09/02/2026
Mi abuela María pidió que esparciéramos sus cenizas en un almendro mu**to. Bajo la inexistente copa de un árbol seco, en mitad de la nada, en mitad del desierto. Allí conoció a mi abuelo, al amor de su vida. Allí quiso descansar y allí la dejamos. Bajo ese almendro inerte.
A ella nunca le importó. Con el tiempo empiezo a pensar que ella intuía que no existe una frontera real entre la vida y la muerte. Por lo que para ella, ese almendro siempre estuvo vivo.
Años después, mi tía Avelina pidió que parte de sus cenizas descansaran allí también, junto a su madre. Durante mucho tiempo ese lugar me pareció árido, incierto, incluso tétrico. Solo veía muerte. Un tronco cada vez más hueco. Más oscuro. Silencio. Tierra seca. Con suerte, algún escarabajo o una liebre asomando tímidamente.
Este verano volví al almendro, como cada verano. Y para mi sorpresa ya no lo sentí como un espacio vacío. Pude reconciliarme con ese árbol mu**to. Entendí, o más bien sentí en mi corazón, las lecciones que ellas dejaron allí: Puedes verlo todo lleno de muerte e ignorar toda la vida que sigue abriéndose paso dentro y fuera de ti. O todo lleno de vida e ignorar todo lo que necesita morir. O puedes atreverte a mirar con más honestidad y comprender que lo vivo también está muriendo, y que lo mu**to sigue lleno de vida. Que no son opuestos. Que se entrelazan.
No sé si por eso los almendros son tan especiales para mí. En ellos las veo a ellas. Y ahora también a Dana. No sé si es casualidad que cuando compré mi casa en ruinas, lo único vivo fuera un gran almendro. Un almendro al que ahora estamos acompañando a morir, justo cuando la casa que estaba mu**ta, ahora está más llena de vida que nunca.
No sé.
Tal vez morir sea solo otra forma de quedarse. Pero una forma distinta, que debemos aprender a habitar. Tal vez mi abuela María lo supo siempre, cuando eligió un almendro mu**to en mitad del desierto para volver a la tierra. Al fin y al cabo, ella siempre fue una mujer que pensaba y sentía fuera de la norma. Y quizá por eso supo ver que la vida no se acaba, tan solo cambia de forma.