28/01/2026
Se viene chapita, lo siento, necesito descargar. Y con la foto más tierna que tengo.
Últimamente me cuesta compartir cosas de la consulta o de mi día a día con tantas guerras, tanta violencia y tanta polarización creciendo en el mundo.
Cuando era pequeña un compañero me dijo que tenía que dejar que la gente se cuidara sola. No sé si esto de cuidar viene en mi ADN o la sociedad me lo ha metido a calzador, como a muchas de nosotras. Pero decidí ser sanitaria, y hoy duele mucho.
Duele ver cómo el mundo se desangra en violencia, en bandos, en relatos que justifican lo injustificable. Y duele aún más cuando vuelvo a casa y alguno de mis hijos me pregunta si ya se acabó la guerra (“¿cuál de ellas, mi vida?”). Porque además de sanitaria, soy madre. Y no quiero que crezcan normalizando el odio. Quiero que entiendan que la dignidad no se negocia, que la empatía no es debilidad, que la vida no debería tener etiquetas y que somos unos puñeteros privilegiados por haber nacido aquí.
Me encanta contaros cosas de la consulta, cosas graciosas, cosas de mi día a día… pero ahora me resulta muy difícil. Me siento abrumada, paralizada (me cuesta encontrar la palabra para definirlo) por toda la violencia que hay alrededor. Cada imagen, cada comentario cargado de odio me duele. Hay días en los que la violencia es tan apabullante que solo puedo ponerme en modo automático y ver vídeos de animalillos. Días en los que parece que el mundo se rompe… y pensar que mis hijos vivirán en él… ufff, no tengo palabras.
Y a pesar de estar bloqueada, hay algo que no me deja rendirme.
Quizá sea ese ADN del cuidado, o la maternidad, que te obliga a mirar más lejos que tus propios miedos. Quizá sea que quiero elegir humanidad como color político. No quiero que mis hijos piensen que la violencia y el odio son normales.
Mientras fuera se grita, yo sigo defendiendo el cuidado desde mi pequeña consulta. Y me pregunto todos los días si lo que hago está bien. Cómo hablar de crianza, de salud, de autocuidado, cuando el mundo parece a punto de explotar.
Quizá la respuesta sea esta: no dejar que la violencia nos mande.
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