12/03/2026
Cuando un animal muere, el dolor no aparece únicamente por su ausencia. También emerge porque ese vínculo formaba parte de la historia que nos contábamos sobre quién éramos. Nuestros animales no sólo nos acompañan: participan en la forma en que habitamos el mundo. Están en nuestras rutinas, en nuestros gestos cotidianos, en la manera en que miramos, cuidamos, jugamos o descansamos. Por eso, cuando se van, no sólo se rompe una relación. También se desordena una parte de nuestra identidad.
El duelo entonces deja de ser únicamente tristeza y se convierte en algo más complejo. Aparece el desconcierto. La sensación de que algunas certezas que nos sostenían ya no están donde estaban. De pronto descubrimos que hay partes de nuestra historia que se han cerrado con ese vínculo, versiones de nosotras que ya no pueden existir exactamente del mismo modo, pequeñas formas de alegría, de ternura o de ligereza que estaban profundamente entrelazadas con esa relación.
Y sin embargo, el duelo no sólo habla de lo que termina. También abre un proceso de reorganización interior. Mientras algunas partes de nosotras se despiden, otras comienzan a moverse lentamente. A veces de forma casi imperceptible. Nuevas preguntas aparecen. Nuevas formas de estar en el mundo empiezan a buscar su lugar. El amor que compartimos con nuestros animales no desaparece: se transforma, y con él también lo hace nuestra propia historia.
Desde esa mirada nace el taller “¿Quién soy sin tus huellas?”. Un espacio para explorar juntas qué partes de ti murieron cuando tu compañero animal se fue, qué partes están todavía en camino y qué nuevas formas de identidad pueden empezar a emerger tras un vínculo que aún sin un cuerpo presente, sigue guiando tu camino.
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