17/06/2020
El mundo interno de cada uno es una experiencia única, de dolores, visiones, valores, heridas...
Cuando abrimos nuestra vulnerabilidad a las demás personas necesitamos un colchón mullidito donde ponerla... sin en lugar de eso recibimos juicios, críticas, ataques, o miles de explicaciones que demuestren que "lo mío no es cierto", se protegerá en una ciudad amurallada de difícil acceso.
En el mundo relacional se prima la máxima de la comunicación, pero para comunicar, es necesario ser lugares seguros para acoger ese contenido
Uno de los grandes inhibidores para expresarnos es el miedo a que la otra persona se moleste o se enfade, y en consecuencia nos humille, nos menosprecie, nos infravalore y vete a saber qué.
➡️ Muchas hemos aprendido que exponer nuestro criterio, cuando éste difiere del de otra persona, viene seguido de discusiones que derivan en ataques personales, humillación, menosprecio, sobrejustificacion, incluso llegando a ridiculizarnos y a juzgarnos. Y encima, la guinda del pastel es cuando nos dicen aquello de “no te lo tomes tan a pecho, ¡qué sensible eres!” (¡aquí aparece la culpa si compramos ese argumento!)
Vivenciar continuamente, una y otra vez, este descrédito junto con muchos otros factores puede conllevar que nos limitemos a expresar libremente próximas veces. Porque... ¿Para qué hacerlo, para volver a pasarlo así de mal?
Y así, poco a poco, vamos reduciendo qué decimos. Porque hemos aprendido que cuando el otro se molesta, agrede y/o no me va a entender.
Expresar lo que sentimos no es tan fácil cuando se ha interiorizado que el espacio interpersonal no es un espacio seguro.
✨ Si queremos que las demás personas se puedan ir animándose poco a poco a expresar, seamos el espacio seguro que ella necesita, démosle sus tiempos, sus espacios, comprensión, ternura, y acojamos la abertura que pueda en cada momento, en vez de juzgarlo porque no llega a expresar como creemos que debería.