18/01/2026
2016 no empezó bonito.
Venía de perder a mi padre a finales de 2015 y, con su ausencia, llegó también una nueva responsabilidad: sostener a mi madre, que entonces tenía 85 años.
En junio, la vida volvió a apretar.
Mi hermano murió de cáncer de pulmón.
No era un año fácil.
Era un año de seguir, como se pudiera.
Curiosamente, en lo profesional fue un año potente.
Trasladé una empresa que había cofundado.
Tomé decisiones.
Aunque por dentro todo iba más despacio.
Ese verano cumplí una promesa.
Cuando mi hijo cumplió 18, viajamos a Oklahoma para vivir el baloncesto en directo.
Empezamos en Barcelona, en el Palau Sant Jordi.
Después, Oklahoma.
Y cerramos el año en Nueva York.
Lo terminé allí.
Comiéndome las uvas en Times Square.
2016 fue ese tren.
Yo me subí igual.
Diez años después, sigo aquí.
Emprendiendo desde otro lugar.
Tras más historias, más caídas…
y dos años después, atreviéndome a mirar a la vida de frente y tomar decisiones que lo cambiaron todo.
Este tren no empieza hoy.
Hoy lo elijo sin huir.