04/01/2026
La educación no ha sido nunca una realidad fija ni inmutable. Desde los orígenes de la humanidad, la forma de enseñar y aprender ha ido cambiando al ritmo de las necesidades sociales, económicas y culturales de cada época. Mucho antes de que existieran escuelas, maestros o libros, las primeras comunidades humanas ya educaban a sus jóvenes porque de ello dependía su supervivencia. En la Prehistoria, aprender significaba saber cazar, recolectar, fabricar herramientas, convivir en grupo y transmitir, de forma oral, los conocimientos esenciales para seguir adelante. La educación era directa, práctica y profundamente ligada a la vida cotidiana.
Con el nacimiento de las primeras civilizaciones, la educación comenzó a organizarse de manera más estructurada. En la Antigua Grecia, enseñar dejó de ser únicamente una cuestión de supervivencia para convertirse también en una forma de formar ciudadanos. Cada polis educaba según sus valores y necesidades: mientras Atenas apostaba por el desarrollo intelectual, el debate y la formación cívica, Esparta priorizaba la disciplina, la obediencia y la preparación militar. La educación reflejaba claramente el modelo de sociedad que cada ciudad quería construir.
Roma heredó muchas de estas ideas, pero las adaptó a un imperio en expansión. Educar significaba preparar a futuros administradores, juristas y gobernantes capaces de mantener el orden y la ley. La enseñanza se volvió más práctica, orientada al dominio de la palabra, la retórica y el derecho. La educación dejó de ser solo un ideal filosófico para convertirse en una herramienta al servicio del poder y la organización social.
Tras la caída del Imperio romano, la educación cambió de escenario. Durante la Edad Media, el saber se refugió principalmente en monasterios, catedrales y, más tarde, en las primeras universidades. En una sociedad marcada por la fe, la inestabilidad política y una economía mayoritariamente rural, la educación tuvo como principal objetivo conservar el conocimiento y transmitir la moral cristiana. Aprender significaba memorizar, repetir y aceptar la autoridad de los textos sagrados. Para la mayoría de la población, la educación se daba fuera de las aulas, a través del trabajo en el campo o en los talleres artesanos.
A lo largo de estos periodos, la educación fue adaptándose constantemente a lo que cada sociedad necesitaba: sobrevivir, gobernar, administrar, creer o conservar. No fue un proceso lineal ni igual para todos, pero sí una constante en la historia humana. Entender cómo la educación ha ido transformándose desde la Prehistoria hasta la Edad Media nos permite comprender una idea clave: enseñar y aprender siempre ha sido una respuesta directa al contexto social y económico de cada época.
Y es desde esta mirada histórica desde donde comienza este programa de El mundo y la educación: un viaje para entender cómo hemos aprendido a lo largo del tiempo y por qué la educación sigue siendo hoy una de las herramientas más poderosas para construir el futuro.
La educación no ha sido nunca una realidad fija ni inmutable. Desde los orígenes de la humanidad, la forma de enseñar y aprender ha ido cambiando al ritmo de...