16/12/2025
LA RELACIÓN ENTRE ANSIEDAD, TENSIÓN MUSCULAR Y DOLORES QUE NO SE VAN
La ansiedad no solo vive en la mente. Cuando se mantiene en el tiempo, activa una serie de respuestas físicas que terminan manifestándose como tensión muscular persistente y dolores que no desaparecen, incluso cuando no hay una lesión visible. Este tipo de dolor no es imaginario: es el resultado de un sistema nervioso que permanece en estado de alerta constante.
Cuando una persona vive con ansiedad, el cerebro activa de forma continua el sistema nervioso simpático, encargado de preparar al cuerpo para enfrentar una amenaza. Este sistema libera adrenalina y cortisol, hormonas que aumentan la tensión muscular como mecanismo de defensa.
El cuerpo se “endurece” para protegerse… pero nunca se relaja del todo.
Los músculos del cuello, hombros, espalda y mandíbula son los más afectados porque están directamente relacionados con la postura defensiva. Al permanecer contraídos por largos períodos, disminuye el flujo sanguíneo, se acumulan sustancias inflamatorias y se forman puntos de tensión profundos conocidos como puntos gatillo.
Esto genera dolor constante, rigidez y sensación de carga que no mejora con el descanso.
Además, la ansiedad altera la respiración, volviéndola superficial. Esto reduce la oxigenación muscular y empeora la fatiga del tejido. Un músculo mal oxigenado duele más y se recupera peor. A su vez, ese dolor envía señales de peligro al cerebro, reforzando la ansiedad.
Así se crea un círculo vicioso: ansiedad → tensión → dolor → más ansiedad.
Con el tiempo, el sistema nervioso se sensibiliza. Esto significa que estímulos leves comienzan a percibirse como dolorosos. Por eso, muchas personas con ansiedad desarrollan dolores crónicos sin una causa estructural clara en estudios médicos. El dolor persiste no porque el músculo esté dañado, sino porque el sistema nervioso está hiperactivado.
El estrés emocional también afecta la postura. Hombros encogidos, cuello adelantado y espalda rígida aumentan la sobrecarga mecánica sobre músculos y articulaciones, perpetuando el dolor.
El cuerpo adopta la forma de la preocupación.
La buena noticia es que este tipo de dolor puede mejorar cuando se aborda su origen real. Técnicas de regulación del sistema nervioso como respiración profunda, ejercicio suave, estiramientos conscientes, terapia, descanso adecuado y expresión emocional ayudan a romper el ciclo de tensión y dolor.
En conclusión, la ansiedad mantiene los músculos en estado de defensa, generando tensión crónica y dolores persistentes que no se van.
El cuerpo no está fallando: está pidiendo calma.
Porque cuando el sistema nervioso se relaja, los músculos sueltan… y el dolor comienza a desaparecer.