29/01/2026
📖 Las tesis lingüísticas de Ian Hancock sobre el romanés
UN GITANO ACADÉMICO Y LINGÜISTA dice …
Para Ian Hancock, el romanés no es solo una lengua: es un archivo vivo de la memoria gitana. En sus tesis lingüísticas, Hancock sostiene que el romanés posee una arquitectura gramatical sólida, una genealogía histórica clara y una extraordinaria capacidad de adaptación, nacida del viaje, del contacto y de la resistencia.
Lejos de considerar sus variantes como fragmentación o pérdida, Hancock las entiende como huellas del camino, marcas de una lengua que ha sabido sobrevivir sin Estado, sin escuela y, muchas veces, sin reconocimiento. El romanés —afirma— no se ha debilitado por convivir con otras lenguas; al contrario, se ha enriquecido sin perder su núcleo profundo.
Defender el romanés es, en su pensamiento, restituir dignidad, reconocer que una lengua transmitida de generación en generación, en la intimidad de la familia y la comunidad, es también una forma de saber, de nombrar el mundo y de permanecer en él.
Ian Hancock sostiene que el romanés es una lengua universal no por su extensión geográfica, sino por su capacidad de mantenerse reconocible en la diversidad. A lo largo de siglos de dispersión, persecución y contacto con innumerables lenguas, el romanés ha conservado un núcleo estructural común —léxico fundamental, gramática, sistema verbal y lógica interna— que permite el reconocimiento mutuo entre hablantes de distintas regiones de Europa y del mundo.
Para Hancock, esta universalidad no implica homogeneidad. Al contrario, el romanés se manifiesta como una lengua pluricéntrica, tejida de variantes locales que incorporan préstamos y adaptaciones sin perder su coherencia profunda. Esa tensión entre unidad y diversidad es, precisamente, la prueba de su madurez lingüística. El romanés demuestra que una lengua puede ser universal sin necesidad de estandarización estatal, sin academias normativas y sin una escritura dominante.
En su tesis, Hancock subraya que la universalidad del romanés es también histórica y ética. Histórica, porque conserva en su vocabulario las huellas del largo viaje desde la India hasta Europa; ética, porque su transmisión ha dependido casi exclusivamente de la familia, la comunidad y la oralidad, convirtiendo cada hablante en depositario de una herencia colectiva. El romanés ha sobrevivido no gracias al poder, sino a la relación humana.
Así, la universalidad del romanés no reside en su uso administrativo ni en su presencia institucional, sino en su capacidad de nombrar el mundo desde múltiples lugares sin dejar de ser la misma lengua. En la obra de Hancock, el romanés aparece como una lengua verdaderamente universal porque demuestra que la continuidad, la identidad y el conocimiento pueden preservarse incluso en condiciones extremas de exclusión. Defender el romanés es, por tanto, reconocer una forma distinta —y profundamente humana— de universalidad.