18/02/2026
A veces no nos damos cuenta de cuándo empezamos a convertirnos en “el fuerte”, “la que puede con todo”, “el que siempre está”.
Empezamos ayudando.
Luego sosteniendo.
Después resolviendo.
Y sin darnos cuenta… cargando.
El rol de salvador no aparece de golpe. Se construye poco a poco.
Cuando aprendemos que nuestro valor está en ser útiles.
Cuando sentimos que si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará bien.
Cuando confundimos amor con responsabilidad absoluta.
Y entonces empezamos a ponernos presión.
Más presión.
Más expectativas.
Nos decimos que podemos con todo.
Que no es para tanto.
Que aguantar es madurar.
Pero el cuerpo avisa.
La irritabilidad aparece.
El cansancio se cronifica.
La sensación de injusticia se instala en silencio.
Porque cuando no ponemos límites, no solo damos más:
nos desdibujamos.
No se trata de dejar de cuidar.
Se trata de dejar de cargar.
No eres responsable de salvar a nadie.
No tienes que anticiparte a todas las necesidades.
No tienes que demostrar tu valor agotándote.
A veces el acto más sano —y más difícil— es decir:
“Hasta aquí puedo”.
Y confiar en que el mundo no se va a romper porque tú descanses.
Y quizá la pregunta no sea cuánto más puedes soportar…
sino cuánto tiempo más vas a dejar de escucharte.
Ilustración :