ADAB - Associació de Dones Artesanes de Blanes

ADAB - Associació de Dones Artesanes de Blanes Información de contacto, mapa y direcciones, formulario de contacto, horario de apertura, servicios, puntuaciones, fotos, videos y anuncios de ADAB - Associació de Dones Artesanes de Blanes, Blanes.

ADAB és una entitat sense ànim de lucre que es crea per reunir a les dones que treballen diferents disciplines artístiques, terapèutiques i manuals per tal de donar respostes a diverses inquietuts creatives.

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23/01/2026

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Un día como hoy, el 22 de enero de 2018, la legendaria autora anarquista Ursula K Le Guin murió a los 88 años en Portland, Oregon. Le Guin ganó numerosos premios por sus novelas de fantasía y ciencia ficción, y fue una ardiente feminista y defensora de la diversidad en la literatura y la industria editorial: "cuando las mujeres hablan verdaderamente lo hacen de forma subversiva, no pueden evitarlo: si estás por debajo, si te mantienen abajo, irrumpes, te subviertes. Somos volcanes. Cuando las mujeres ofrecemos nuestra experiencia como nuestra verdad, como verdad humana, todos los mapas cambian. Hay nuevas montañas. Eso es lo que quiero: escucharlas entrar en erupción. Ustedes, jóvenes del Monte Santa Helena, que no conocen el poder que hay en ustedes, quiero escucharlas".

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21/01/2026

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TODO LO QUE TE DUELE VIENE DE TU MAMÁ (AUNQUE NO LO CREAS)
Sé que suena fuerte.
Sé que tal vez te moleste leerlo.
Pero desde la biodescodificación, las constelaciones y el transgeneracional...
Tu relación con tu mamá determina tu relación con la vida.
Con TODO en tu vida.

Y te voy a explicar por qué.
TU MAMÁ ES TU VÍNCULO PRIMARIO
Ella fue tu primera relación.
La primera persona que te dio (o no te dio) amor.
La primera que te hizo sentir segura (o insegura).
La primera que te enseñó cómo funciona el mundo.
Y ese vínculo primario... se convierte en el molde de todas tus relaciones.
Si con tu mamá aprendiste que:
El amor duele → buscarás relaciones que duelan
Tienes que dar para que te quieran → te vaciarás dando sin recibir
No eres suficiente → buscarás validación en todos lados
Tienes que cuidar a los demás → cargarás con responsabilidades que no son tuyas
El amor es condicional → nunca te sentirás amada por ser tú
Eso... eso lo repites en cada relación.
En tu pareja. En tus amistades. En tu trabajo. Contigo misma.
Porque tu mamá te enseñó cómo amar.
Y si ese amor estuvo herido...
Tú amas desde la herida.
LOS PATRONES SE REPITEN DE MADRE A HIJA
Lo que tu mamá no sanó... te lo heredó.
No porque quisiera lastimarte.
Sino porque no sabía cómo hacer las cosas diferente.
Ella repitió lo que aprendió de su mamá.
Y tú estás repitiendo lo que aprendiste de ella.
Los mismos miedos. Las mismas creencias. Los mismos dolores.
¿Tu mamá se sacrificaba por todos? → Tú te sacrificas.
¿Tu mamá no se ponía límites? → Tú no te pones límites.
¿Tu mamá aguantaba relaciones que la lastimaban? → Tú aguantas.
¿Tu mamá tenía miedo al dinero? → Tú tienes miedo al dinero.
No es casualidad.
Es lealtad inconsciente.
LA LEALTAD INVISIBLE AL DOLOR MATERNO
Desde las constelaciones familiares:
Cuando amas a tu mamá, inconscientemente quieres ser como ella.
Aunque te haya lastimado.
Aunque no quieras repetir su vida.
Hay una lealtad invisible que te jala a repetir su dolor.
Porque en tu inconsciente:
"Si repito su dolor, pertenezco"
"Si soy feliz cuando ella no lo fue, la traiciono"
"Si tengo lo que ella no tuvo, la abandono"
Por eso...
Te saboteas cuando estás cerca del éxito.
Te enfermas cuando estás cerca de la felicidad.
Repites relaciones que no funcionan.
No avanzas aunque quieras.
Porque inconscientemente estás siendo leal al dolor de tu mamá.
Y mientras no lo veas... no lo puedes soltar.
CÓMO AFECTA TU SALUD FÍSICA
Tu relación con tu mamá también está en tu cuerpo.
Desde la biodescodificación:
Problemas en los pechos, útero, ovarios → conflicto con lo femenino, con ser mujer, con tu mamá
Problemas digestivos → no poder "digerir" lo que viviste con tu mamá
Pie izquierdo (como vimos antes) → conflicto directo con tu mamá, tu pasado emocional
Problemas de fertilidad → miedo a repetir el patrón de tu mamá como madre
Ansiedad crónica → inseguridad en el vínculo primario (tu mamá no te hizo sentir segura)
Tu cuerpo guarda lo que no has sanado con ella.
Y mientras no lo sanes...
Tu cuerpo lo va a seguir cobrando.
TU RELACIÓN CON LO FEMENINO, EL DINERO, LA ABUNDANCIA
Tu mamá representa lo femenino.
La vida.
La abundancia.
La capacidad de recibir.
Si tu relación con tu mamá está rota:
Te cuesta recibir (amor, dinero, ayuda, elogios)
Sientes que no mereces abundancia
Te saboteas cuando algo bueno llega
Tienes miedo de "tomar de la vida"
Sientes que tienes que luchar por todo
Porque inconscientemente:
Recibir de la vida = recibir de mamá
Y si con mamá aprendiste que recibir es peligroso, doloroso o viene con condiciones...
No puedes recibir de la vida.
Te cierras.
Te proteges.
Y vives en escasez aunque haya abundancia disponible.
"PERO MI MAMÁ NUNCA VA A CAMBIAR"
Lo sé.
Y no necesitas que cambie.
Sanar con tu mamá no significa:
✗ Que ella te pida perdón
✗ Que ella reconozca lo que hizo
✗ Que ella cambie
✗ Que tengan una relación perfecta
Sanar con tu mamá significa:
✓ Ver cómo te afectó sin juzgarla (ella hizo lo que pudo con lo que tenía)
✓ Reconocer los patrones que heredaste
✓ Soltar la lealtad invisible a su dolor
✓ Dejar de esperar que ella te dé lo que no tiene para dar
✓ Honrar lo que sí recibiste de ella
✓ Perdonarla por lo que no pudo ser (y perdonarte a ti por lo que no pudiste recibir)
✓ Elegir vivir diferente sin sentir que la traicionas
Puedes sanar aunque ella nunca cambie.
Porque la sanación es tuya.
No de ella.
¿POR QUÉ SANAR CON TU MAMÁ TE ABRE LAS PUERTAS A LA VIDA?
Porque tu mamá ES tu primera puerta a la vida.
Literalmente.
Viniste a través de ella.
Desde el transgeneracional:
Si tu relación con tu mamá está bloqueada...
Tu relación con la vida está bloqueada.
Cuando sanas con tu mamá:
Puedes recibir de la vida sin culpa
Puedes ser feliz sin sentir que traicionas a alguien
Puedes tener lo que ella no tuvo sin sabotearte
Puedes elegir diferente sin cargar su dolor
Tu cuerpo deja de cobrar la deuda emocional
Tus relaciones mejoran (porque ya no repites el patrón)
Tu relación con el dinero cambia (porque puedes recibir)
Tu salud mejora (porque sueltas lo que cargabas en el cuerpo)
Sanar con tu mamá no es opcional si quieres vivir plenamente.
Es LA sanación más importante.
Porque de ahí... sale todo lo demás.
ENTONCES, ¿QUÉ HACES?
Empieza por aquí:
Reconoce cómo te afectó tu relación con tu mamá Sin juzgarla. Sin victimizarte. Solo observa.
Identifica qué patrones estás repitiendo ¿En qué te pareces a ella aunque no quieras?
Observa dónde estás siendo leal a su dolor ¿Dónde te saboteas para no tener lo que ella no tuvo?
Agradece lo que sí te dio Aunque haya sido poco. Aunque haya dolido. Algo te dio.
Perdónala (no por ella, por ti) Para soltar el peso. Para dejar de esperar lo que no puede dar.
Date permiso de vivir diferente Sin culpa. Sin sentir que la traicionas.
Busca acompañamiento si lo necesitas Esto es profundo. No tienes que hacerlo sola.
No viniste a repetir el dolor de tu mamá.
Viniste a romper el patrón.
Y cuando lo rompas...
Todo cambia.
Tu salud.
Tus relaciones.
Tu dinero.
Tu vida.
Porque finalmente...
Puedes recibir de la vida sin bloqueos.
Sanar con tu mamá te abre las puertas a la vida.
Literal.
¿Estás lista para ver cómo tu relación con tu mamá está afectando tu vida?

EJERCICIO: "VER A TU MAMÁ COMO MUJER, NO SOLO COMO MAMÁ"
Tiempo: 15-20 minutos
Necesitas: Papel, pluma, un momento a solas
PASO 1: RECONOCE A TU MAMÁ COMO HIJA
Cierra los ojos.
Respira profundo.
Y pregúntate:
¿Cómo fue la relación de mi mamá con SU mamá?
¿La amó? ¿La hirió? ¿Estuvo presente? ¿La abandonó?
Escribe lo que sepas.
Aunque sea poco.
Porque lo que tu mamá vivió con su mamá... te lo heredó a ti.

PASO 2: VE A TU MAMÁ COMO MUJER
Ahora pregúntate:
¿Qué sacrificó mi mamá por ser mamá?
¿Sus sueños? ¿Su profesión? ¿Su libertad? ¿Su felicidad? ¿Su identidad?
Escribe lo que veas.
Porque tal vez tu mamá dejó de ser mujer para ser solo mamá.
Y ese dolor... lo cargaste tú.

PASO 3: RECONOCE LO QUE SÍ TE DIO
Aunque haya sido poco.
Aunque haya dolido.
¿Qué SÍ te dio tu mamá?
¿Techo? ¿Comida? ¿Educación? ¿Un intento de amor aunque fuera imperfecto?

Escribe al menos 3 cosas.
No para justificarla.
Para honrar lo que sí recibiste.
Porque si solo ves lo que NO te dio...
Te quedas atrapada en el resentimiento.

PASO 4: IDENTIFICA QUÉ HEREDASTE DE ELLA
¿En qué te pareces a tu mamá aunque no quieras?
¿Repites sus miedos? ¿Repites su forma de amar? ¿Repites su relación con el dinero? ¿Repites su sacrificio?
Escribe lo que veas.
Sin juzgarte.
Solo observa.
Porque lo que reconoces... lo puedes soltar.
PASO 5: CARTA (NO LA ENVÍAS)
Escribe una carta a tu mamá.
Dile todo lo que nunca le has dicho:
Lo que te dolió. Lo que necesitabas. Lo que no recibiste.
Pero también:
Lo que agradeces. Lo que sí te dio. Cómo te formó (para bien y para mal).
No la envíes.

Esta carta es para TI.
Para sacar lo que cargas.

PASO 6: SUELTA SIMBÓLICAMENTE
Cuando termines la carta...
Elige tu ritual:
Opción A: Quémala (en un lugar seguro)
Mientras se quema, di:
"Suelto lo que no pude recibir de ti.
Suelto lo que esperaba que fueras.
Te veo como eres.
Y me doy permiso de vivir diferente."

Opción B: Rómpela y suéltala en agua
Mientras la sueltas, di lo mismo.

Opción C: Entiérrala
Y di:
"Entrego este dolor a la tierra.
Que se transforme en algo nuevo."
,
PASO 7: CIERRE
Pon tu mano en el corazón.
Respira profundo.
Y di (en voz alta o mentalmente):

"Mi mamá hizo lo que pudo con lo que tenía.
Yo puedo hacer diferente.
Sanar con ella no significa que ella cambie.
Significa que yo me libero.
Honro lo que me dio.
Suelto lo que no me pudo dar.
Y me doy permiso de vivir mi propia vida.
Sin culpa.
Sin lealtad al dolor.
Gracias, mamá, por traerme a la vida.
Ahora tomo mi vida en mis manos."
-
DESPUÉS DEL EJERCICIO:
✓ Es normal sentir cansancio (acabas de mover algo profundo)
✓ Es normal llorar (estás liberando)
✓ Es normal sentir enojo o tristeza (es parte del proceso)
✓ Toma agua, descansa
✓ No juzgues lo que salió
✓ Puedes repetir este ejercicio cuando lo necesites
IMPORTANTE:
Este ejercicio no va a resolver todo de un día para otro.
Sanar con tu mamá es un proceso.
Pero SÍ va a empezar a abrir algo.
Va a mover algo que estaba atorado.
Y desde ahí... puedes seguir sanando.
¿Vas a hacer el ejercicio? Cuéntame cómo te fue (si quieres compartir).

Si esto resonó contigo, tu cuerpo ya está hablando.

Tomado de la red

20/01/2026

Perdió su fortuna, a su marido y al amor de su vida en África… y luego convirtió esa devastación en uno de los libros más hermosos jamás escritos.

Dinamarca, 1913. Karen Dinesen tenía 28 años, era aristócrata, brillante y profundamente infeliz. Estaba enamorada de un hombre que no quiso casarse con ella: Hans von Blixen-Finecke, un barón sueco y famoso mujeriego. Cuando él la rechazó, hizo algo drástico: aceptó comprometerse con su hermano.

Bror von Blixen-Finecke era encantador, aventurero y completamente poco fiable. Pero le ofrecía algo que Karen deseaba más que el amor: una salida.

En enero de 1914, los recién casados Karen y Bror zarparon hacia el África Oriental Británica con un plan: montar una granja lechera. Al llegar a lo que hoy es Kenia, Bror cambió de idea. Plantación de café, decidió. Karen había invertido toda su herencia —el dinero de su familia— en esa aventura.

No le quedó más remedio que aceptar.

Compraron unas 4.500 acres al pie de las colinas de Ngong, a unos seis mil pies sobre el nivel del mar, donde el aire era fino y claro y la vista se abría hacia el monte Kenia. Karen la llamó Mbogani, “la casa en el bosque”.

Debería haber sido el paraíso.

En cambio, se convirtió en una lección de diecisiete años sobre la pérdida.

A los pocos meses de casarse, Karen descubrió que Bror la había contagiado de sífilis, una enfermedad que le causaría dolor crónico el resto de su vida. Él era descaradamente infiel, tomaba amantes sin esconderse y desaparecía durante semanas de safari mientras Karen dirigía la finca sola.

Para 1921, ya estaban separados. Para 1925, divorciados.

Pero Karen se quedó. Porque para entonces se había enamorado… no de un hombre, sino de África misma.

Aprendió suajili. Caminaba por los campos de café al amanecer, revisando las plantas con sus trabajadores kikuyu. Mediaba en disputas, atendía enfermedades, enseñaba a los niños a leer. La llamaban “Msabu”, un trato de respeto que reconocía que era extranjera y, de algún modo, también parte de ellos.

Su finca cafetera estaba en desventaja desde el inicio. Las condiciones no eran las ideales para el cultivo, y además llegaron las sequías, las plagas, las enfermedades y los precios a la baja. Volcó dinero en un proyecto que rara vez daba tregua. Pero siguió intentándolo porque la finca le daba algo que nunca había tenido: propósito, autonomía, un lugar que era enteramente suyo.

Y entonces conoció a Denys Finch Hatton.

Era todo lo que Bror no era: educado en Eton y Oxford, cazador de caza mayor que citaba poesía, un hombre que amaba lo salvaje tanto como ella, pero que se negaba a dejarse domar por las convenciones. No quiso casarse con ella. No quiso vivir con ella de forma permanente. Iba y venía a su manera, volando su pequeño avión por el África Oriental y regresando a Mbogani cuando le daba la gana.

Debería haber sido desesperante. En cambio, fue el gran amor de su vida.

Leían poesía en voz alta en la terraza —Homero, Shelley, Coleridge—. Volaban sobre el Serengeti en su DH.60 Gipsy Moth amarillo, viendo manadas de ñus moverse como sombras sobre la llanura. Hablaban de todo: filosofía, literatura, la naturaleza de la libertad y del pertenecer.

Denys le dio a Karen algo que nadie más le había dado: compañerismo intelectual sin posesión.

Pero la libertad siempre tiene un precio.

En mayo de 1931, Denys despegó en su avión para un vuelo rutinario. Horas después, la noticia llegó a Mbogani: su avión se había estrellado poco después del despegue. Murió en el acto.

Karen lo enterró en las colinas de Ngong, mirando la tierra que él había amado. Colocó un marcador sencillo: “Reza bien quien bien ama”, un verso de “La balada del viejo marinero”, de Coleridge.

Poco después, el golpe final llegó para la finca. Ya venía tambaleándose, sostenida por préstamos y pura determinación, y terminó por hundirse: el banco ejecutó la deuda. Diecisiete años de trabajo, desaparecidos.

Tenía 46 años, estaba en bancarrota, enferma y con el corazón roto. Lo había perdido todo en África: su fortuna, su matrimonio, el hombre al que amaba, la tierra a la que había entregado su vida.

Volvió a Dinamarca sin nada.

Excepto las historias.

De regreso en la casa de su madre, durmiendo en su habitación de infancia, Karen empezó a escribir. Escribió en inglés —no en su danés natal—, como si una lengua ajena le permitiera ver con más nitidez. Escribió no para explicar África, sino para capturarla: la luz, el silencio, la forma en que el atardecer volvía violetas las colinas de Ngong, la dignidad de la gente kikuyu que había trabajado a su lado.

Escribió sobre Denys sin nombrar la profundidad de su duelo. Escribió sobre la pérdida sin autocompasión. Escribió sobre el mundo colonial sin defenderlo ni condenarlo: simplemente describiendo lo que significaba vivir entre mundos, perteneciendo del todo a ninguno.

El manuscrito fue rechazado por editoriales estadounidenses. Demasiado literario, decían. Demasiado fragmentario. Sin una trama clara.

Entonces, en 1937, se publicó en Dinamarca y luego ese mismo año en Londres con el título “Out of Africa”, firmado como Isak Dinesen, el seudónimo que Karen había elegido.

El libro se convirtió en una sensación.

Los críticos lo llamaron poesía disfrazada de memorias. Los lectores reconocieron algo raro: una honestidad total sobre lo que significa amar un lugar que nunca puedes poseer de verdad, y ser transformado por una tierra que tendrás que dejar.

La frase de apertura se volvió una de las más reconocibles de la literatura: “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong”.

En pasado. Ya perdido. Todo el libro es una elegía por algo que terminó.

Karen Blixen escribió después más libros —relatos góticos, historias filosóficas, obras que consolidaron su reputación como una de las grandes estilistas del siglo XX—. Fue nominada al Premio Nobel varias veces. Ernest Hemingway llegó a decir que, si él ganaba el Nobel en 1954, debía haber ido a “esa bella escritora Isak Dinesen”.

Pero “Out of Africa” siguió siendo su obra maestra: el libro que transformó una devastación personal en arte universal.

En 1985, Sydney Pollack dirigió una adaptación cinematográfica protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford. Ganó siete Premios Óscar, incluido el de Mejor película. Millones de personas descubrieron la historia de Karen, aunque la película romantizó lo que el libro había dejado más desnudo.

Karen Blixen murió en 1962, a los 77 años, sin haber vuelto a Kenia. Pasó las tres últimas décadas de su vida en Dinamarca, pero cualquiera que leyera su obra lo sabía: una parte de ella nunca se fue de África.

Porque “Out of Africa” no trata solo de África. Trata de lo que perdemos cuando amamos cosas que no podemos conservar. Trata del precio de la libertad y del dolor de pertenecer. Trata de cómo los lugares que nos rompen también nos hacen.

Karen Blixen fue a África buscando escapar y se encontró a sí misma… luego lo perdió todo y lo escribió para que no desapareciera.

Llegó con dinero e ingenuidad. Se fue sin nada, salvo recuerdos. Y esos recuerdos se convirtieron en uno de los libros más hermosos escritos en lengua inglesa.

“Yo tenía una granja en África”.

Cinco palabras. En pasado. Ya llorando lo que vino después.

A veces, las historias que perduran no son las del triunfo: son las de lo que amamos, lo que perdimos y cómo, de algún modo, sobrevivimos igual.

La finca de Karen Blixen fracasó. Su matrimonio terminó. Su amante murió. Su salud se deterioró. África —el lugar que le dio sentido a su vida— se convirtió en un lugar al que solo podía volver con la memoria.

Pero lo escribió. Cada atardecer, cada conversación, cada instante de alegría y de pena. Lo preservó en una prosa tan viva que lectores, décadas después, todavía pueden sentir el viento en las colinas de Ngong.

No pudo conservar África.

Pero se aseguró de que nunca la olvidáramos.

Fuente: Encyclopaedia Britannica ("Out of Africa", sin fecha)

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17/01/2026

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Cuando Anne Morrow se casó con Charles Lindbergh en 1929, el mundo ya había decidido quién sería ella.

Él era “Lucky Lindy”, el hombre más famoso del planeta, el héroe que había cruzado el Atlántico en solitario. A su esposa se le reservaba un papel sencillo: sonreír, acompañar y vivir dentro de su leyenda.

Anne Morrow tenía otros planes.

Había nacido en 1906 en una familia culta y privilegiada. Era escritora, poeta, reflexiva. Amaba las ideas, el silencio y las palabras. No soñaba con la fama ni con la aventura pública.

Pero cuando conoció a Lindbergh en México y aceptó volar con él, descubrió algo inesperado: el cielo también podía ser suyo.

En 1930 se convirtió en la primera mujer estadounidense en obtener una licencia de piloto de planeador. Ese mismo año fue navegante en un vuelo récord junto a su esposo. No era acompañante. Era esencial.

Durante años recorrió continentes, dominó el código Morse, gestionó comunicaciones y cálculos de navegación. En 1934 recibió la Medalla Hubbard de la National Geographic, la primera mujer en lograrlo.

Anne Morrow Lindbergh no era un adorno.

Entonces llegó la tragedia.

En 1932 su hijo de veinte meses fue secuestrado y asesinado. El dolor se convirtió en espectáculo. La intimidad desapareció. La prensa hizo del sufrimiento un producto.

Anne sobrevivió escribiendo.

Transformó la devastación en palabras. Huyó a Europa buscando silencio. Reflexionó, se equivocó, aprendió.

Y en 1955 escribió el libro que cambiaría su vida y la de millones de mujeres: Regalo del mar.

No hablaba de aviones ni de tragedias. Hablaba de identidad, soledad, equilibrio y de la necesidad de que una mujer conserve su vida interior. Vendió millones de ejemplares, fue traducido a decenas de idiomas y se convirtió en una obra fundamental.

Anne siguió escribiendo durante décadas. Publicó diarios, poesía, memorias. Vivió veintisiete años más tras la muerte de su esposo, en calma y reflexión.

Murió en 2001, a los noventa y cuatro años.

Había sido piloto, navegante, autora de best sellers, pensadora y sobreviviente de una pérdida imposible.

Aun así, la historia siguió llamándola “la esposa de Lindbergh”.

Anne entendió algo que dejó escrito para siempre: la identidad no es lo que otros te asignan, sino lo que construyes cuando nadie mira.

Vivió bajo una sombra inmensa.

Y aun así, creó su propia luz.

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11/01/2026

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✨ ¿Quiénes fueron las beguinas?

Las beguinas fueron comunidades de mujeres que surgieron en Europa entre los siglos XII y XIII, principalmente en lo que hoy es Bélgica, Francia, Alemania y Países Bajos.

•No eran monjas.
•No eran esposas.
•No pertenecían oficialmente a la Iglesia.

Eran mujeres que eligieron vivir juntas, dedicarse a la espiritualidad, al trabajo y al cuidado de otras personas, sin renunciar a su autonomía.

No hacían votos perpetuos. Podían irse cuando quisieran. No juraban obediencia eterna ni clausura. Vivían de su propio trabajo. Tejían, enseñaban, cuidaban enfermos, copiaban textos. Eran económicamente independientes, algo revolucionario para su época. Elegían la castidad, pero no por imposición. No como sacrificio, sino como una forma de libertad: sin matrimonio forzado, sin control masculino. Habitaban los beguinajes, que eran pequeñas comunidades autónomas dirigidas por mujeres. Hoy muchos son patrimonio histórico. Escribían y pensaban. Algunas beguinas fueron místicas y escritoras, como Marguerite Porete, quien fue ejecutada por herejía por atreverse a pensar y escribir sobre Dios desde su propia voz.

Fueron perseguidas por ser demasiado libres. La Iglesia comenzó a verlas como una amenaza. Muchas fueron acusadas de herejía, vigiladas o disueltas.

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06/01/2026

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Dejó la civilización para vivir en el bosque con un lince, un jabalí y un cuervo ladrón. Algunos la llamaron loca. Ella les demostró lo contrario.

En 1971, una joven científica polaca llamada Simona Kossak tomó una decisión que dejó a todos desconcertados.

Tenía formación. Tenía credenciales. Venía de una de las familias artísticas más prestigiosas de Polonia: su abuelo era Wojciech Kossak, el pintor legendario cuyas obras cuelgan en museos.

Podría haber tenido un puesto cómodo en la universidad. Un apartamento moderno en Varsovia. Una carrera convencional estudiando la naturaleza desde una distancia segura.

En cambio, Simona hizo la maleta y se internó en el bosque de Białowieża.

Y se quedó allí más de treinta años.

Białowieża no es un bosque cualquiera. Es uno de los últimos fragmentos de bosque primario de Europa: antiguo, casi intacto, anterior a la memoria escrita. Allí los árboles crecen tan altos que parece que sostienen el cielo. Los lobos aún aúllan por la noche. Y el bisonte europeo sigue siendo parte del paisaje.

Es el tipo de lugar donde todavía se puede escuchar cómo sonaba el mundo antes de que los humanos empezaran a construir ciudades.

Simona encontró una vieja casa forestal en un claro, en el corazón del bosque. Sin electricidad. Sin agua corriente. Sin vecinos a kilómetros.

Solo árboles. Silencio. Y lo salvaje.

La mayoría habría aguantado una semana.

Simona aguantó décadas.

Pero no estaba sola.

Compartió su vida con un lince. No era una mascota: un lince no se convierte en “mascota”. Pero aquel animal había quedado huérfano y Simona lo sacó adelante. Por las noches, el gran felino se acurrucaba cerca, con ese ronroneo grave que suena como un trueno lejano.

También crió a un jabalí llamado Żabka, que la seguía por el bosque como un perro fiel, gruñendo bajito cuando ella le hablaba.

Y luego estaba Korasek.

Korasek era un cuervo, pero no cualquier cuervo. Era brillante, travieso y absolutamente devoto del caos. Se lanzaba en picado contra ciclistas que pasaban por el bosque, robaba objetos brillantes a los despistados y le llevaba a Simona “regalos”: monedas, botones, trocitos de papel metálico.

Se posaba en su hombro mientras ella trabajaba, graznando comentarios sobre todo lo que hacía.

Los vecinos susurraban que Simona era una bruja. ¿Cómo si no explicarlo? Los animales la seguían. Las aves se posaban en su mano extendida. Los ciervos se acercaban sin miedo.

Ella les hablaba y, de algún modo, parecían entender.

Pero Simona no estaba lanzando hechizos.

Estaba escuchando.

La mayoría camina por la naturaleza hablando, haciendo ruido, imponiendo su presencia. Simona hacía lo contrario. Aprendió a moverse en silencio, a observar con paciencia, a dejar que el bosque le enseñara su ritmo.

Estudió el comportamiento animal no desde los libros, sino viviendo entre ellos. Observó y describió conductas que rara vez se registraban de cerca. Y ayudó a recordar algo simple: los animales no son máquinas de instinto; tienen temperamento, vínculos y formas complejas de relacionarse.

Su trabajo influyó en la manera en que mucha gente entendía la vida salvaje.

Pero su labor más importante no estaba solo en artículos.

Estaba en el propio bosque.

Porque mientras Simona estudiaba la naturaleza, otros querían destruirla.

Había presión para talar árboles antiguos. Había planes para abrir caminos. Había burócratas diciendo que el bosque era “demasiado salvaje”, que debía “gestionarse”, controlarse, volverse productivo.

Simona se enfrentó a todo eso.

Escribió. Denunció. Dio entrevistas donde hablaba sin rodeos de lo que se perdería si el bosque caía. Se plantó delante de máquinas.

Se ganó enemigos poderosos.

No le importó.

“Este bosque ha sobrevivido miles de años”, decía. “¿Quiénes somos para decidir que termine en nuestras manos?”

Su casa se volvió un símbolo. Llegaron periodistas de distintos lugares para fotografiar a la mujer que vivía entre animales. Se hicieron reportajes y documentales. Su historia se extendió.

Y, poco a poco, algo empezó a moverse.

La atención pública creció. La presión social aumentó. El bosque, cada vez más observado y discutido, fue sumando medidas de protección y reconocimiento.

Los árboles que ella amaba, en gran parte, siguieron en pie.

Simona Kossak vivió allí hasta 2007, cuando la enfermedad por fin la obligó a alejarse. Murió el 15 de marzo de 2007, a los 63 años.

Pero su legado no murió con ella.

Hoy, el bosque de Białowieża sigue siendo uno de los últimos grandes refugios de vida salvaje en Europa, un recordatorio vivo de lo que el continente fue. Hay senderos que la gente recorre donde Simona caminó durante años. Y en los claros aún se ven bisontes pastando.

Científicos y naturalistas siguen aprendiendo allí, con una mirada más cercana, más humilde, más atenta.

Y en algún lugar entre esos árboles antiguos, quizá, un descendiente de Korasek esté robando algo brillante a un caminante distraído.

Simona Kossak demostró algo que el mundo moderno necesita recordar con urgencia:

Que no tienes por qué elegir entre ciencia e intuición. Entre civilización y naturaleza. Entre ser humano y formar parte de ella.

Demostró que, a veces, la ciencia más rigurosa empieza con algo tan simple como prestar atención. Que la comprensión más profunda nace del respeto, no del dominio.

Demostró que una sola persona, viviendo de verdad y defendiendo con fiereza lo que ama, puede cambiar el destino de un ecosistema.

La llamaron bruja porque hablaba con los animales.

Ella se llamó científica porque escuchaba.

Y pasó más de treinta años en una casa en el bosque, sin electricidad, rodeada de vida salvaje, protegiendo un lugar antiguo de un mundo moderno que había olvidado cómo quedarse quieto.

Simona Kossak no estaba huyendo de la civilización.

Estaba protegiendo algo mucho más valioso de lo que la civilización podía ofrecer.

Y gracias a ella, ese bosque sigue en pie.

Fuente: Culture.pl ("La vida extraordinaria de Simona Kossak", 22 de julio de 2015)

https://www.facebook.com/share/p/1MGgh5mcpe/
05/01/2026

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Sonrió al hombre que le disparó… y dijo: «Yo disparo mejor que tú».

Tenía 24 años cuando la ejecutaron.
Menos de tres semanas antes de que su país fuera liberado.

Se llamaba Jannetje Johanna Schaft—
conocida por la policía n**i como «la chica del pelo rojo».

Sus últimas palabras no fueron una oración.
Ni una súplica.

Fueron una sentencia:

«Ik schiet beter dan jij».
Yo disparo mejor que tú.

Haarlem, 1920 — Una mente que no se doblegaba

Hannie nació en 1920 en Haarlem, una chica de clase media que amaba los libros, las ideas y la justicia. Estudió en la Universidad de Ámsterdam, convencida—quizá con ingenuidad—de que el derecho existía para proteger a los más vulnerables.

Luego llegaron los alemanes.

En mayo de 1940, los Países Bajos cayeron en pocos días.
Para 1941, la ocupación significaba estrellas amarillas, negocios robados, juramentos de lealtad, miedo tejido en la vida cotidiana.

A los estudiantes se les ordenó firmar una declaración de lealtad al régimen n**i.

Hannie se negó.

Le costó sus estudios.
Su futuro.
Todo por lo que había trabajado.

Y no dudó.

Del rechazo a la resistencia

Al principio, su resistencia fue silenciosa.

Consiguió documentos y cartillas de racionamiento para que amigos judíos sobrevivieran ocultos. Llevó papeles a falsificadores. Mintió con calma en los controles. Era peligroso—pero aún no era violencia abierta.

Entonces conoció a Truus Oversteegen y Freddie Oversteegen—dos hermanas adolescentes que ya estaban en la lucha armada.

Le enseñaron la verdad que una ocupación te obliga a aprender:

La resistencia no es una teoría.
Es acción.

Para 1943, Hannie se había incorporado a la Raad van Verzet. Aprendió a disparar. Aprendió a planear. Aprendió a matar.

Una estudiante se convirtió en combatiente.

El trabajo que a nadie le gusta recordar

Esta es la parte que la historia suele suavizar.

Hannie Schaft no solo resistió.
Hizo la guerra.

Según relatos de posguerra, participó en acciones armadas y atentados selectivos contra n**is y colaboradores: oficiales, delatores, hombres que perseguían a judíos y a la resistencia.

Su manera de actuar era fría y calculada.

Joven. Pelirroja. Inteligente.
A veces se acercaba con un pretexto. Proponía una caminata. Elegía un lugar discreto.

Y entonces sacaba una pi***la y disparaba.

A veces Truus o Freddie estaban cerca. A veces actuaba sola. Siempre era deliberado. Estratégico. Implacable.

Esto no era martirio.

Esto era combate.

Convertida en la mujer más buscada de los Países Bajos

La policía n**i difundió avisos sobre «la chica del pelo rojo».
Recompensas. Controles. Redadas.

Hannie se tiñó el pelo de negro.
Se puso gafas gruesas.
Cambió la ropa, el paso, el rostro.

Durante un tiempo funcionó.

Hizo llegar armas.
Transportó información.
Ayudó a llevar a judíos a lugares seguros.
Distribuyó periódicos clandestinos.

Se movía con seguridad en los controles. Usó cada ventaja—juventud, apariencia, inteligencia, rabia.

En 1945 el país se moría de hambre. El Invierno del Hambre mató a unas 20.000 personas. Las fuerzas alemanas se retiraban—pero seguían matando.

La liberación estaba cerca.

Hannie siguió luchando.

Capturada: tres semanas demasiado pronto

El 21 de marzo de 1945, la detuvieron en un control en Haarlem.

Algo rutinario. Casi casual.

Luego encontraron un arma en su bolsa de bicicleta.

Dio un nombre falso. Habló con calma. Casi los convenció.

Pero la identificaron más tarde por las raíces de su pelo rojo.

Tenía 24 años.

La encarcelaron durante semanas. La interrogaron. La torturaron. Le exigieron nombres.

No les dio nada.

Dunas de Overveen — 17 de abril de 1945

La llevaron a las dunas cerca de Overveen, junto a Bloemendaal—arena, viento, aislamiento. Un lugar para ocultar cuerpos.

Quien la ejecutó no fue un alemán.

Fue un holandés.

Le dispararon una vez. La bala no la mató.

Sangrando, herida, aún erguida, Hannie lo miró y dijo:

«Yo disparo mejor que tú».

Dispararon de nuevo.

Murió al instante.

Pocas semanas después, los Países Bajos fueron liberados.

Demasiado radical para recordarla—al principio

Tras la guerra, la enterraron con honores. Pero el reconocimiento fue incómodo.

Había estado vinculada a grupos de resistencia con afinidad comunista. Con la Guerra Fría, eso la volvió inconveniente. Y sus acciones armadas eran demasiado violentas para el mito preferido de una resistencia silenciosa y pacífica.

Así que su nombre quedó ahí—conocido, pero no celebrado.

Solo más tarde el país la reclamó del todo.

Hoy, calles, escuelas y monumentos llevan su nombre. Se la enseña como una de las grandes figuras de la resistencia neerlandesa.

Lo que su vida nos deja

Hannie Schaft luchó de los 21 a los 24.
Tres años de peligro constante.
Casi capturas. Amigos mu***os. Sangre en las manos.

Podía haber firmado.
Podía haber esperado.

Eligió la guerra.

La historia puede discutir tácticas. Puede discutir moral. Puede contar víctimas y pelearse por cifras.

Pero no puede negar esto:

Cuando el fascismo exigió obediencia,
Hannie Schaft respondió con un no—y luego con balas.

Sus últimas palabras no fueron teatro.

Fueron desafío.

Jannetje Johanna «Hannie» Schaft (1920–1945)

Estudiante. Resistente. Ejecutada.
La chica del pelo rojo que se lo tiñó de negro, peleó una guerra y murió desafiante.

Fuente: Nationaal Comité 4 en 5 mei ("Haarlem, 'Vrouw in het Verzet'", sin fecha)

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