20/03/2026
Los humanos no somos solo biología ni solo cultura: somos una mezcla constante de ambas. Vivimos en un entrelazado de cuerpo, entorno, ideas y costumbres.
Piensa en algo tan simple como el saludo. En España saludas con dos besos o un abrazo. En Estados Unidos, si haces eso según con quién, puede incomodar o parecer agresivo. Los hábitos culturales se viven en el cuerpo. Y también sucede al revés: lo que comes desde pequeño educa tu paladar y tu forma de percibir lo “normal”. Cuando pruebas algo nuevo, no es solo un sabor distinto: cambia cómo piensas sobre lo desconocido.
El cerebro humano nace radicalmente incompleto, con apenas un 40% de su tamaño adulto. Crece y se cablea en interacción constante con el mundo. Las experiencias culturales se integran en la piel, los músculos, las fibras nerviosas, las neuronas. Con el género, la raza o la edad sucede lo mismo. Tenemos ideas sobre cómo “debería” comportarse la gente, y esas ideas acaban influyendo en cómo usamos el cuerpo. Las normas de género sobre ejercicio físico afectan la masa muscular. Las expectativas de género pueden influir en cómo el cerebro responde a ciertos estímulos.
No puedes separar “sexo” de “género”, ni “cultura” de “biología”. Son creencias incorporadas: creencias que generan cuerpo.
Esto le contaba el antropólogo y primatólogo Agustín Fuentes a .g.diez en una reciente entrevista: un artículo-conversación en el que profundizan en qué significa creer, cómo esa capacidad nos ha convertido en la especie que somos y qué responsabilidad implica en un momento de transformaciones tecnológicas sin precedentes.
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