16/03/2026
“Yo nunca eliminé a nadie de mi vida, todos murieron en el accidente de la confianza.”
Fiódor Dostoyevski
Hay vínculos que no terminan con una ruptura visible. No hay una escena final ni una discusión definitiva. Simplemente ocurre algo más silencioso y, quizás por eso mismo, más perturbador: la confianza se quiebra.
La confianza es una de las arquitecturas más delicadas de la vida psíquica. No se decreta ni se sostiene únicamente con palabras. Se construye lentamente, en una trama de gestos, presencias y pequeñas coherencias que el cuerpo registra mucho antes de que la mente pueda nombrarlas. Confiar implica siempre un gesto de vulnerabilidad: permitir que otro entre en un territorio donde normalmente nos protegemos.
Por eso, cuando la confianza se rompe, lo que se fractura no es solo una expectativa, sino la base afectiva que sostenía el vínculo. En la clínica vemos con frecuencia que muchas relaciones no se rompen en un gran acontecimiento dramático, sino en una lenta erosión: pequeñas ausencias, silencios o inconsistencias que van debilitando el suelo donde la relación descansaba.
Como señalaba Donald Winnicott, la confianza se funda en la experiencia de sentirse sostenido por un entorno suficientemente confiable. Cuando esa base se pierde, el vínculo puede continuar en apariencia, pero algo esencial deja de respirar en él.
Tal vez por eso algunos vínculos no terminan de golpe: simplemente dejan de estar vivos en el lugar donde antes podían descansar.
Y entonces queda una pregunta difícil, pero inevitable:
¿cómo se cuida la confianza antes de que ocurra el accidente?