20/02/2026
hoy a una persona se ha convertido en una de las tareas más complejas y menos reconocidas de nuestra sociedad..
Es un trabajo sanitario, emocional y social a la vez, y sin embargo, seguimos pidiendo que miles de lo asuman casi a ciegas, como si cuidar fuera solo “hacer compañía” o “echar una mano en casa”.
Quien atiende a una persona con , , , ... no acompaña: gestiona riesgos clínicos, convive con caídas, descompensaciones, atragantamientos, delirios nocturnos, decisiones sobre medicación, alimentación, lesiones o final de vida.
La cronicidad compleja circula entre hospital y domicilio, pero el conocimiento especializado no siempre viaja con ella. Hemos trasladado a las casas responsabilidades sanitarias pero sin transferir, al mismo ritmo, la formación ni los apoyos necesarios para quienes cuidan.
El resultado es una delegación silenciosa de decisiones delicadas en personas que aprenden por ensayo y error sobre cuerpos frágiles y biografías reales, y ese aprendizaje tiene un coste humano elevado.
España se sostiene sobre los hombros de cuidadoras invisibles, en su mayoría mujeres, muchas de ellas que cuidan mientras sufren su propio desarraigo: dejan hijos, parejas y países para sostener a otras familias, en otros hogares, bajo jornadas interminables y contratos muchas veces inexistentes.
No cuidan por elección vocacional, sino por necesidad económica, por falta de alternativas, por supervivencia.
Sobre su duelo migratorio se superpone el duelo de acompañar el deterioro ajeno. Lo hacen con miedo a fallar, a perder el empleo, y con la carga emocional de saber que de su tarea depende la vida de alguien más.
La sociedad ha normalizado que el de funcione gracias a esa mezcla frágil de vocación, sacrificio y precariedad, pero ningún sistema público debería sostenerse sobre la vulnerabilidad de quienes cuidan.
Cuidar a estas cuidadoras exige más que buena voluntad: formación estructurada en fragilidad, demencia y final de vida, apoyos profesionales accesibles, descanso real, reconocimiento laboral y protección frente al abuso...
Sin eso, el sistema se mantiene a costa de su salud física y mental, y esa factura acaba volviendo al propio sistema sanitario.
Hay todavía un silencio mayor: el del después..
Cuando la persona a la que se cuida muere, ellas pierden más que un empleo. Pierden el vínculo, la rutina, la identidad levantada durante años. Aparece un duelo extraño, mezcla de alivio, culpa, vacío e incertidumbre, que rara vez encuentra espacio en los protocolos oficiales.
Cualquier política seria de dependencia debe mirar también ahí: reconocer que detrás de cada cuerpo frágil hay otra biografía sosteniéndolo, y que cuidar no puede seguir siendo un acto solitario e invisible.
Por ello, me pregunto si aún podemos llamar “sistema de cuidados” a un modelo que cuida tan poco de quienes cuidan.