Instituto Poiesis

Instituto Poiesis Aporta un enfoque innovador e integral que une artes, ciencias y somática.

El Instituto Poiesis nace del recorrido y trayectoria profesional de Sección clínica de Artes Aplicadas a la Salud y Rehabilitación Social (SCARS 2008-2019), y actualmente se conforma como un centro de investigación, formación y experiencia, con reconocimiento por parte de la comunidad internacional. El instituto Poiesis ofrece programas de formación y capacitación en torno a los siguientes ejes troncales: Trauma y Embodiment; Cuerpo, Arte y Salud -investigación somática y artística; y, Artes basadas en la Naturaleza, con una orientación expresiva-somática y arteterapéutica. Apuesta por una pedagogía activa y clínica, una metodología arteterapéutica transdisciplinaria e integrada con aplicación a diferentes contextos de actuación: socioeducativa, preventiva, comunitaria, salud y desarrollo humano. Pone el valor en la experiencia personal y (inter)humana al servicio del impulso creador y del cambio social.

Vivimos en una época que nombra con rapidez. Diagnostica, clasifica, etiqueta. En ese movimiento que a veces pretende al...
11/03/2026

Vivimos en una época que nombra con rapidez. Diagnostica, clasifica, etiqueta. En ese movimiento que a veces pretende aliviar también puede suceder algo más silencioso: que experiencias profundamente humanas sean traducidas demasiado pronto en categorías clínicas.

Pero no todo sufrimiento es enfermedad.

A veces, el malestar es la forma en que la vida psíquica se resiste a adaptarse a lo intolerable. Lo que aparece como “inestabilidad” puede ser la expresión de un organismo que no logra acomodarse a un entorno desorganizado. Lo que se nombra como “problema” puede ser, en realidad, el primer gesto de un límite. Y lo que se interpreta como “debilidad” puede ser una forma incipiente de conciencia.

En la clínica aprendemos que el sufrimiento rara vez es puramente individual. Con frecuencia es una inscripción relacional, una huella que se forma en el entramado de vínculos, silencios y tensiones que atraviesan la vida psíquica. En esta línea, Jessica Benjamin ha mostrado cómo muchas formas de malestar hablan también de dificultades en el reconocimiento mutuo.

Del mismo modo, Donald Winnicott recordaba que ciertas perturbaciones pueden ser también intentos del self por preservar algo vivo de sí mismo cuando el ambiente no logra ofrecer suficiente sostén. El síntoma no siempre señala déficit: a veces es también un gesto de supervivencia psíquica.

Y muchas veces el malestar aparece primero en el cuerpo: en la ansiedad que no encuentra palabras, en la fatiga que insiste, en la tensión que no se explica del todo. El cuerpo suele ser el primer lugar donde una verdad intenta hacerse oír.

Por eso, entre el dolor y el diagnóstico, se abre una pregunta clínica y ética:¿estamos ante una patología del individuo, o ante la sensibilidad de alguien que percibe con claridad un ambiente que no está bien?

A veces el trabajo terapéutico comienza justamente ahí: despejando el síntoma de los rótulos apresurados para escuchar qué historia intenta contar.

Porque, en ocasiones, el sufrimiento no es el signo de una mente enferma, sino la señal de una sensibilidad que todavía no ha aceptado callarse.

Como padre y también como terapeuta observo algo que se repite cuando mi hijo de 2 años garabatea; la insistencia en cer...
10/03/2026

Como padre y también como terapeuta observo algo que se repite cuando mi hijo de 2 años garabatea; la insistencia en cerrar los círculos. Una y otra vez la línea vuelve sobre sí misma, como un río que regresa a su cauce, como un abrazo que se cierra sobre sí mismo.

¿Por qué lo hace? ¿Qué busca al rodear su propio trazo hasta completarlo?

En el desarrollo del dibujo infantil, este gesto tiene un valor particular. La investigación de Rhoda Kellogg mostró que el círculo es una de las primeras estructuras organizadas que emergen en el garabato temprano. No se trata todavía de representar algo, sino de un descubrimiento más elemental; el movimiento puede organizar el espacio, palpitar bajo la mano y cobrar vida propia.

En la transición hacia el garabato controlado, descrita por Viktor Lowenfeld, el niño empieza a experimentar que la línea puede regresar a sí misma y producir una forma que se sostiene, como un pequeño planeta rodeado por su órbita.

Desde la perspectiva clínica, este gesto puede leerse también como una microexperiencia de contención; un dentro y un fuera, un límite que organiza la percepción y la acción.

Recordando a Donald Winnicott, estas pequeñas estructuras gráficas participan en la manera en que el niño empieza a organizar su experiencia corporal y emocional en el espacio, dibujando su primera “habitación” para sentir y explorar. Todavía no es símbolo. Pero ya es forma.

Observar a un niño cerrar un círculo es más que mirar un garabato; es asistir a la primera vez que un pequeño gesto encierra un mundo, que la línea aprende a contener un cielo en miniatura, que la respiración del trazo se convierte en un territorio propio.

Y queda la pregunta que nos invita a acompañar; ¿cómo sostener el espacio para que un niño siga descubriendo mundos dentro de un trazo, sin apresurarlo hacia la representación, sin interferir en su exploración?

Hay momentos en los que el mundo deja de fingir que es un lugar seguro.Las noticias nos lo recuerdan todos los días: gue...
09/03/2026

Hay momentos en los que el mundo deja de fingir que es un lugar seguro.

Las noticias nos lo recuerdan todos los días: guerras que se expanden, alianzas que se rompen, amenazas que se multiplican. Lo vemos en lo que sucede entre Estados Unidos y el resto del tablero global; en la devastación persistente de Ucrania; en las tensiones que atraviesan Irán y Israel; en la violencia silenciada que atraviesa desde hace décadas a República Democrática del Congo.

El mundo no es ni nunca fueun espacio completamente seguro para lo humano.

Debajo de los discursos diplomáticos circulan rutas comerciales, intereses estratégicos, petróleo, minerales, mercados. Hombres poderosos moviendo piezas sobre mapas que no pisan. Señores del mundo jugando partidas geopolíticas mientras la vida cotidiana de millones se rompe: familias que quedan huérfanas, cuerpos que desaparecen, pueblos enteros atravesados por el hambre, la guerra y la sangre.

Y, sin embargo, en medio de este paisaje duro aparece algo inesperado: la alegría.

No como ingenuidad.No como negación.

La alegría, la artes y también la poesía son formas de resistencia.

Reír, cantar, escribir, cuidar, amar, sostener la ternura en un tiempo atravesado por la lógica bélica no es un gesto menor. Es, en cierto modo, una desobediencia. Una manera de afirmar que la vida humana no puede reducirse únicamente a estrategias militares, mercados energéticos o disputas territoriales.

Tal vez hoy la poesía no sea un lujo.Tal vez sea una forma de mantener abierta la posibilidad de lo humano.

Porque mientras algunos juegan con el mundo como si fuera un tablero, millones de vidas siguen intentando, a pesar de todo, defender algo simple y radical: la posibilidad de vivir.

Hay una experiencia sutil y profundamente inquietante en la vida psíquica: la sensación de que, mientras vivimos, algo e...
08/03/2026

Hay una experiencia sutil y profundamente inquietante en la vida psíquica: la sensación de que, mientras vivimos, algo en nosotros observa lo vivido. Hablamos y, al mismo tiempo, nos escuchamos; actuamos y aparece una voz que comenta o evalúa lo que hacemos. Como si en la arquitectura íntima del sujeto existiera una pequeña grieta desde la cual podemos mirarnos a nosotros mismos.

Viviane Mosé nombra esta experiencia como una “grade de conciencia”, una suerte de rejilla que introduce distancia dentro de nuestra propia experiencia. Desde el psicoanálisis, esta distancia no es una anomalía, sino una condición estructural de la subjetividad. Sigmund Freud ya advertía que el yo no es señor en su propia casa, señalando que la conciencia convive con fuerzas, deseos y mandatos que la exceden. Más tarde, Jacques Lacan sitúa esta división en el corazón mismo del lenguaje: el sujeto habla, pero nunca coincide completamente con lo que dice.

Así, el sujeto no es una unidad compacta ni transparente, sino una trama de voces que se entrecruzan. La conciencia funciona entonces como una superficie donde estas posiciones dialogan, se contradicen y se transforman. El conflicto que emerge de esta división no es un error del psiquismo, sino parte de su vitalidad.

Tal vez la tarea subjetiva no consista en cerrar esa grieta, sino en aprender a habitarla. Porque es precisamente en ese pequeño intervalo entre la voz que vive y la voz que observa donde se abre la posibilidad de pensar, de comprender y, eventualmente, de transformarse.

Vivir como un ritual incesante de devoración de la propia vida. No pasar por el mundo: incorporarlo. Dejar que el viento...
03/03/2026

Vivir como un ritual incesante de devoración de la propia vida. No pasar por el mundo: incorporarlo. Dejar que el viento fuerte nos eleve como papagaio en cielo abierto. Que el tiempo no sea calendario ni cronología, sino alicerce vivo de la mudanza, caballo ardiente de la memoria, siempre dinámico, plural, vasto.

Recibir. Abocanhar. Deglutir. Digerir. Expeler. Recrear.
Esa es la ética. Esa es la danza. Porque devorar la vida no es destruirla. Es asumir la responsabilidad de transformarla. No se trata de exceso sin dirección, sino de una ética del cuerpo que sabe que toda incorporación implica cuidado, riesgo, consecuencias. Antropofagia cotidiana: no consumir la experiencia, sino metabolizarla hasta que se vuelva carne propia. No repetir lo heredado, sino atravesarlo. Hacer del pasado no un museo, sino un brasero encendido.

Hay presencias que no producen obra: producen intensidad. Cuerpos que no se contemplan, se atraviesan. Fuerzas que no enseñan por doctrina, sino por contagio vital. Energía en fuente continua, arrastrando, convocando, incendiando lo que toca. Como si al aproximarnos a esa llama algo en nosotros despertara. Como si del absurdo del encuentro brotara, inesperadamente, nuestra mejor versión: encendida, lúcida, viva.

Pero esa potencia no nace de la invulnerabilidad. Nace de dejarse afectar. Sólo quien se deja atravesar puede crear. Y dejarse atravesar implica riesgo, implica herida, implica no saber del todo quién se será después. La fuerza no está en el control, sino en la disponibilidad a ser transformado.

Vivir así exige coraje. Exige renunciar a la anestesia, a la protección excesiva, a la vida en sordina. Exige aceptar que la creación no es cómoda, que la intensidad desordena, que la alegría también puede ser peligrosa. Pero ofrece algo raro y precioso: la experiencia de estar plenamente encarnados. De sentir que lo que somos no es una identidad fija, sino un proceso en combustión.

Beber de la fuente no es admirar a distancia. Es aceptar el riesgo de transformarse. Dejar que la vida nos devore un poco, para no ser devorados por ella.

Experimentar no es un juego inocente: exige prudencia y atención. Vivimos en un mundo que parece diseñado para debilitar...
28/02/2026

Experimentar no es un juego inocente: exige prudencia y atención. Vivimos en un mundo que parece diseñado para debilitarnos. No sólo las personas, sino los poderes establecidos buscan comunicarnos afectos que nos disminuyen, que nos hacen lentos, cautelosos, resignados. La tristeza que paraliza, el miedo que nos encierra, la melancolía que nos hace dóciles son herramientas invisibles para convertirnos en esclavos de rutinas y expectativas que nunca elegimos.

Y, sin embargo, la vida reclama que experimentemos. Que toquemos, que creemos, que nos arriesguemos en lo desconocido. Que abramos los sentidos, que dejemos que la curiosidad nos atraviese, que la alegría se multiplique en nosotros. Pero experimentar no es lanzarse al vacío sin red: es construir condiciones para que el afecto afirmativo crezca, que nuestra potencia de obrar se expanda, que cuerpos y mentes se fortalezcan frente a la hostilidad del mundo.

Cada risa compartida, cada gesto de complicidad, cada instante de fascinación son actos de resistencia. Cada afecto que nos potencia es un golpe a los mecanismos que buscan nuestra pasividad. Huir de la tristeza que paraliza, organizar encuentros que generan vida, permitirse afectarse de alegría: ser libres no es un estado, sino una práctica diaria, un arte que exige cuidado, estrategia y valentía.

Mira tus afectos: ¿cuáles te limitan? ¿cuáles te expanden? ¿Qué espacios puedes crear para multiplicar los afectos que te afirman y te devuelven la fuerza de estar vivo? La libertad exige prudencia, sí, pero también imaginación. Exige que seas artesano de tus afectos, que experimentes con conciencia, que te atrevas a multiplicar la alegría, el asombro, la intensidad de vivir. Multiplicar los afectos afirmativos es un acto de rebeldía y de creación.

Ser libres no es fácil. Pero la alternativa permanecer dominados por afectos que nos disminuyen es demasiado cara. Experimenta, pero con fuerza y cuidado. Aumenta tu capacidad de actuar, deja que la alegría te atraviese y transforma cada afecto afirmativo en un golpe silencioso contra todo lo que busca tu sometimiento. La libertad no es un regalo; es un acto poético, político y profundo.

En ciertos espacios de aprendizaje, la autoridad puede transformarse en fuerza que aplasta en lugar de sostener. El alum...
17/02/2026

En ciertos espacios de aprendizaje, la autoridad puede transformarse en fuerza que aplasta en lugar de sostener. El alumno entrega su historia, sus emociones, su cuerpo; confía en que ese espacio será seguro. Pero en tiempos de ego, cuando la autoridad se ejerce desde el narcisismo del formador o la formadora, cada palabra y cada gesto se vuelven instrumentos de control, y la vulnerabilidad se convierte en materia prima para la afirmación propia.

El impacto no es solo emocional: el cuerpo se tensa, la respiración se corta, la voz se apaga. La mente busca refugio que no encuentra. El alumno queda atrapado en la confusión y el colapso, sintiéndose vigilado, observado, encerrado en un espacio que deshumaniza. Las normas rígidas, la presión constante y la expectativa de rendir transforman el aprendizaje en un laberinto de miedo y auto-duda. La enseñanza pierde humanidad; la vulnerabilidad se vuelve un territorio de juicio, y la autoridad deja marcas invisibles que perduran mucho después de que la sesión termina.

El abuso de poder no siempre se ve, pero se siente: desconfianza hacia la enseñanza, duda sobre el propio juicio, desolación silenciosa de un aprendizaje bloqueado. Cada gesto de autoridad narcisista activa heridas previas y retraumatiza, dejando al alumno expuesto y sin sostén.

Frente a esto, la ética relacional ofrece otra manera de ejercer la autoridad: consciente, regulada, atenta. Un poder que acompaña sin aplastar, que escucha, observa y protege. La vulnerabilidad entregada se transforma en oportunidad de descubrimiento y aprendizaje; el encierro se convierte en espacio seguro, donde el alumno puede moverse, explorar y crecer. El miedo se convierte en reflexión, la confusión en comprensión, la tensión corporal en presencia consciente.

Sostener al otro en su vulnerabilidad es la verdadera maestría. Elegir aplastar es dejar cicatrices invisibles. El poder que hiere existe, pero también puede transformarse cuando se ejerce con ética, humanidad y responsabilidad afectiva, respetando la confianza que se deposita en él y honrando la entrega de quien aprende, incluso en tiempos de ego.

17/02/2026
En los espacios de formación terapéutica, los alumnos entregan algo profundamente delicado: su vulnerabilidad, su histor...
17/02/2026

En los espacios de formación terapéutica, los alumnos entregan algo profundamente delicado: su vulnerabilidad, su historia, su cuerpo, sus emociones. Esa entrega es un acto de confianza que abre un terreno frágil, un campo de aprendizaje que exige de quienes acompañan una conciencia ética y una responsabilidad insoslayable.

No toda confrontación honra ese espacio. Muchas veces, la confrontación surge desde el poder, desde la necesidad de afirmarse, de demostrar autoridad. La vulnerabilidad del alumno se convierte entonces en materia prima para la violencia simbólica, y lo que podría ser un estímulo de crecimiento se transforma en humillación, miedo o vergüenza. Se activa así un mecanismo de re-traumatización: viejas heridas se abren y el alumno queda desprotegido, expuesto a un juicio que no escucha, que no sostiene, que no respeta. La asimetría de poder deja de ser un recurso pedagógico y se convierte en abuso silencioso, en una herida que permanece aunque el acto haya terminado.

Frente a esta violencia simbólica, el concepto de desafío clínico propone un camino diferente. El desafío clínico puede ser intenso, puede exigir reflexión o confrontar resistencias, pero siempre se entrega desde la responsabilidad afectiva, la conciencia del poder y el cuidado del otro. Reconoce la vulnerabilidad, acompaña el riesgo emocional, regula la intensidad del feedback y protege la integridad de quien se expone. Es exigente sin ser destructivo, profundo sin ser violento, y permite que el aprendizaje ocurra sin sacrificar la confianza ni dejar cicatrices invisibles.

La diferencia no reside en la fuerza del acto, sino en desde dónde se habla y cómo se sostiene la relación. Mientras la confrontación muchas veces se vincula con abuso de poder y violencia simbólica, el desafío clínico se mantiene ético, humano y profundo. La formación terapéutica no puede permitirse usar la vulnerabilidad como instrumento de autoridad; debe ser un espacio donde la entrega se respeta, la confianza se honra y el aprendizaje florece sin dejar heridas invisibles.

Amar no es aferrarse. Amar es sostener con presencia consciente, acompañar sin invadir, cuidar sin poseer. El desapego n...
15/02/2026

Amar no es aferrarse. Amar es sostener con presencia consciente, acompañar sin invadir, cuidar sin poseer. El desapego no es indiferencia: es responsabilidad afectiva. Reconoce la autonomía del otro y la propia, y habilita un espacio donde la intimidad no se impone, sino que se construye en la libertad compartida.

Podemos imaginar el amor como un pájaro en la mano: si lo aprietas demasiado, deja de cantar; si lo sostienes con suavidad, puede desplegar sus alas y, aún así, regresar a ti. O como un jardín: no arrancamos flores ni forzamos ramas, sino que regamos con atención, escuchamos el viento y damos espacio para que cada planta alcance su luz.

Desde una perspectiva relacional, el desapego consciente es un acto de equilibrio entre cercanía y autonomía. Implica sostener la tensión entre deseo y respeto, entre la necesidad de seguridad y la apertura al misterio del otro. Es un ejercicio de presencia y de contención, donde soltar no significa ausencia, sino cuidado profundo. En esta praxis, la posesión se transforma en presencia, la necesidad en libertad, el miedo en ternura.

El desapego es, entonces, la fuerza creadora del amor: permite que los vínculos se regeneren, que cada encuentro sea nuevo, que la relación se despliegue como un río que se renueva sin forzar su cauce. Amar con desapego consciente es un acto creativo: ofrece espacio para que el amor respire, crezca y se transforme sin encadenar ni consumir.

Y, como toda reflexión sobre el amor, esta es solo una lectura entre muchas posibles. Cada relación, cada corazón, cada camino encuentra sus propias maneras de sostener, soltar y crear. Reconocer la multiplicidad de lecturas es parte de honrar la complejidad de la experiencia afectiva humana.

Por todos los amores que la historia quiso callar, por los cuerpos que no pudieron elegir, por los deseos que se escondi...
14/02/2026

Por todos los amores que la historia quiso callar, por los cuerpos que no pudieron elegir, por los deseos que se escondieron en sombras y silencios; por los afectos regulados por normas invisibles que dictan qué cuerpos pueden amar, qué pasiones son legítimas y cuáles deben permanecer ocultas; por los amores que la ley, la moral y la sociedad intentaron someter, por los besos robados, los abrazos negados, las caricias vigiladas.

Por los amores de las personas mayores, cuyas pasiones se arrugan con la edad pero nunca mueren; por los cuerpos diversos, los géneros disidentes, las sexualidades que incomodan y los vínculos que desafían la norma; por quienes la historia persiguió: racializados, colonizados, criminalizados.

El amor no puede ser dictado ni prohibido. No es espectáculo, ni calendario, ni escaparate. El amor es un río que fluye donde quiere, un fuego que no se apaga ante la lluvia del mandato. El amor es elección, libertad y dignidad. Amar libremente no es capricho; es un acto ético y político, y también un acto espiritual: abrirse al misterio del otro, sentir el latido compartido de los cuerpos, reconocer la sacralidad del deseo y la fragilidad de la vida.

Celebramos la multiplicidad, la diversidad, la audacia de los afectos que resisten lo normado. Honramos a quienes amaron en secreto, a quienes resistieron, a quienes sostuvieron vínculos invisibles como hojas que se doblan sin romperse. Este manifiesto es para todos los amores invisibles, prohibidos, negados; para los cuerpos y deseos que se atrevieron a existir a pesar del mandato. El amor prohibido es resistencia, el amor no normado es memoria, el amor libre es justicia, y el amor espiritual es trascendencia: un canto que atraviesa la historia y el miedo.

Amar es valentía, amar es humanidad, amar es revolución. Amar es reconocer lo sagrado en la libertad de sentir, es tocar la eternidad en un instante, es desafiar los mandatos del mundo y sostener lo que importa.

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