01/02/2026
Hay relaciones que se sostienen porque prometen, no porque estén funcionando.
Y la promesa, cuando no va acompañada de hechos, se convierte en una especie de alquiler emocional que una parte paga y la otra habita.
Muchas veces no hay maltrato.
Ni gritos.
A veces lo que hay es alguien que no cuida —o que cree que cuidar es decir que algún día lo hará—
y alguien que se queda esperando a que ese día llegue.
Y mientras espera, se adapta.
Se explica.
Se hace pequeña en algunos lugares.
Pospone decisiones.
Recoloca expectativas.
Se dice “no es para tanto”.
Y no porque sea ingenua.
Sino porque la esperanza está sosteniendo el vínculo.
Lo complicado es que no estás soltando algo horrible.
Estás soltando una posibilidad.
Un proyecto imaginado.
Una versión de futuro que nunca llegó a existir del todo, pero que ocupaba mucho espacio dentro.
Y ahí hay un sesgo que vemos mucho:
mujeres brillantes sosteniendo vínculos mediocres porque aprendieron que comprender, dar margen y aguantar también era amar.
Como si revisar al otro fuese más importante que revisarse a una misma dentro de esa relación.
No hablamos de villanos.
Hablamos de responsabilidad.
Porque querer no es suficiente cuando no hay conductas que lo respalden.
Porque decir “voy a cambiar” durante años no es un proceso, es una prórroga.
Centrarse en una misma no es egoísmo.
Es dejar de invertir vida donde no hay reciprocidad real.
Es entender que el cuidado no se promete: se practica.
Y a veces el gesto más adulto no es seguir intentando que la relación funcione.
Es aceptar que no está funcionando…
y permitirte construir algo —aunque sea contigo—
que no te pida esperar eternamente para empezar a existir.