Veo que esto te ha molestado mucho, vamos a encontrar una solución juntos.”

Explicación: Montessori promovía la independencia y la capacidad de resolver problemas. Esta frase no solo reconoce los sentimientos del niño, sino que también lo empodera al hacerlo partícipe activo en la búsqueda de una solución. Enseñar al niño a enfrentar y resolver conflictos de manera constructiva es una habilidad vital que se alinea con los principios montessorianos de educar niños autónomos y competentes.

3. “Tomémonos un momento para respirar juntos.”

Explicación: La calma y la concentración son pilares del método Montessori. Al invitar al niño a respirar juntos, se introduce una pausa necesaria para que ambos, adulto y niño, puedan calmarse y centrarse. Este momento de tranquilidad puede ayudar al niño a recuperar su equilibrio emocional, facilitando una comunicación más efectiva y una actitud más receptiva.

4. “¿Qué podemos hacer para que te sientas mejor?”

Explicación: Esta pregunta empodera al niño al darle el control para mejorar su situación, fomentando su independencia y autoestima, conceptos clave en la educación Montessori. Al considerar sus propias soluciones, el niño aprende a manejar sus emociones y a buscar activamente caminos hacia el bienestar.

5. “Estoy aquí contigo, no estás solo.”

Explicación: El apoyo y la seguridad emocional son fundamentales para que el niño se sienta comprendido y amado, incluso en momentos de dificultad. Esta frase refleja el principio montessoriano del respeto hacia el niño como un ser individual y valioso. Ofrecer presencia y seguridad puede ayudar significativamente a calmar al niño, recordándole que tiene a alguien a su lado para apoyarlo.

Si te ha cautivado la sabiduría de María Montessori, te invito a descubrir más sobre su revolucionaria vida y obra. Encontrarás una biografía detallada que te llevará por el viaje inspirador de esta pionera de la educación. No te pierdas la oportunidad de conocer más profundamente a la mujer que cambió la forma de enseñar y aprender. Haz clic aquí para explorar su historia. Biografía completa de María Montessori.

Conclusión
Las frases inspiradas en la filosofía de María Montessori no solo buscan calmar al niño en un momento de agresividad, sino que también apuntan a educarlo sobre cómo gestionar sus emociones y conflictos de manera saludable. Montessori creía firmemente en el potencial de cada niño para aprender y crecer a través del amor, el respeto y la guía adecuada.

Al aplicar estos principios, padres y educadores pueden ayudar a los niños a desarrollar la resiliencia y las habilidades sociales necesarias para navegar por sus emociones de manera constructiva.

13/11/2025
13/11/2025

La investigación muestra que cuando los niños piden ser llevados, aunque sus piernas puedan caminar, no es pereza. Es anhelo.

No son incapaces.
Están buscando cercanía.

Porque aquí está la verdad:
Un niño puede correr por el patio durante horas.
Pueden subir escaleras, perseguir amigos y saltar sin dudarlo. Pero de repente, con mamá o papá cerca, levantan los brazos y suplican, "Llévame. Y en ese momento, no son sus piernas las que están cansadas. Es su corazón el que necesita ser sostenido.

¿Por qué?
Porque la cercanía física es un combustible emocional.

🧠 La investigación de apego muestra que el tacto, la sostenimiento y la cercanía regulan el sistema nervioso de un niño, disminuyendo el cortisol y fortaleciendo su sentido de seguridad (Feldman, 2010). Ser llevado les dice, 'Estás a salvo. Tu perteneces. No tienes que hacer la vida solo.

¿Por qué importa esto?

Porque cuando no lo entendemos, creemos la mentira: son malcriados. Están manipulando. Ya deberían ser independientes.

Pero la ciencia está susurrando: la independencia nace de la dependencia segura primero.

Esto es lo que puede parecer el apoyo:
→ Ofreciendo llevarlos cuando se puede, sin avergonzarse.
→ Respondiendo a su necesidad de conexión a través de mimos, abrazos y presencia.
→ Recordando que "llévame" hoy se convierte en la voz interior de "Puedo llevarme a mí mismo" mañana.

La verdad es que los niños no piden que los lleven para siempre. Pero nunca olvidarán cómo se sintió al ser sostenido.

Así que tal vez la pregunta no es,
"¿Por qué no pueden simplemente caminar? ”
Tal vez sea,
"¿Qué pasa si sus brazos levantados realmente están diciendo, 'Abrázame cerca para que pueda seguir adelante? ’”

Porque el mundo no solo necesita niños que caminen fuertemente, requiere niños que conozcan la fuerza del amor que los llevó primero…

09/11/2025

“Cúrate, mijita… no del amor, sino del vacío que confundiste con amor.”
Hay algo que muchas mujeres cargan sin ponerle nombre: una especie de hambre emocional, un deseo profundo de ser elegidas, de ser vistas, de ser por fin “la importante” para alguien. Y cuando esa herida no se reconoce, lo que parece amor… es solo una forma de llenar lo que hace falta por dentro.
Es como si tu corazón tuviera frío desde niña, y buscaras una cobija en cualquier lugar, incluso si está sucia o rota. Pero cuando sanas, cuando te haces cargo de ese frío interno, ya no aceptas cualquier abrigo. Aprendes a tejer el tuyo, con tu amor, tu respeto, tu presencia.
Curarte no significa endurecerte. Significa dejar de entregarte a quien no sabe sostenerte. Significa ponerle fin a la espera eterna de que alguien de afuera venga a darte lo que tú misma puedes empezar a construir.
Y entonces, cuando llega el amor —porque llega, y llega bien cuando tú ya estás bien— ese amor no duele, no exige pruebas, no castiga tu independencia. Ese amor es elección, no necesidad. Es alegría, no ansiedad.

04/11/2025
02/11/2025
30/10/2025
28/10/2025

Simuló la locura para ser internada en un manicomio — y lo que descubrió allí fue tan aterrador que cambió para siempre la atención de las personas con enfermedades mentales.

Septiembre de 1887.
Con solo 23 años, Nellie Bly entró en una pensión de Nueva York con un plan peligroso: convencer a todos de que estaba loca.
Miraba fijamente las paredes. Hablaba por fragmentos. Se negaba a dormir. Fingía no recordar su nombre. En pocas horas, la dueña llamó a la policía. En un día, los médicos la examinaron —apenas— y la declararon “claramente demente”.

Menos de 48 horas después, Nellie Bly fue internada en el asilo para mujeres de Blackwell’s Island.

El proceso de internamiento era aterradoramente fácil. Ninguna evaluación profunda. Ninguna consulta familiar. Solo una mirada rápida de médicos que veían lo que esperaban ver: otra mujer pobre y extraña que debía ser encerrada.
Y eso era precisamente lo que Nellie quería demostrar.

Porque ella era periodista de investigación del The New York World y se había ofrecido para una misión que podía destruir su vida. Si algo salía mal —si el periódico no lograba liberarla o si los responsables descubrían su verdadera identidad— podía quedarse atrapada allí indefinidamente, sin manera de probar su cordura.

Pero Nellie creía que la historia valía el riesgo.

Lo que descubrió dentro hizo que ese riesgo pareciera insignificante frente al in****no que esas mujeres vivían cada día.

El asilo de Blackwell’s Island albergaba a más de 1.600 mujeres en condiciones que se parecían más al castigo que al cuidado.
Los “tratamientos” no eran médicos —eran punitivos.

Las mujeres eran sumergidas en baños helados y dejadas durante horas hasta que sus labios se volvían azules y sus cuerpos entumecidos. Oficialmente, era para “calmarlas”. En realidad, era hipotermia y terror.

La comida era incomible: carne podrida, pan tan duro que rompía los dientes, té que parecía agua sucia. Las comidas se servían en cuencos inmundos, y quienes se quejaban eran golpeadas o aisladas.

Las enfermeras no eran cuidadoras, sino guardianas brutales que golpeaban, se burlaban e ignoraban el sufrimiento de las pacientes. Las que gritaban eran encerradas solas. Las que suplicaban ayuda eran silenciadas.

Los médicos casi nunca aparecían. Y cuando lo hacían, no escuchaban. Las quejas eran calificadas de delirios. Las heridas, ignoradas. Muchas mujeres se deterioraban, no por enfermedad mental, sino por negligencia y violencia.

Pero lo más aterrador era que muchas de esas mujeres no estaban locas.
Algunas eran inmigrantes que no hablaban inglés, internadas porque no podían hacerse entender.
Otras eran mujeres pobres, abandonadas por sus familias.
Algunas tenían discapacidades, epilepsia o simplemente eran consideradas “difíciles”.
Su único error: volverse incómodas.

Y una vez dentro, era casi imposible salir.
Protestar por la propia cordura se tomaba como una prueba más de locura.
El sistema estaba diseñado para devorar a las mujeres y no dejarlas salir jamás.

Durante diez días, Nellie vivió esa pesadilla.
Observó cómo las mujeres se consumían.
Vio atrocidades que ningún ser humano debería soportar.
Grabó en su memoria cada detalle, cada nombre, cada acto de crueldad —porque sabía que debía contarlo todo.

Cuando The New York World finalmente logró liberarla, Nellie no olvidó.
Se sentó y lo escribió todo.

Su reportaje, titulado “Ten Days in a Mad-House” (Diez días en un manicomio), se publicó en octubre de 1887.
La reacción del público fue inmediata y explosiva.

¿Cómo podía existir algo así en el moderno y civilizado Nueva York?
¿Cómo podían tratar a las mujeres como animales?
¿Cómo podía un sistema ser tan defectuoso que encerrara a personas sanas y las torturara?

Se abrió una gran investigación judicial. Los inspectores visitaron Blackwell’s Island y confirmaron cada palabra de lo que Nellie había escrito. Las condiciones eran exactamente tan horribles como ella las describió.

Las consecuencias fueron rápidas y trascendentales: la ciudad de Nueva York asignó más de 1 millón de dólares (equivalente a unos 930.000 € actuales) para reformar la atención psiquiátrica —una suma colosal para la época.
El personal fue formado, los protocolos revisados y se establecieron nuevas protecciones legales para evitar internamientos abusivos.

Se salvaron vidas, porque una periodista de 23 años tuvo el valor de arriesgarlo todo por decir la verdad.

La investigación de Nellie Bly marcó un punto de inflexión histórico tanto para el periodismo como para la reforma de la salud mental.
Demostró que el periodismo de investigación podía revelar injusticias que nadie más habría expuesto.
Mostró que las sin voz —esas mujeres olvidadas, indefensas, sin derechos— podían ser escuchadas si alguien tenía el coraje de contar su historia.

Pero también reveló una verdad más oscura:
lo fácilmente que la sociedad se deshace de los más vulnerables;
la rapidez con que una mujer podía ser etiquetada de “loca” y desaparecer;
y cómo los sistemas destinados a proteger pueden convertirse en máquinas de crueldad, cuando nadie los observa.

El asilo de Blackwell’s Island ya no existe.
La isla fue rebautizada como Roosevelt Island, y los edificios fueron demolidos o transformados.

Pero el coraje de Nellie Bly aún resuena hoy.

Cada vez que un periodista se infiltra para denunciar abusos en residencias, prisiones o instituciones, sigue los pasos de Nellie Bly.
Cada vez que nace una reforma en la salud mental, se apoya en los cimientos que ella construyó.

Pudo haber escrito su artículo desde fuera, basándose en rumores o testimonios.
Pero eligió entrar en ese in****no, sabiendo que tal vez no saldría.
Sufrió los baños helados, la comida podrida, la crueldad —porque entendía que, para decir la verdad sobre el sufrimiento, a veces hay que vivirlo.

No fue solo buen periodismo.
Fue valor moral en su forma más pura.

Nellie Bly no denunció el sistema por gloria.
Lo hizo porque 1.600 mujeres sufrían en silencio y alguien debía devolverles la voz.

Caminó por la oscuridad para que el mundo finalmente viera lo que allí ocurría.
Y cuando salió, se aseguró de que nadie pudiera volver a mirar hacia otro lado.

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