09/02/2026
El miedo tiene muchas caras.
No solo es el miedo “instintivo”, el de supervivencia, el que nos protege ante un peligro real. Ese miedo es natural, necesario y biológico.
Pero existe otro tipo de miedo, mucho más sutil y a veces invisible:
el miedo relacional y emocional.
El miedo a no ser suficiente, a hacer el ridículo, a ser rechazado, a mostrarme tal como soy.
Miedos que no vienen del instinto, sino de la historia personal y familiar.
Este tipo de miedo se construye a través de las experiencias, de las creencias que vamos formando, de los mensajes recibidos en la infancia, de la educación emocional de nuestros padres y de los vínculos.
En ocasiones, incluso puede heredarse de patrones familiares o líneas genealógicas, lo que hace que ciertos miedos se transmitan más allá de nuestra experiencia directa.
Muchas veces no nos permitimos sentirlo, porque sentir miedo nos hace sentir vulnerables.
Y nos han enseñado que ser vulnerable es ser débil.
Pero lo que no nos permitimos sentir, no se sana.
Lo que se reprime, se queda activo en el cuerpo y en la mente, condicionando decisiones, relaciones y formas de estar en el mundo.
Ignorar el miedo nos atrapa.
Permitirnos sentirlo, con presencia y sin juicio, es lo que abre la puerta a la sanación.
Sentir miedo no te hace débil.
Te hace humano.
Y solo desde ahí, desde la honestidad emocional, es posible transformar lo que duele.
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