23/12/2025
Diciembre suele venir cargado de reuniones, compromisos que se encadenan uno tras otro, celebraciones que, aunque bonitas, también exigen presencia, energía y una sonrisa constante. La Navidad tiene esa doble cara: por un lado, el reencuentro, el cariño y la tradición; por otro, el cansancio silencioso de querer llegar a todo y a todos.
Es normal sentirse saturado. Compartir tiempo, escuchar, organizar, cumplir expectativas —propias y ajenas— consume más de lo que a veces admitimos. El cuerpo sigue, pero la mente pide pausa. Y no pasa nada. No es falta de ganas, es exceso de desgaste.
Disfruta de los tuyos, abrázalos, escucha sus historias, crea recuerdos. Hazlo sabiendo que nada es eterno y que esos momentos tienen un valor incalculable. Pero recuerda también cuidarte. Descansar no es egoísmo, es una forma de amor propio y, a la larga, también hacia los demás. Permítete parar, respirar y recargar. Estar presente no siempre significa estar disponible todo el tiempo; a veces, significa saber cuándo descansar para volver con más calma y verdad.