Instituto Poiesis

Instituto Poiesis Aporta un enfoque innovador e integral que une artes, ciencias y somática.

El Instituto Poiesis nace del recorrido y trayectoria profesional de Sección clínica de Artes Aplicadas a la Salud y Rehabilitación Social (SCARS 2008-2019), y actualmente se conforma como un centro de investigación, formación y experiencia, con reconocimiento por parte de la comunidad internacional. El instituto Poiesis ofrece programas de formación y capacitación en torno a los siguientes ejes

troncales: Trauma y Embodiment; Cuerpo, Arte y Salud -investigación somática y artística; y, Artes basadas en la Naturaleza, con una orientación expresiva-somática y arteterapéutica. Apuesta por una pedagogía activa y clínica, una metodología arteterapéutica transdisciplinaria e integrada con aplicación a diferentes contextos de actuación: socioeducativa, preventiva, comunitaria, salud y desarrollo humano. Pone el valor en la experiencia personal y (inter)humana al servicio del impulso creador y del cambio social.

El 25 de abril de 1974 amanece todavía hoy como si no hubiese terminado de ocurrir.Como si la historia hubiese dejado un...
25/04/2026

El 25 de abril de 1974 amanece todavía hoy como si no hubiese terminado de ocurrir.

Como si la historia hubiese dejado una grieta abierta por donde sigue entrando una luz que no se deja clausurar del todo. La Revolución de los Claveles no fue únicamente el fin de una dictadura prolongada; fue la irrupción de un tiempo desobediente, donde lo imposible se volvió gesto colectivo y los fusiles aprendieron, por un instante, la gramática frágil de las flores.

Desde entonces, la palabra libertad habita Portugal como promesa y como pregunta.

La transición democrática instituyó derechos, amplió la ciudadanía, organizó la igualdad ante la ley. Pero entre la ley y la vida persiste una distancia que no ha dejado de insistir. No todos los cuerpos atraviesan esa distancia del mismo modo, ni todos los nombres encuentran la misma hospitalidad en lo común.

La libertad formal no agota la libertad material. Y en esa diferencia se abren las grietas.

Grietas donde el pasado colonial no ha terminado de cerrarse. La Guerra Colonial dejó una huella que sigue activa en el presente: en las formas de racialización, en las jerarquías de pertenencia, en las vidas migrantes y afrodescendientes que habitan una ciudadanía aún incompleta. El imperio no desaparece: se desplaza.

Grietas también en la memoria, cuando el 25 de abril se vuelve relato armónico y se atenúan sus tensiones, dejando fuera aquello que no encaja en la imagen cohesionada de la democracia.

Y grietas más íntimas: la distancia entre derechos proclamados y condiciones reales de existencia, entre la promesa y la experiencia cotidiana de la desigualdad.

Tal vez las grietas no sean solo fallas, sino formas de memoria encarnada. Lo que el cuerpo recuerda cuando la historia no alcanza a nombrar del todo.

Por eso el 25 de abril no se cierra.

Permanece como una apertura que insiste, una democracia en proceso, siempre por ampliar.

Porque las grietas de abril no están solo en la historia: están en cómo aún aprendemos o no a sostener todos los cuerpos dentro de su promesa.

La llamada “nueva paternidad” no siempre transforma el poder: a veces solo lo reorganiza.Muchos hombres participan hoy a...
21/04/2026

La llamada “nueva paternidad” no siempre transforma el poder: a veces solo lo reorganiza.

Muchos hombres participan hoy activamente en la crianza, con intención y presencia. Sin embargo, esa implicación no necesariamente modifica las formas de relación que la sostienen. La socialización masculina ha privilegiado durante décadas la eficacia, el control y la resolución, y esas huellas no desaparecen con la conciencia.

El cuidado puede entonces volverse una forma de gestión: organizar, anticipar, resolver. El vínculo corre el riesgo de desplazarse del reconocimiento del otro a su administración funcional.

El reconocimiento implica sostener al otro como sujeto, no como extensión de la propia voluntad. Cuando el cuidado se organiza desde la lógica de la gestión, el vínculo pierde esa dimensión y se estructura alrededor del control, incluso cuando es sutil o bien intencionado.

Esto no es individual ni moral, sino estructural. Incluso en contextos de crianza críticos o “deconstruidos” o respectuosos pueden reaparecer jerarquías implícitas: liderazgo, centralidad organizadora, o reconocimiento diferencial del padre implicado.

La transformación no elimina la norma, sino que la repite desplazándola. Lo nuevo convive con restos de lo anterior. La cuestión, entonces, no es solo la presencia del padre, sino desde dónde cuida: desde la eficacia o desde la escucha, desde el control o desde la co-regulación, desde la intervención o desde la capacidad de sostener la incertidumbre.

Sabemos que ciertas formas de subjetivación endurecen la sensibilidad, asociándola al riesgo, lo que dificulta habitar la vulnerabilidad como parte del vínculo.

La paternidad contemporánea no se juega solo en participar más, sino en transformar la relación con la vulnerabilidad.

Entre la deconstrucción y la repetición se decide si el cuidado transforma el poder o si solo lo vuelve más sutil.

La ternura no siempre es reposo. En muchas subjetividades masculinizadas aparece como una experiencia ambivalente: se de...
21/04/2026

La ternura no siempre es reposo. En muchas subjetividades masculinizadas aparece como una experiencia ambivalente: se desea, pero no siempre se sostiene.

No es una dificultad individual, sino una forma de inscripción corporal de la historia afectiva. Cuando el cuidado temprano fue inestable o exigente, el cuerpo aprende a aproximarse al vínculo regulando su intensidad: acercarse, pero no demasiado; sentir, pero sin exponerse del todo.

Por eso, ciertos gestos de intimidad a dependencia de un hijo, un abrazo prolongado, una mirada que no se pueden no generar solo calma, sino también una microactivación: tensión, movimiento, necesidad de hacer.

Está reacción puede pensarse como la activación de defensas frente a experiencias de dependencia no suficientemente sostenidas en el origen.

No son fallas, sino formas aprendidas de protegerse de lo que alguna vez desbordó.

En este punto, entiendo que el reconocimiento del otro implica sostener la diferencia sin dominio ni retirada. La ternura, entonces, no es fusión: es la posibilidad de permanecer en el vínculo sin controlar su intensidad.

Y sin embargo, como advierte Fernando Ulloa, hay subjetividades donde la sensibilidad quedó históricamente asociada al riesgo, haciendo de la ternura algo que no solo se desea, sino que también desorganiza.

Quizás no se trate de aprender a ser más sensibles, sino de poder quedarse un poco más en lo que sentimos sin convertirlo de inmediato en acción o defensa.

En el campo de las lecturas del cielo y de las estrellas, hay profesionales que acompañan procesos de búsqueda, crisis o...
15/04/2026

En el campo de las lecturas del cielo y de las estrellas, hay profesionales que acompañan procesos de búsqueda, crisis o desorientación. Para muchas personas pueden ser espacios que ofrecen sentido, alivio o reorganización psíquica en momentos de fragilidad.

Pero también es importante abrir preguntas éticas cuando la interpretación se formula como certeza cerrada.

¿Qué ocurre cuando una vida en proceso es nombrada como algo ya fijado?

A veces una persona en un momento de vulnerabilidad escucha afirmaciones sobre su futuro enunciadas con tal seguridad que dejan poco espacio para la duda o para su propia palabra. No es solo lo que se dice, sino desde dónde se dice: una posición de saber que interpreta la vida del otro como si ya estuviera determinada.

En esos casos, la experiencia puede dejar de sentirse propia y empezar a organizarse alrededor de lo dicho desde fuera. Esto puede producir efectos psíquicos sutiles pero relevantes: confusión entre lo vivido y lo interpretado, debilitamiento de la confianza en la propia percepción y dificultad para sostener decisiones desde el propio criterio.

“Lo que noto”, podría decir alguien, “es que dejo de estar en lo que vivo y paso a estar en lo que me han dicho que es mi vida”.

¿Qué ocurre cuando el relato del otro ocupa el lugar de la propia experiencia?

Con el tiempo, este tipo de enunciados puede seguir actuando como una voz interna que interfiere en la relación con el deseo, la elección y la apertura del futuro. En algunos casos, puede contribuir a una sensación de reducción de la agencia personal o de inseguridad en la propia lectura de la realidad.

¿Dónde queda la agencia cuando el sentido aparece ya cerrado?
¿Qué ocurre con la salud psíquica cuando el futuro se presenta como destino fijo?

No se trata de deslegitimar estas prácticas, sino de sostener una pregunta ética sobre los efectos de la palabra cuando se enuncia desde una posición de certeza sobre la vida del otro.

¿La palabra que escuchamos nos ayuda a habitar lo incierto o nos lo clausura antes de poder elaborarlo?

El paciente, de 38 años, refiere haber acudido a consulta en un momento de fragilidad tras una ruptura afectiva reciente...
15/04/2026

El paciente, de 38 años, refiere haber acudido a consulta en un momento de fragilidad tras una ruptura afectiva reciente, buscando orientación para sostener y ordenar lo vivido. Acude a una astróloga y terapeuta muy conocida, a la que accede por su reconocimiento público, lo que según señala aumenta la confianza en el dispositivo.

No conoce con precisión su hora de nacimiento y ofrece una aproximación, un dato impreciso más cercano a la memoria que a la certeza. La terapeuta toma ese margen sin mayor interrogación y construye una lectura que se cierra con rapidez.

Dijo: no volverá.

El paciente refiere que lo que nota no es solo la frase, sino su forma: una certeza sin apertura. Describe una detención interna, como si algo de su porvenir quedara clausurado. Señala: “no hay lugar para preguntarme nada”, y añade que la autoridad del lugar dificulta cualquier respuesta.

Poco después, la terapeuta se refiere a su pareja como “tu chico”. El paciente aclara que no era un chico, sino una chica. No corrige de inmediato. Permanece en silencio y describe un bloqueo: “me quedo sin voz”, una descoincidencia entre lo vivido y lo nombrado, con sensación de borramiento. Refiere este momento como invasivo, especialmente por la ausencia de reparación.

Sale de la consulta agradeciendo, aunque después entiende ese agradecimiento como una forma de sostener una situación asimétrica donde no logra simbolizar la incomodidad.

Con el tiempo, observa que el efecto persiste como huella: una duda sobre su propia percepción. “Me quedo pensando si lo que vivo puede ser dicho sin mí”, refiere.

La frase “no volverá” es desmentida por la vida: tras un periodo de distancia, la relación se transforma y hoy tienen un hijo.

El paciente reubica la experiencia como una forma de violencia sutil. “No fue error del cielo, sino de la escucha”, dice. No del destino, sino de una posición de saber que fija sentido sin abrir pregunta.

Señala una captura narrativa: “me sentí metido en una historia que no era del todo la mía”. Lo que permanece no es la predicción, sino la vivencia de haber sido leído sin haber sido escuchado. Algo en él queda fuera de esa operación.

No volvió.

Las llamadas “terapias de conversión” no son terapia, sino un dispositivo de violencia que intenta corregir aquello que ...
12/04/2026

Las llamadas “terapias de conversión” no son terapia, sino un dispositivo de violencia que intenta corregir aquello que no es un error: la diversidad del deseo.

No existe base científica que las sustente ni evidencia de eficacia. Sí existe, en cambio, evidencia consistente de daño psíquico, emocional y relacional, como han señalado la Organización Mundial de la Salud y la Asociación Americana de Psicología.

Pero el problema no es solo clínico o técnico. Es ético y político. Estas prácticas revelan una lógica más amplia de normalización que convierte la diferencia en patología y el deseo en algo que debe ser vigilado, disciplinado o eliminado.

Y aquí la pregunta se vuelve inevitable e incómoda: ¿qué derecho tienes a intervenir en mi intimidad, a mirar mi deseo como si fuera territorio público, y a decidir con quién comparto lo que es, en esencia, mío: mi cuerpo, mi subjetividad, mi forma de amar?

Porque la sexualidad no es una desviación de la naturaleza, sino una de sus expresiones más complejas y vivas. La vida no se sostiene en la uniformidad, sino en la pluralidad de formas de existir, de vincularse, de desear.

Vivir la singularidad no es un fallo ni una desviación: es una condición de lo humano. Y aun así, se sigue intentando convertir esa singularidad en algo intolerable.

Quizá la pregunta no sea solo qué hacen estas terapias, sino qué nos pasa colectivamente para que algo así siga siendo imaginable.

¿Qué significa mirar a otro ser humano y pensar que su forma de amar debe ser eliminada para que pueda ser aceptado?

Ninguna ética del cuidado puede sostenerse sobre la negación de lo que somos. Y ninguna idea de salud puede construirse sobre la violencia de convertir el deseo en enfermedad.

¿Qué le pasa a lo humano cuando habla sin cuerpo que lo sostenga?En las redes sociales, esa pregunta deja de ser abstrac...
12/04/2026

¿Qué le pasa a lo humano cuando habla sin cuerpo que lo sostenga?

En las redes sociales, esa pregunta deja de ser abstracta y se vuelve experiencia cotidiana. Un espacio donde lo que sentimos aparece con rapidez, intensidad y, a veces, sin suficiente contención.

Las redes pueden volverse un vertedero emocional: un lugar donde circula lo no simbolizado rabia, angustia, dolor, desamparo, necesidad de reconocimiento en forma de palabra inmediata, que oscila entre el vínculo y la descarga.

No se trata solo de “malos usos”, sino de un fenómeno vincular y estructural: un espejo de nuestras formas contemporáneas de relación y de sus fracturas en la regulación afectiva, la escucha y la tolerancia a la diferencia.

podríamos pensar en la fragilidad del espacio transicional: ese territorio psíquico donde la experiencia se juega antes de ser depositada en el otro. Cuando falla, lo vivo aparece sin envoltura o se expulsa sin mediación.

el reconocimiento mutuo no es un punto de partida, sino una construcción inestable. Cuando el otro deja de ser sujeto y se convierte en superficie, se rompe la reciprocidad y aparece la lógica del juicio o la deshumanización.

Desde una mirada somática, muchas de estas interacciones expresan sistemas nerviosos desregulados, con escasa co-regulación disponible. Sin cuerpo presente, la palabra pierde sostén y se convierte en expulsión.

Quizá por eso las redes pueden leerse como un indicador sensible de salud mental colectiva: no como causa, sino como superficie donde se hace visible lo que ya está en tensión.

Entre la expresión y la exposición, se abre una pregunta que nos implica: ¿qué tipo de presencia somos cuando el otro no está realmente ahí para recibir lo que decimos?

Tal vez el desafío no sea solo regular el uso de las redes, sino recuperar formas de presencia capaces de sostener lo humano antes de que se vuelva ruido.

La cuestión ética hoy no se juega únicamente en el vínculo con el otro, sino en la forma en que habitamos nuestra propia...
12/04/2026

La cuestión ética hoy no se juega únicamente en el vínculo con el otro, sino en la forma en que habitamos nuestra propia sombra.

Nos encontramos en un tiempo en el que la “sanación” ha devenido un lenguaje hegemónico del bienestar, una suerte de doctrina afectiva contemporánea. Se enuncia como imperativo reiterado: sanar, sanar, sanar. En esa repetición se infiltran las lógicas del mercado, del consumo y de la promesa de un yo finalmente depurado: sin restos, sin ambivalencia, sin opacidad.

Asistimos a una voracidad de sanación. Una aceleración subjetiva que no tolera la permanencia de lo no resuelto y que empuja toda herida hacia la transformación inmediata, como si lo incompleto no pudiera sostener valor ontológico alguno.

Sin embargo, no todos los cuerpos se encuentran en condiciones simétricas frente a este mandato. La posibilidad de “sanar” se inscribe también en el registro del privilegio: tiempo disponible, recursos materiales, acceso a dispositivos terapéuticos, alfabetización emocional. Mientras algunos son convocados a elaborarse sin cesar, otros habitan la urgencia de la supervivencia.

En este marco, el capitalismo contemporáneo no solo distribuye bienes, sino que produce subjetividades. Fabrica figuras del yo: el “yo consciente”, el “yo regulado”, el “yo elevado”. Y con ello instituye una jerarquía implícita y persistente: quién ha sanado más, quién ha trabajado más sobre sí, quién se encuentra más “despierto”.

La sanación se transforma así en mercancía, y la mercancía exige circulación ininterrumpida: más dispositivos, más técnicas, más lenguajes, más optimización del yo.

Quizás no se trata de sanar.

Quizás se trata de aprender a habitar lo irresoluble, de sostener la impronta sin convertirla en identidad fija ni en capital simbólico, y de no confundir el cuidado con la exigencia de perfeccionamiento continuo.

Lo humano no se depura: se habita.

Y tal vez lo más subversivo en la contemporaneidad no sea intensificar la voluntad de sanar, sino recuperar la posibilidad de permanecer incompletos sin convertir esa incompletud en proyecto, identidad o mercancía

12/04/2026
Hay algo que necesitamos sostener sin simplificar: el patriarcado ha producido violencia, desigualdad y dolor sobre las ...
10/04/2026

Hay algo que necesitamos sostener sin simplificar: el patriarcado ha producido violencia, desigualdad y dolor sobre las mujeres, y nombrarlo sigue siendo un acto ético, político, imprescindible. Eso no está en discusión.

Y, al mismo tiempo, quizá necesitamos afinar la mirada.

Porque cuando decimos “los hombres”, como si fuera un bloque homogéneo, algo se pierde, algo se aplana, algo de la experiencia humana queda fuera.

No todos los hombres han habitado el poder de la misma manera.
No todos han encarnado la norma que define lo masculino.

Algunos han crecido sintiendo que su sensibilidad era un problema, que su forma de amar, de vincularse, de estar en el mundo, era demasiado frágil, demasiado “otra”, para ser reconocida.

la masculinidad no es una esencia, sino un campo jerárquico, atravesado por tensiones, donde coexisten formas hegemónicas, subordinadas y marginadas.

Y esto no es una abstracción, sino algo que aparece, una y otra vez, en lo clínico, en lo educativo, en lo cotidiano: hombres que no se reconocen en el ideal de la dureza, que han aprendido a ocultar su vulnerabilidad para poder pertenecer, para no quedar fuera.

Esto no desplaza el foco, ni relativiza la violencia estructural. Al contrario, es precisamente porque ese trabajo ya ha sido hecho y es imprescindible que podemos complejizar sin perder el rumbo ético.

El patriarcado no solo ha producido privilegio, también ha producido exclusión dentro de lo masculino, ha castigado aquello que no encajaba en su norma, aquello que no sabía endurecerse a tiempo.

Como sugiere Judith Butler, toda norma deja un resto, una zona de vida no reconocida, y en ese resto, también, se juega lo humano.

Tal vez la pregunta no sea solo cómo nombramos la violencia, sino qué queda fuera cuando el lenguaje se vuelve demasiado total, demasiado cerrado, demasiado rápido.

Qué vidas no caben cuando decimos “los hombres”, qué experiencias se vuelven invisibles cuando el relato no admite fisuras.

Ampliar la mirada no debilita el pensamiento crítico, lo afina, lo vuelve más justo, más preciso, y quizá, también, más capaz de encuentro.

“Yo nunca eliminé a nadie de mi vida, todos murieron en el accidente de la confianza.”Fiódor DostoyevskiHay vínculos que...
16/03/2026

“Yo nunca eliminé a nadie de mi vida, todos murieron en el accidente de la confianza.”
Fiódor Dostoyevski

Hay vínculos que no terminan con una ruptura visible. No hay una escena final ni una discusión definitiva. Simplemente ocurre algo más silencioso y, quizás por eso mismo, más perturbador: la confianza se quiebra.

La confianza es una de las arquitecturas más delicadas de la vida psíquica. No se decreta ni se sostiene únicamente con palabras. Se construye lentamente, en una trama de gestos, presencias y pequeñas coherencias que el cuerpo registra mucho antes de que la mente pueda nombrarlas. Confiar implica siempre un gesto de vulnerabilidad: permitir que otro entre en un territorio donde normalmente nos protegemos.

Por eso, cuando la confianza se rompe, lo que se fractura no es solo una expectativa, sino la base afectiva que sostenía el vínculo. En la clínica vemos con frecuencia que muchas relaciones no se rompen en un gran acontecimiento dramático, sino en una lenta erosión: pequeñas ausencias, silencios o inconsistencias que van debilitando el suelo donde la relación descansaba.

Como señalaba Donald Winnicott, la confianza se funda en la experiencia de sentirse sostenido por un entorno suficientemente confiable. Cuando esa base se pierde, el vínculo puede continuar en apariencia, pero algo esencial deja de respirar en él.

Tal vez por eso algunos vínculos no terminan de golpe: simplemente dejan de estar vivos en el lugar donde antes podían descansar.

Y entonces queda una pregunta difícil, pero inevitable:
¿cómo se cuida la confianza antes de que ocurra el accidente?

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