20/08/2019
La medida del amor hacia un hijo es amarlo exactamente tal como es, con todo lo que es, con todo lo que vive, con todo lo que le ocurre y con su propio destino. Lo cual también valdría para los padres y para las parejas, pensándolo bien. Pero, ¿cómo viven unos padres a su hijo esquizofrénico, por ejemplo? ¿Cómo viven los padres al hijo que tiene graves disminuciones, o al que padece progeria y, por tanto, lleva en la cara una muerte anunciada? ¿Cómo se puede asentir a esta realidad, cómo se puede tener la humildad y la entrega como para poder decir sí, así es y así lo tomo, y le doy un lugar en mi corazón, y lo convierto en llave que me abre espacios desconocidos de vida y experiencia? Es difícil y nos resistimos. No obstante, cuando la madre puede mirar en los ojos de este hijo y respetar su destino, cuando puede, de esta manera, darle un buen lugar en el corazón, algo se libera. Y el duelo se completa con la alegría que regresa.
Esto nos lleva de nuevo a la humildad, a reducir nuestro tamaño para darle un gran tamaño a la vida tal y como se manifiesta, a nuestros hijos o padres tal y como son, a lo que es tal como es. Al final, el gran reto del amor supone rendirnos al misterio y amar lo que es, a pesar de que todavía no adivinemos en ello ningún sentido. San Pablo dijo: «Ya no soy yo quién vive, sino Él, que vive en mí». Y es que, ¿somos nosotros quienes vivimos o es la vida viviendo a través nuestro?
Joan Garriga
del libro "Vivir en el alma"