14/02/2026
Se ha cruzado en mi camino esta foto.
Un niño dormido boca arriba, en su cama, agotado.
No de cansancio malo.
Agotado de vivir.
La infancia deja esto: cuerpos pequeños rendidos después de horas de emoción, de juego intenso, de inventarse mundos, de ser superhéroe, pirata, bruja y todo a la vez.
A veces el silencio en casa asusta.
Y no porque pase algo malo, sino porque está pasando algo muy bueno: la infancia haciendo su trabajo.
Dormirse así, sin quitarse el disfraz,
sin orden, sin lógica adulta, es señal de un día lleno.
De esos que no caben en una agenda
pero sí en el cuerpo.
En Matria veo esto constantemente:
niños que viven con todo el cuerpo
y familias que sostienen ese desorden hermoso aunque a veces desconcierte.
Ojalá no tengamos tanta prisa por recoger, por limpiar, por apagar la emoción.
Ojalá sepamos leer estas escenas como lo que son: infancias bien vividas.