23/01/2026
Hace un par de días, justo el aunque sin ser conscientes de ello, mi marido me daba las gracias por haberle enseñado a abrazar.
No a dar abrazos, sino a abrazar: a comunicarse con el abrazo, a permanecer en el abrazo, a transmitir a través de él.
Y qué bonito.
Fue consecuencia de darse cuenta cómo en situaciones de dolor, dar un abrazo es sostener lo que las palabras no pueden, es crear un espacio donde la otra persona puede conectar con lo que siente y permitírselo sentir, es decir lo preciso sin pronunciar apenas nada.
Y es que los abrazos tienen una capacidad de sostén inmensa.
Son cortocircuito para las rumiaciones,
colchón para el dolor,
consciencia en la inercia y
hogar en el vacío.
Son intimidad donde poder sentir libre y donde elevar nuestra vibración✨
Conviene recordar que abrazar es instintivo.
Buscamos refugio en un abrazo desde que nacemos. Y si no lo hacemos con la frecuencia que necesitamos, poco tiene que ver con nuestra naturaleza sino con lo desconectados o limitados por el ego que vivimos.
El abrazo genera pertenencia,
aligera la carga,
llena el alma y
regula el sistema nervioso,
pues abrazar libera oxitocina y reduce el cortisol.
Los abrazos son orden en el caos,
aliento en el ahogo,
Pausa en el estrés,
Refugio.
Un abrazo es la creación de un espacio seguro donde sentirnos reconocidos, conectados y seguros. Y, como mucho, tienen estos efectos siempre y cuando se dé entre personas dispuestas a estar presentes, a entregar y recibir amor.
Tú ¿como vives los abrazos? ¿”Eres de dar abrazos”? ¿Te gustan pero te da reparo darlos? ¿Te sientan bien pero te cuesta sostenerlos? ¿Te sientes cómodo o incómodo en ellos?
Cuéntame, sea como sea que los vivas, está bien.
Desde el amor,
María Garcés