10/04/2026
Hay algo que necesitamos sostener sin simplificar: el patriarcado ha producido violencia, desigualdad y dolor sobre las mujeres, y nombrarlo sigue siendo un acto ético, político, imprescindible. Eso no está en discusión.
Y, al mismo tiempo, quizá necesitamos afinar la mirada.
Porque cuando decimos “los hombres”, como si fuera un bloque homogéneo, algo se pierde, algo se aplana, algo de la experiencia humana queda fuera.
No todos los hombres han habitado el poder de la misma manera.
No todos han encarnado la norma que define lo masculino.
Algunos han crecido sintiendo que su sensibilidad era un problema, que su forma de amar, de vincularse, de estar en el mundo, era demasiado frágil, demasiado “otra”, para ser reconocida.
la masculinidad no es una esencia, sino un campo jerárquico, atravesado por tensiones, donde coexisten formas hegemónicas, subordinadas y marginadas.
Y esto no es una abstracción, sino algo que aparece, una y otra vez, en lo clínico, en lo educativo, en lo cotidiano: hombres que no se reconocen en el ideal de la dureza, que han aprendido a ocultar su vulnerabilidad para poder pertenecer, para no quedar fuera.
Esto no desplaza el foco, ni relativiza la violencia estructural. Al contrario, es precisamente porque ese trabajo ya ha sido hecho y es imprescindible que podemos complejizar sin perder el rumbo ético.
El patriarcado no solo ha producido privilegio, también ha producido exclusión dentro de lo masculino, ha castigado aquello que no encajaba en su norma, aquello que no sabía endurecerse a tiempo.
Como sugiere Judith Butler, toda norma deja un resto, una zona de vida no reconocida, y en ese resto, también, se juega lo humano.
Tal vez la pregunta no sea solo cómo nombramos la violencia, sino qué queda fuera cuando el lenguaje se vuelve demasiado total, demasiado cerrado, demasiado rápido.
Qué vidas no caben cuando decimos “los hombres”, qué experiencias se vuelven invisibles cuando el relato no admite fisuras.
Ampliar la mirada no debilita el pensamiento crítico, lo afina, lo vuelve más justo, más preciso, y quizá, también, más capaz de encuentro.