ADAB - Associació de Dones Artesanes de Blanes

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ADAB és una entitat sense ànim de lucre que es crea per reunir a les dones que treballen diferents disciplines artístiques, terapèutiques i manuals per tal de donar respostes a diverses inquietuts creatives.

La mejor iniciativa en años para los derechos de l@s niñ@s❤️
25/12/2025

La mejor iniciativa en años para los derechos de l@s niñ@s❤️

Eglantyne Jebb no sólo cofundó una ONG para salvar niños de la hambruna tras las guerras mundiales sino que concibió la Declaración sobre los Derechos del Niño.

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24/12/2025

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«Apenas tenía 7 años y El bullying brutal casi la destruye.»

Winona Ryder no fue una estrella adolescente cualquiera.

Fue la chica que conquistó al cine de los 90 sin necesidad de gritar: bastaba una mirada suya para que el mundo se detuviera. La niña frágil convertida en ícono… mientras por dentro luchaba por no romperse.

Mientras todos veían a la musa perfecta, su vida real era una tormenta silenciosa.

Nació lejos de Hollywood, en comunidades hippies, activistas y aisladas. Hogares colectivos, cambios constantes, burlas, golpes, rechazo. Cuando llegó a la escuela, los niños la atacaban por su apariencia andrógina. La golpearon tan fuerte que terminó en el suelo, mientras le gritaban insultos...Winona tenía siete años.

Creció con ansiedad, insomnio severo y una sensación permanente de no encajar. Su refugio eran los libros… y el cine.

Cuando Winona tenía trece, por fin tomó una cámara. A los quince ya estaba en películas, y a los diecisiete se convirtió en símbolo cultural con Heathers y Beetlejuice. Hollywood la adoptó como su joya oscura: inteligente, distinta, magnética.

Pero esa luz tenía un precio.

La fama temprana, la presión mediática, la relación con Johnny Depp convertida en espectáculo, las rupturas, las expectativas imposibles, las críticas… todo empezó a desmoronarla desde adentro. Winona sufría ataques de pánico, no dormía, trabajaba exhausta. Guardaba el dolor como si fuera parte del vestuario.

A finales de los 90, su mente se quebró...Depresión profunda. Ansiedad extrema. Insomnio de días.

Sentía que vivía dentro de un cuerpo vacío.

Y luego llegó el golpe que la sacó del mapa.

En 2001 fue detenida por presunto robo en una tienda. Los medios la trataron como un circo. Hollywood la canceló. Directores que la admiraban dejaron de contestar. La industria que un día la llamó prodigio, al siguiente la trató como basura reemplazable.

Winona desapareció. Se escondió. No trabajó durante años. Pero ahí, en ese silencio brutal, empezó su verdadera historia.

La terapia, la medicación correcta, el descanso, la introspección. Se reconstruyó sin cámaras, sin titulares, sin alfombras rojas. Aprendió a conocerse, a sanar las heridas de su infancia, a aceptar la fragilidad como una forma de fuerza.

Y entonces, cuando nadie esperaba que regresara, volvió. No como la adolescente rebelde de los 90… sino como una mujer completa.

Stranger Things marcó su renacimiento. No solo la puso de nuevo frente a millones: le devolvió la dignidad que Hollywood le había arrebatado. Winona no regresó por fama. Regresó porque estaba lista.

Hoy es respetada, querida, protegida por toda una generación que creció viéndola y otra que la descubrió como una madre que lucha por su hijo frente al misterio.

Winona Ryder sobrevivió al bullying, a la ansiedad, a la depresión, al escrutinio y a una caída pública humillante. Y aun así, se levantó.

Lo más importante que hizo no fue volver a actuar. Fue volver a ser ella.

Fue mirar a la niña golpeada que un día cayó al suelo… y levantarla con sus propias manos.

Winona no solo regresó. Reclamó su historia. Y la transformó en fortaleza.

Vida y Estilo

24/12/2025

“Tu cuerpo lleva la cuenta de cada trauma, aunque tú no lo recuerdes.” Judith Herman, psiquiatra; pionera en la cura del síndrome de estrés postraumático.

¿Cómo se convirtió en referente de terapia postraumática?

El síndrome de estrés postraumático empezaron a tratarlo los veteranos de la guerra de Vietnam, que se reunían en rap groups.

¿Fueron las raíces del rap?

Con él soldados que habían sufrido la guerra se reunían para compartir su experiencia y encontraban alivio al exteriorizarla.

¿Sin psiquiatras?

Al principio era terapia fuera del sistema, y el primer psiquiatra que la sistematizó fue Robert Lifton, que escribió 'Volver de la guerra' y ya había tratado de trauma a las víctimas de Hiroshima. Sus veteranos testificaron ante el Congreso y el Manual de diagnóstico incluyó así el el síndrome. Hoy no se cuestiona.
..

En 1970 tuve mi primer paciente. Eran dos chicas víctimas de incesto que habían intentado suicidarse. No me costó mucho descubrir la relación entre su infancia traumática y el suicidio. Y empecé a comprender que los casos psiquiátricos a menudo son casos sociales... Muy a menudo.

¿Cómo tratar el trauma de un país?

Empezamos por fundar una clínica para mujeres, y con Lisa Hirschman recogimos 20 casos de incestos traumáticos y los publicamos. Empezamos a recibir cartas de víctimas de todo EE.UU. Escribí un libro sobre el incesto y me invitaron a unirme al departamento de Psiquiatría del Cambridge Hospital en Harvard. Nunca aprendí tanto.

¿Más que en la facultad de Medicina?

Más porque era un hospital público y venían pacientes de todo tipo. Lo que aprendes de una víctima de maltratos sirve para otras muchas, y la diversidad social nos enriquecía. Contribuimos a grandes libros como el de Susan Brownmiller 'Against our will' (Contra nuestra voluntad) sobre la violación.

¿Por qué tuvo tanto impacto?

Porque hasta las estadísticas de los 70, la violación y el incesto simplemente no se cuantificaban. Se silenciaban. Y demostramos que eran una epidemia. En algunos estados una de cada cinco mujeres había sufrido abusos.

¿Aprendieron a tratar los traumas?

Y millones de pacientes en todo el mundo se beneficiaron. En el 2014, el libro sobre el postrauma de Van der Kolk The body keeps the score (El cuerpo lleva la cuenta) fue un superventas. Y sigue siendo cierto: tu cuerpo lleva la cuenta y acusa cada trauma, aunque tú ya no lo recuerdes. Debes descubrirlos.

¿Qué sabemos hoy sobre cómo tratar un trauma que no sabía cuándo empezó?

Hoy sabemos que los humanos sufrimos mucho más que las heridas físicas cuando experimentamos un trauma y que ese estrés postraumático, si no se trata, puede llevarnos hasta el suicidio.

¿Cómo tratar tus traumas?

El primer mensaje terapéutico para todos es que tu trauma es muy común: no estás solo.

Siempre reconforta.

El segundo mensaje para los traumatizados es que nadie merece su sufrimiento. Una agresión violenta siempre es injusta. Nada justifica sufrirla. Por eso mi último libro trata sobre cómo las víctimas de un trauma en su estrés postraumático juzgan a la justicia.

¿Cree que no siempre es justa?

No es justa especialmente cuando quienes te traumatizan son poderosos. En cambio, tras sufrir una agresión tendemos a culparnos a nosotros mismos o a creernos locos o sufrir flashbacks, insomnio o pesadillas.

¿Compartir y contar tu terror ayuda?

Para curar ayuda relatarlo, pero la experiencia del postrauma no es narrativa. Son malos olores repetidos, vómitos, incontinencia o no sentir nada en absoluto, nunca.



Entrevista de Lluís Amiget a Judith Herman, para 'La Contra' de 'La Vanguardia'.

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20/12/2025

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Es una mandorla (o almendra) y representa exactamente lo que tú crees que representa. Especialmente en iconos antiguos y ciertas representaciones artísticas, la representación de María evoca INTENCIONADAMENTE una v***a femenina por su forma de "diamante" o mandorla,

Es un simbolismo intencionado que representa a María como el útero divino (la "Casa de Dios") que gestó a Jesús, conectando la iconografía cristiana, con arquetipos femeninos universales de fertilidad y maternidad sagrada desde épocas prehistóricas, muy especialmente en la iconografía mediterránea.

La mandorla ( se llama así) es la puerta de entrada de Dios al mundo, un portal por donde lo divino entra al mundo humano a través de María. Pero en realidad es un sincretismo que recoge símbolos mediterráneos previos, en los que se hace magia simpática. Se dibuja una v***a porque se quiere atraer la fertilidad. Es decir: estás viendo exactamente lo que te imaginas y no es accidental.

En canciones del siglo XVI ( como la que estáis escuchando) se repite continuamente que el milagro fue que Jesús viniera al mundo a través de María, y que María es el Portal de Dios. Sin ella, no hubiera podido entrar en el mundo

En los villancicos españoles del siglo XVI, la Virgen María es un tema constante porque la Iglesia Católica adoptó y adaptó estos cantos populares ( los cantos de villanos) para la evangelización.

La Madre de Dios es la figura central. Para acercar la fe a " los villanos" .Se narra su papel en la Natividad y la salvación, lo de manera sencilla y emotiva, aprovechando el formato musical que ya gustaba a la gente común. 

El villancico nació como una canción popular, cantada por los "villanos" (habitantes de las villas), con temas cotidianos y locales.

La Iglesia vio en este formato accesible una herramienta poderosa para la enseñanza religiosa, especialmente a partir del Renacimiento y el Barroco. 

María, como Madre de Jesús y figura de pureza y maternidad divina, era un pilar fundamental del culto cristiano, fácil de comprender y amar.

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20/12/2025

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El fotógrafo no sabía que iba a capturar una lección sobre el amor.
Había bajado buscando luz, textura, quizá una silueta curiosa entre las algas. El mar estaba tranquilo, suspendido en ese silencio espeso donde el tiempo parece olvidar su prisa. Y entonces ocurrió.

Dos caballitos de mar flotaban frente a frente, tan cerca que apenas había agua entre ellos. No había huida. No había tensión. Solo una coreografía lenta, casi solemne, como si el océano entero hubiera decidido contener la respiración.

La hembra se acercó un poco más. El macho inclinó el cuerpo. Y en ese gesto mínimo, preciso, ocurrió algo extraordinario: ella transfirió sus huevos al interior de la bolsa incubadora de él. No fue brusco. No fue rápido. Fue un acto cuidadoso, íntimo, como entregar algo sagrado.

El disparo de la cámara congeló el instante, pero lo importante no era la imagen. Era lo que esa imagen decía sin palabras.

En el mundo de los caballitos de mar, el amor no se mide por promesas, sino por presencia. Son monógamos. No por obligación, sino porque así funciona su manera de estar en el mundo. Cada amanecer se buscan. Si se han separado durante la noche, el reencuentro es una pequeña fiesta silenciosa.

Bailan.

No un baile espectacular, sino uno delicado, casi tímido. Se mueven durante varios minutos, flotando frente a frente, entrelazando las colas, cambiando de color como si el cuerpo expresara lo que no hace falta decir. Es su forma de decir “estoy aquí”. “Sigo contigo”. “Seguimos siendo nosotros”.

Después del saludo, el día continúa. Nadan juntos. Comen juntos. Se observan. Se rozan. Si discuten —porque incluso en el mar hay desacuerdos— se reconcilian sin drama. No guardan rencor. No llevan cuentas. El océano es demasiado grande para cargar con pesos innecesarios.

Comen con entusiasmo, como quien celebra estar vivo. Miles de pequeños camarones pasan por sus bocas cada día. No por glotonería, sino porque el cuerpo lo pide. Porque cuidar también requiere energía.

Y mientras tanto, algo crece.

Dentro del macho, los huevos incuban. Él los oxigena. Los protege. Ajusta su cuerpo para que todo salga bien. No es una ayuda simbólica. No es un gesto bonito. Es el embarazo. Es la espera. Es la responsabilidad total.

Cuando llega el momento, es él quien da a luz.

En ese instante, el mundo se descoloca un poco. Las categorías rígidas dejan de servir. La naturaleza recuerda algo que solemos olvidar: el cuidado no tiene género. El amor no pertenece a un solo cuerpo. La entrega no sigue normas humanas.

La hembra no desaparece. Permanece cerca. Acompaña. Vuelve a bailar. Vuelve a cambiar de color. No hay jerarquía. Hay cooperación.

Por eso esta historia incomoda y enternece a la vez. Porque no habla solo de animales marinos. Habla de otra forma posible de amar. De una en la que nadie “ayuda”, porque ambos sostienen. De una en la que el vínculo se renueva cada día, no con grandes gestos, sino con pequeños rituales constantes.

El fotógrafo subió a la superficie con la imagen guardada. Quizá pensó que había capturado algo raro, curioso, digno de asombro. Lo que no sabía es que había atrapado algo más profundo: una verdad antigua flotando en el agua.

Que amar no siempre es proteger desde fuera.
A veces es llevar dentro.
Esperar.
Cuidar.
Y bailar cada mañana como si el reencuentro fuera siempre un milagro.

29/11/2025

A los 19 años escribió un artículo tan feroz que amenazaron con demandarla para obligarla a guardar silencio. Ella escribió otro—y así inició una carrera de setenta años dedicada a destruir a cualquiera que dijera que las mujeres debían callarse. Su nombre era Rebecca West, y entendía algo fundamental: las palabras podían ser armas, si se afilaban lo suficiente. Nacida como Cicely Isabel Fairfield en 1892 en Londres, creció viendo a su madre luchar después de que su padre abandonara a la familia. Vio a mujeres brillantes condenadas a vidas limitadas. Vio cómo se desperdiciaba la inteligencia simplemente porque venía en forma femenina. Decidió pronto que ella no sería desperdiciada.

A los 19 años ya escribía para un periódico feminista llamado The Freewoman. Sus críticas eran salvajes. Sus ensayos, incendiarios. No criticaba: evisceraba. En 1912, escribió una reseña demoledora de una novela de H. G. Wells, calificando su representación de las mujeres de superficial y su feminismo de performativo. Wells era uno de los escritores más famosos de Inglaterra. Ella era una adolescente desconocida. Wells estaba furioso. Sus amigos le dijeron que había destruido su carrera antes de empezar, que nadie atacaba a hombres poderosos y sobrevivía en el mundo literario. Rebecca no pidió disculpas. Escribió más. Wells leyó su trabajo. Y, en lugar de destruir su carrera, se obsesionó con ella. Comenzaron una relación tumultuosa que duró una década y dio como resultado un hijo, Anthony West. Pero esta no es una historia de amor. Es la historia de una mujer que se negó a suavizarse para nadie, ni siquiera para el escritor famoso con quien se acostaba.

Para entonces había adoptado su nombre de pluma: Rebecca West, tomado de la obra Rosmersholm de Ibsen, que trata de una mujer que se niega a vivir una mentira. El nombre era una declaración. No fingiría ser más pequeña, más silenciosa o más agradable de lo que era. Su estilo era quirúrgico. Podía desmantelar un argumento, un libro o la visión del mundo de una persona en un solo párrafo. Los críticos llamaban a su prosa “brillante pero cruel”. Ella la llamaba honesta.

En los años 20 y 30 escribió novelas, crítica, análisis político. Cubrió el ascenso del fascismo en Europa. Comprendió, antes que muchos, que el totalitarismo no era solo un sistema político: era una guerra contra el pensamiento individual. Su cita más famosa proviene de esta época: “Nunca he logrado descubrir con precisión qué es el feminismo: solo sé que la gente me llama feminista cada vez que expreso sentimientos que me diferencian de un felpudo”. No era solo ingeniosa. Era estratégica. Entendía que “feminista” se usaba como insulto, como forma de descartar a las mujeres que rechazaban la sumisión. Así que lo asumió. Convirtió el insulto en armadura.

Pero la obra más significativa de Rebecca llegó después de la Segunda Guerra Mundial. En 1946 viajó a Núremberg para cubrir los juicios por crímenes de guerra. Fue una de las pocas periodistas mujeres allí, rodeada de reporteros hombres que dudaban de que una mujer pudiera soportar la brutalidad de lo que presenciarían. Sus crónicas de Núremberg siguen siendo algunas de las mejores piezas de periodismo judicial jamás escritas. No solo documentó lo que sucedía. Analizó la psicología del mal. Examinó cómo personas comunes se vuelven cómplices de atrocidades. Diseccionó las estrategias de defensa de hombres que habían orquestado un genocidio. Su escritura era precisa, implacable y devastadora. “¿La redención de la raza humana?”, escribió sobre los juicios. “Estos hombres convertirán eso también en una broma.” Vio a través de la actuación del remordimiento. Reconoció que el verdadero valor del juicio no era el castigo, sino crear un registro para que la historia no pudiera negar lo ocurrido. Su trabajo en Núremberg consolidó su reputación como una de las escritoras políticas más importantes del siglo XX.

Pero su obra maestra había llegado antes, en 1941: Black Lamb and Grey Falcon, un estudio de 1.200 páginas sobre Yugoslavia. En la superficie era un libro de viajes. En realidad era una profunda meditación sobre la historia, el nacionalismo, la violencia y la capacidad humana tanto para la crueldad como para la belleza. Había viajado por Yugoslavia en los años 30, percibiendo que la guerra se avecinaba, que las tensiones étnicas estallarían. El libro fue su intento de entender cómo la historia se repite, cómo las naciones se destruyen a sí mismas, cómo los individuos sobreviven a los imperios. Los críticos lo descartaron inicialmente por demasiado largo, demasiado denso, demasiado ambicioso. Hoy se considera una de las grandes obras de no ficción del siglo XX.

Rebecca West escribió durante dos guerras mundiales, el auge y caída de imperios, revoluciones sociales y transformaciones tecnológicas. Sobrevivió a todos los movimientos que la desestimaron, a cada crítico que dijo que era demasiado agresiva, demasiado difícil, demasiado. A lo largo de su carrera de siete décadas, le repitieron sin cesar que debía moderarse. Ser más simpática. Suavizar sus críticas. Recordar que, como mujer, debía sentirse agradecida de ser publicada. Nunca se suavizó. Cuando los críticos hombres llamaban a su trabajo “masculino” como halago—sugiriendo que su intelecto era inusual en una mujer—ella rechazaba la premisa. La inteligencia, argumentaba, no tenía género. La claridad no era masculina. El valor no era masculino. Eran cualidades humanas por las que simplemente se castigaba a las mujeres.

Su vida personal fue complicada. Su relación con H. G. Wells terminó amargamente. Su hijo Anthony se sintió abandonado por ambos padres y escribió un memorias cruel atacándola. Tuvo affaires, matrimonios, disputas con otros escritores. Fue difícil. Exigente. A veces cruel ella misma. Pero nunca fue pequeña. Y nunca fingió que ser “agradable” era más importante que tener razón.

En 1959, con 67 años, fue nombrada Dama Comandante de la Orden del Imperio Británico, uno de los mayores honores del Reino Unido. El mismo establishment que la había despreciado durante décadas por ser demasiado agresiva, finalmente reconoció que su “agresión” era en realidad coraje. Siguió escribiendo hasta los 90 años, publicando su último libro en 1982, un año antes de morir. Setenta años. Decenas de libros. Miles de artículos. Millones de palabras. Todas afiladas. Todas claras. Ninguna apologética.

Rebecca West demostró algo que el mundo no quería aceptar: que las mujeres no necesitaban suavizar su inteligencia para ser escuchadas. Que la claridad era más poderosa que la simpatía. Que negarse a ser un felpudo no era agresión—era cordura. El mundo literario de su época quería escritoras decorativas, emocionales, dedicadas a asuntos domésticos. Mujeres que escribieran con belleza sobre sentimientos, pero que no desafiaran el poder. Rebecca West escribió sobre crímenes de guerra, fascismo, nacionalismo, genocidio. Desafió a todos—escritores hombres, líderes políticos, convenciones sociales. Y lo hizo con una prosa tan precisa que cortaba de raíz cualquier defensa.

Tenía 19 años cuando escribió aquella primera reseña devastadora, cuando hombres poderosos le dijeron que había arruinado su carrera por negarse a ser deferente. Escribió durante setenta años más. Porque lo más radical que puede hacer una mujer es negarse a hacerse pequeña. Y Rebecca West nunca fue pequeña.

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29/11/2025

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En India, un grupo de mujeres vestidas de rosa patrulla con palos… listas para defender a quienes nadie más ayuda.

En el norte de la India existe un grupo único y difícil de ignorar: el Gulabi Gang, mujeres que visten sari rosa y caminan juntas con palos de madera. Su líder, Sampat Pal, las reunió para enfrentar lo que muchas sufrían en silencio: d1scr1m1n4c1ón, 4bus0s en sus hogares y falta total de apoyo por parte de las autoridades.

Cansadas de que nadie las escuchara, estas mujeres decidieron defenderse entre ellas. Los palos que llevan no son un símbolo de 4gres1ón, sino un recordatorio de que ya no están solas. Cuando una mujer del pueblo denuncia m4ltr4t0s o injust1c1as, el grupo acude, la acompaña, presiona a las autoridades y se asegura de que la víctima no quede desamparada.

Con el tiempo, el Gulabi Gang se convirtió en un movimiento gigantesco de apoyo, unión y valentía. Su misión es sencilla: que ninguna mujer vuelva a enfrentar el miedo sola.

23/11/2025

Su padre prohibió que cualquiera de sus 12 hijos se casara.
Ella se casó en secreto, volvió a casa, cenó como si nada…
y luego desapareció para siempre.

Londres, década de 1840.
Elizabeth Barrett tenía 39 años y, según todos, estaba muriéndose.

Llevaba años recluida en una habitación de la casa familiar en 50 Wimpole Street, viviendo entre sofás, cortinas cerradas, morfina y láudano.

Su salud era frágil desde la adolescencia: una caída de caballo, quizá los pulmones, quizá los nervios. Los médicos no se ponían de acuerdo.

Pero coincidían en algo: no viviría mucho más.

👤 El tirano

Su padre, Edward Barrett Moulton-Barrett, controlaba todo.

Su fortuna procedía de plantaciones azucareras en Jamaica. Su autoridad era absoluta.
Su regla más severa:

Ninguno de sus hijos podía casarse.

Sin explicaciones. Sin excepciones.

✒️ La poeta

Así que Elizabeth escribió.

Versos extraordinarios que la convirtieron en una de las poetas más célebres de Inglaterra—más famosa incluso que Tennyson durante un tiempo.

Pero escribía desde una prisión de seda y somníferos.

Hasta que llegó una carta.

💌 La correspondencia

“Amo sus versos con todo mi corazón, querida señorita Barrett”, le escribió un joven poeta llamado Robert Browning.

Ella respondió.

Esa respuesta se convirtió en 574 cartas a lo largo de 20 meses.

Robert la trataba como a una igual: brillante, compleja, viva. No como una inválida. No como alguien destinada a morir.

Quiso visitarla. Ella se negó. Demasiado enferma. Demasiado aislada. Demasiado temerosa de decepcionar.

Él insistió.

🌿 El encuentro

Cuando finalmente se vieron en mayo de 1845, algo cambió.

Robert no vio a una enferma.
Vio a Elizabeth: lúcida, apasionada, atrapada.

Vio a una mujer que necesitaba libertad.

Él propuso matrimonio.
Ella dijo que era imposible.

Su padre jamás lo permitiría. Y además, ella estaba “demasiado enferma”. Sería una carga.

La respuesta de Robert:
“Eres la persona más fuerte que conozco.”

🔒 El secreto

Comenzaron a planear su escape.

El 12 de septiembre de 1846, Elizabeth Barrett caminó hasta la iglesia de St. Marylebone acompañada solo por su doncella.

Robert Browning la esperaba.

Se casaron en una iglesia vacía, con dos testigos.

Y Elizabeth… volvió a casa.

Entró a Wimpole Street, cenó con su familia y subió a su habitación como si nada hubiera ocurrido.

Durante una semana mantuvo la ficción: la hija obediente, “demasiado débil” para salir.

Hasta que una noche se marchó definitivamente.

🕊️ La huida

Se llevó a su spaniel Flush, algunas pertenencias y la mano de Robert.

Cruzaron el Canal y se instalaron en Italia.

Su padre la desheredó al instante.
Devolvió sus cartas sin abrir. Nunca volvió a pronunciar su nombre.

Años después, Elizabeth intentó reconciliarse.
Él se negó.

Pero Elizabeth ya había dejado de esperar su perdón.

🌞 La transformación

En Florencia ocurrió algo sorprendente.

El sol. La libertad. Robert—que la trataba como una fuerza, no como un cristal.

Su salud mejoró. Mucho.

La mujer que había pasado años casi sin poder caminar empezó a viajar, a pasear, a vivir.

En 1849, con 43 años—una edad en la que todos los médicos la habían dado por perdida—dio a luz a su hijo: Robert Wiedeman Barrett Browning, “Pen”.

Y escribió.
Dios, cómo escribió.

💗 La poesía

Sus “Sonnets from the Portuguese” se convirtieron en algunos de los poemas de amor más célebres de la lengua inglesa.

No por dulces, sino por verdaderos:

“¿Cómo te amo? Déjame contarlo…”

No eran poemas sobre ser rescatada.
Eran poemas sobre descubrir que nunca necesitó un salvador—solo la posibilidad de ser libre.

✊ La revolucionaria

En Italia se volvió políticamente activa.
Apoyó apasionadamente la unificación italiana.

Escribió “Casa Guidi Windows” sobre la revolución.
Escribió “The Runaway Slave at Pilgrim’s Point”, un poderoso poema antiesclavista—aunque su familia había prosperado gracias a plantaciones esclavistas.

Incluso fue considerada para Poeta Laureada—algo casi impensable para una mujer de su época.

Robert jamás la eclipsó. La apoyó. Celebró su genio. Fue su compañero en igualdad.

⏳ Quince años

Tuvieron quince años juntos.
Quince años que, según todos, ella nunca tendría.

El 29 de junio de 1861, Elizabeth Barrett Browning murió en brazos de Robert, en Florencia.

Tenía 55 años.
Había vivido décadas más de lo que los médicos habían predicho.

Su padre había mu**to tres años antes—sin perdonarla.

Pero Elizabeth había dejado de pedir permiso mucho antes.

⭐ Lo que demostró

Elizabeth Barrett Browning demostró:

Que a veces la enfermedad no está en el cuerpo, sino en la jaula donde te obligan a vivir.

Que el acto más radical puede ser simplemente elegir marcharte.

Que el amor no consiste en ser rescatada, sino en que alguien te vea tal como eres.

Que vivir tus propios términos puede ser la rebelión más hermosa.

A los 40 años, salió de la casa de su padre “demasiado enferma para sobrevivir sola”.

Vivió 15 años más—viajando, escribiendo, criando a un hijo, cambiando la literatura y apoyando revoluciones.

Lo más dañino que su padre le dijo fue que era demasiado débil para vivir sin él.

Lo más valiente que ella hizo fue demostrar que estaba equivocado.

Elizabeth Barrett Browning

6 de marzo de 1806 – 29 de junio de 1861
Poeta. Revolucionaria. Sobreviviente.

No necesitaba ser salvada.
Solo necesitaba ser libre.

Visto en la red

18/11/2025

DIAGNÓSTICO ERRÓNEO: Ni 'histérica' ni anoréxica: la sentencia que alerta de sesgos en medicina por el ingreso a la fuerza de una mujer.

Alexandra Hernández, pasó más de un mes ingresada en un centro de TCA a pesar de no tener anorexia.

“La meditación me salvó. Me ayudó a sostener el dolor sin huir, a comprender que el cuerpo y la mente pueden sanar si aprendemos a escucharlos con compasión”. "Hoy puedo hacer una vida casi normal. Vivo con una enfermedad autoinmune, pero también con una mirada más consciente, más serena. He aprendido que incluso el sufrimiento puede ser un camino hacia la verdad”.

Alexandra Hernández (Barcelona, 38 años) ha pasado buena parte de su vida con problemas médicos para los que no encontraba explicación. Y una bajada de peso alarmante hizo que un médico la ingresara en un centro especializado en Trastorno de Conducta Alimentaria (TCA) a pesar de que no tenía anorexia y los informes médicos apuntaban a un posible diagnóstico de SIBO (Sobrecrecimiento Bacteriano en el Intestino Delgado). Una sentencia- que ha sido recurrida- ha condenado al centro médico que la trató a indemnizarla con 70.000 euros por mala praxis en el diagnóstico y ha puesto de relieve por primera vez los sesgos de género a los que se enfrentan las mujeres.

“A menudo se nos tacha de “histéricas” cuando expresamos malestar físico o emocional. Sentí ese peso encima muchas veces”, cuenta la barcelonesa Alexandra Hernández. Tiene 38 años, pero lleva más de media vida conviviendo con multitud de síntomas para los que nadie tenía explicación. Un tiempo marcado por el miedo y también el cansancio. Aparecía sintomatología cambiante como moratones o vértigos, pero cuando intentó buscar qué le sucedía lamenta que muchos médicos le decían que todo estaba en su cabeza, explica para La Vanguardia.

En 2017 empezó un periplo de visitas médicas en busca de diagnóstico. Consultó en todo tipo de especialistas y en varios países sin demasiado éxito. En 2018 las secuelas se empezaron a notar físicamente y se adelgazó de una manera preocupante. “Llegué a pesar 34 kilos. Entiendo que pudiera parecer alarmante, pero lo que necesitaba era comprensión y apoyo, no un diagnóstico apresurado”, relata. Entonces estaba casada y su pareja vivía con la misma angustia su incierta situación. También tenía una larga lista de pruebas, elaboradas en hospitales de varios países, y algunas ya apuntaban al SIBO como posible diagnóstico -algo que incluye la sentencia condenatoria- pero ninguno de esos documentos evitó acabar ingresada en un centro de TCA en Barcelona. Asegura que la orden la dio tras un médico sin mirar los informes ni escucharla. Ni ella ni su familia sabían a dónde iba, afirma. Lo descubrió estando ya dentro.

Hubo momentos de gran humillación y de sentirme sin voz. Me ingresaron en un centro sin mi consentimiento, y aquella experiencia fue muy dura, tanto física como emocionalmente, relata esta mujer que asegura que el médico que ordenó el ingreso la llamó ‘listilla’ cuando ella le intentó explicar qué creía que le pasaba. Permaneció un mes en el centro en contra de su voluntad y la de su familia y escapó aprovechando una visita médica. Pero fue obligada a retornar por la vía judicial, como consta en la sentencia.

Tras un segundo ingreso, logró pedir el alta sin que esta vez un juzgado se lo impidiera. Y ahí empezó su proceso de sanación. Primero acudiendo al sistema público de salud mental. “Cuando al fin encontré un psiquiatra que me miró con humanidad y me dijo: “tú no eres anoréxica”, sentí un primer alivio. Alguien, por fin, me veía”.

A la par que su reconstrucción emocional, siguió indagando sobre qué le pasaba. Hoy sabe que además de SIBO tienen Síndrome de activación mastocitaria (una enfermedad inmunológica), pero pasó una década hasta encontrar diagnóstico. En todo este camino la relación de pareja no sobrevivió, aunque siguen manteniendo la amistad. También sufrió durante mucho tiempo estrés postraumático.

“Hubiera preferido que un médico me dijera “no sé lo que tienes” antes que etiquetarme de algo que no era”, relata. “Me dolió profundamente, porque en aquel momento lo que más necesitaba era sentirme apoyada en el proceso”.

Sabían que tenía SIBO y otros desequilibrios autoinmunes y genéticos, pero aun así redujeron todo a una etiqueta. Aquello me causo un dolor muy profundo. Por eso esta mujer se decidió a denunciar. Isabel Giménez, la jueza catalana conocida por adoptar perspectiva de género e infancia en sus sentencias, está detrás de esta resolución. La magistrada explica a La Vanguardia que en el ámbito de la medicina “las mujeres nos encontramos con una serie de sesgos comunes como son el infra diagnóstico y la banalización de los síntomas”. Algo que, atendiendo a la sentencia, sucedió con Alexandra. “Los estudios aseguran que recibimos más diagnósticos de ansiedad, depresión o somatización cuando deberían investigarse las causas físicas reales”, prosigue Giménez. Todo ello, lamenta la magistrada, “perpetuando la idea de que las mujeres somos exageradas, emocionales, histéricas o hipocondríacas”.

La jueza, que reservó parte de su sentencia a explicar a Alexandra su decisión, también dedica parte del documento judicial a señalar los sesgos de género y la “banalización de los síntomas” a los que ellas se enfrentan.

“En 30 años no ha cambiado demasiado el sesgo de género en medicina que se aplica a las mujeres”, apunta María Teresa Ruiz Cantero, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Alicante especializada en prevención y salud pública con perspectiva de género. A Ruíz Cantero le cambió su vida académica tras la publicación en 1991 de un artículo en la prestigiosa The New England Journal of Medicine que apunta que en casos de infarto agudo de miocardio había más esfuerzo diagnóstico y terapéutico en hombres que en mujeres. Este artículo animó a la investigadora a indagar en profundidad en los sesgos de género. La experta apunta que en la universidad de Medicina de Harvard ya se está enseñando el fenómeno llamado metacognición que es “enseñar a los estudiantes a pensar qué están pensando”. “¿Cuándo llega una mujer con dolor de espalda, está pensando que tiene ansiedad? ¿Podría ser otra patología más grave?”.

“Noté que muchas mujeres me escucharon y me creyeron, mientras que algunos hombres, incluso con buena intención, tendían a pensar que todo estaba “en mi cabeza””, cuenta la paciente. “Eso me hizo reflexionar sobre cómo todavía nos cuesta validar la experiencia del cuerpo femenino”, reflexiona Alexandra.

Jorge Fuset, uno de los abogados que ha llevado el caso y cuyo gabinete está especializado en negligencias médicas, valora la “sensibilidad” de la juez. Porque lamenta que “a veces el corporativismo médico llega incluso a la judicatura”. “Pudimos demostrar que hubo un error de diagnóstico que conllevó una serie de limitaciones”, defiende el abogado. Fuset reconoce que “es el típico caso de que alguien con un prejuicio no hace las pruebas necesarias” y lamenta que “se produce un diagnóstico erróneo que conlleva problemas como la privación de derechos fundamentales” porque la llegaron a internar. El letrado también señala la afectación a nivel psicológico para la paciente de toda la situación vivida que también recoge en la sentencia.

Alexandra tardó mucho en leer la sentencia, en la que además la jueza se reservó un apartado a explicar a la paciente su decisión. Y aún hoy le cuesta contener la emoción. “La meditación me salvó. Me ayudó a sostener el dolor sin huir, a comprender que el cuerpo y la mente pueden sanar si aprendemos a escucharlos con compasión”, concluye. Hoy puedo hacer una vida casi normal. “Vivo con una enfermedad autoinmune, pero también con una mirada más consciente, más serena. He aprendido que incluso el sufrimiento puede ser un camino hacia la verdad”, concluye.

Artículo de Lorena Ferro, publicado en 'La Vanguardia'.

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