17/02/2026
En ciertos espacios de aprendizaje, la autoridad puede transformarse en fuerza que aplasta en lugar de sostener. El alumno entrega su historia, sus emociones, su cuerpo; confía en que ese espacio será seguro. Pero en tiempos de ego, cuando la autoridad se ejerce desde el narcisismo del formador o la formadora, cada palabra y cada gesto se vuelven instrumentos de control, y la vulnerabilidad se convierte en materia prima para la afirmación propia.
El impacto no es solo emocional: el cuerpo se tensa, la respiración se corta, la voz se apaga. La mente busca refugio que no encuentra. El alumno queda atrapado en la confusión y el colapso, sintiéndose vigilado, observado, encerrado en un espacio que deshumaniza. Las normas rígidas, la presión constante y la expectativa de rendir transforman el aprendizaje en un laberinto de miedo y auto-duda. La enseñanza pierde humanidad; la vulnerabilidad se vuelve un territorio de juicio, y la autoridad deja marcas invisibles que perduran mucho después de que la sesión termina.
El abuso de poder no siempre se ve, pero se siente: desconfianza hacia la enseñanza, duda sobre el propio juicio, desolación silenciosa de un aprendizaje bloqueado. Cada gesto de autoridad narcisista activa heridas previas y retraumatiza, dejando al alumno expuesto y sin sostén.
Frente a esto, la ética relacional ofrece otra manera de ejercer la autoridad: consciente, regulada, atenta. Un poder que acompaña sin aplastar, que escucha, observa y protege. La vulnerabilidad entregada se transforma en oportunidad de descubrimiento y aprendizaje; el encierro se convierte en espacio seguro, donde el alumno puede moverse, explorar y crecer. El miedo se convierte en reflexión, la confusión en comprensión, la tensión corporal en presencia consciente.
Sostener al otro en su vulnerabilidad es la verdadera maestría. Elegir aplastar es dejar cicatrices invisibles. El poder que hiere existe, pero también puede transformarse cuando se ejerce con ética, humanidad y responsabilidad afectiva, respetando la confianza que se deposita en él y honrando la entrega de quien aprende, incluso en tiempos de ego.