25/01/2026
LA PERMISIVIDAD COMO UNA FORMA DE ABANDONO SIMBÓLICO
Desde la perspectiva lacaniana, la función de la crianza no consiste simplemente en proteger o satisfacer al niño, sino en introducirlo en el orden simbólico. Las grandes preguntas existenciales del niño giran en torno al deseo del Otro: ¿Qué quiere de mí el Otro?; ¿Para qué me quiere?.Es el célebre “Che vuoi?” que Lacan retoma de la novela El diablo enamorado de Jacques Cazotte, donde esta pregunta se vincula siempre con lo insoportable; oscilando entre el horror y el abismo.
La inscripción en el orden simbólico mediante la metáfora del Nombre-del-Padre introduce, ante todo, un principio de orden. La lógica fálica permite mediar la sobrecarga pulsional a través de una estructura que colinda con las formas de poder, separando al niño de la fusión con el deseo materno mediante la castración simbólica. La permisividad extrema impide consumar esta separación, dejando al niño atrapado en una relación imaginaria con el Otro sin una adecuada mediación simbólica.
Sin límites claros, el niño no puede simbolizar la prohibición ni construir un deseo propio. En lugar de estructurar su deseo a partir de los límites impuestos por el Otro (donde cada “no” funciona como coordenada y brújula en el ambiguo mapa de su deseo), queda expuesto al goce del Otro de manera desbordante, lo que le genera una angustia difusa e invasiva.
La angustia no es señal de que algo falle en el orden simbólico, sino de que el orden simbólico falla en su función de mediación.
Cabe señalar que la ausencia de límites no equivale a la forclusión del Nombre-del-Padre propia de la psicosis. No se trata de una estructura psicótica, sino de una débil contención simbólica, que puede producir experiencias psicotizantes sin constituir una psicosis en sentido estricto. Como intentos de responder a la indeterminación subjetiva, es decir, de significar la angustia, pueden aparecer toda clase de afectos: culpa, confusión, inhibición, manía, apatía, agresividad… todos ellos intentos fallidos de dar respuesta a un goce sin ley, a un deseo del Otro que no se articula como falta.
Es como si el niño se encontrara frente a un tablero con fichas, dados, figuras y colores… pero sin instrucciones. Cada jugador inventa sus propias reglas, y el niño no sabe si gana, si pierde o siquiera si está jugando. El resultado no es autonomía, sino desorientación; el niño no necesita que todo le sea permitido, sino que alguien le marque los límites que le permitan desear sin quedar aplastado por el goce del Otro.
Roberto Reyes/Psicoanalista