11/02/2026
Esta mañana, en el metro, entró un grupo de mujeres mayores —rondaban los 80 años— todas con su cabello cano bien peinado.
Solo una caminaba con bastón y se dirigió a los asientos reservados para poder sentarse. En ese momento se levantaron dos personas que no necesitaban esos asientos.
Pero había al menos diez señoras que quedaron de pie.
Miré a mi alrededor y le pedí a dos jóvenes que, por favor, ofrecieran su asiento.
Primero hicieron ver que no me entendían y, cuando insistí, uno de ellos me contestó:
— “¿Por qué nosotros? Hay más gente sentada.”
— “¿En serio?”
— “Sí, hay más gente sentada, díselo a ellos.”
Solo podía repetir:
“Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte…”
No daba crédito. Y no se levantaron.
En estas situaciones siempre recuerdo el librito de Urbanidad que nos colaron entre los libros de 2º de EGB.
Era un compendio de normas cuyo objetivo era fomentar el civismo y la convivencia.
Desde el colegio nos enseñaron —no sin cierto narcisismo— que debíamos guardar la compostura en nuestras salidas porque, al llevar uniforme y ser fácilmente reconocibles, representábamos a las Franciscanas. Incluso corría la leyenda de que nuestro uniforme ganó un primer premio para dar veracidad a lo anterior.
Fuera por deber o por orgullo, el mensaje caló profundamente.
Así, siendo muy pequeñas, aprendimos a mirar al otro y a cuidar a quien necesitaba un trato preferencial, aunque todavía no tuviéramos desarrollada del todo la parte del cerebro donde habita la empatía.
Últimamente, en cambio, presencio demasiadas escenas que fomentan justo lo contrario:
• Padres que obligan a sus hijos a sentarse a toda costa, pase lo que pase a su alrededor.
• Jóvenes que se refugian tras la pantalla del móvil para no ser interpelados.
• Adultos que miran hacia otro lado y no dicen nada.
Se nos está quedando una sociedad muy escasa de empatía y demasiado llena de individualismo.
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